Edgar Jesús Conde Valdez (*)
Poco a poco se acerca 2024, año de la mayor elección en la historia del país. Las redes sociales han contribuido a través de sus sistemas de comunicación y fácil acceso a generar mayor interés en un sector de la población en este tema.
Lamentablemente, hay de todo en este océano de información y desinformación, desde noticias falsas y absurdas hasta las verdaderas o reales.
Hay también algunos comentarios de fuentes sin credibilidad que se hacen virales, como lo que nos comunica el vecino al que se lo dijo el primo de un amigo, o el chinero del estadio, dicho esto con todo respeto para tan noble y delicioso oficio.
Debido a lo anterior es difícil formarse un criterio adecuado y objetivo en la materia si no profundizamos nuestros conocimientos por medios serios y solo nos basamos en lo que se dice por “radio pasillo”.
Esto ha conseguido que un sector muy importante de la población le tenga fobia (por no decir algo más contundente) a todo lo que huela a política.
La mala fama de la política y de los políticos no se trae de gratis, se lo han ganado a pulso. Todos hemos conocido a algún ciudadano o vecino que, siendo de manera inicial totalmente honesto y bien intencionado, sale del anonimato en nuestro barrio o municipio para erigirse en líder de algún partido político y acabando como jeque árabe o presidente de algún país petrolero.
Evidentemente su mejora económica la logran a base de actos ilícitos con los que logran una fortuna considerable y la mayoría con un enriquecimiento “inexplicable”, aunque está más que claro lo explicable del asunto. Pregonan un día que la ideología de su partido es la mejor, y más tarde que temprano se encuentran militando en otra organización política, que hasta podría ser su némesis, con una desfachatez o tranquilidad impresionante. Y al poco tiempo brincan a otro partido como chapulín.
El tema político se considera por muchos ciudadanos de forma por demás negativa, por ser de lo más amable con el tema en comento, pues la mayoría de la gente lo siente como equivalente o sinónimo de corruptelas y malos comportamientos, fuera totalmente de cualquier ética o moralidad.
Esta fobia a todo lo que “huela” a política ha logrado que mucha gente no se adentre en el tema, o, lo que es peor, ni siquiera entienda conceptos básicos de la misma. Esto es clave para poder tener una buena ciudadanía, obtener conocimientos de la forma y tipo de gobierno que se tiene, y los procesos y procedimientos que existen en este oficio de la política, a la que unos llaman “el arte de defender lo indefendible y explicar lo inexplicable”.
Cuando nos encontramos con la siguiente cuestión: ¿Por quién votar? Si no conocemos a los políticos y mucho menos a los partidos, ¿Entonces, cómo tomar una buena decisión?
Lo primero que debiéramos definir y precisar es, ¿Cuál es mi propósito? Si mi deseo es:
a) Lo mejor para el país, o b) lo mejor para mí, en lo individual?
Analicemos primero el a). Para esto debiéramos ilustrarnos en la trayectoria del candidato, en la tendencia o corriente de su partido y en las consecuencias económicas o sociales que pudieran tener las promesas de campaña del individuo en cuestión.
Necesitaríamos algún conocimiento aunque sea básico de economía y gobierno para tomar una mejor decisión.
Ahora analicemos el b). Nuestra conveniencia personal. ¿El candidato es mi cuate o es mi pariente? ¿Me iría bien en lo económico con él? Si pienso de esta forma, es evidente que no necesito conocimientos básicos de economía o política, solo ver mis intereses personales de una forma egoísta sin pensar en el prójimo, los pobres y los que menos tienen.
Lastimosamente lo más seguro es que mucha gente se incline por el b).
Por desgracia, en América Latina es común entre los ciudadanos este tipo de razonamiento. Existen países como Suiza o los países nórdicos donde han logrado crear conciencia en la gente y hacer que su razonamiento sea el de un ciudadano modelo, o sea pensando filosóficamente en el bien común y no en el particular o individual.
Esto se llama hacer ciudadanía, y para obtener esto tenemos que empezar por cambiar nuestros razonamientos y aplicarnos en lo que debe hacer un auténtico y buen ciudadano, pues, de qué sirve criticar a tal o cual político por corrupto o por su enriquecimiento inexplicable, si a la menor oportunidad podamos caer en lo mismo?
De nada sirve criticar diezmos y “moches” si estamos dispuestos a “entrarle” al juego a la menor oportunidad.
Uno de los principales motivos que orillan a la gente a ser partícipe en este tipo de “negocios” es que consideran que si no le entran al juego quedan fuera de la jugada, o mejor dicho sin muchas oportunidades de desarrollo o crecimiento económico.
Esto se vuelve herramienta suficiente para intentar justificar el hecho de caer en este tipo de situaciones, es decir, “lo hice porque no me quedaba de otra”.
Por otro lado, un asunto que viene a la mente al hablar de política es la corrupción, una auténtica lacra que parece ser parte del ADN de los mexicanos.
“Se acabó la corrupción”, dice nuestro alto mandatario, pero si salimos a la calle en cuestión de minutos nos daremos cuenta de que la corrupción existe y está enraizada en casi todos los habitantes, desde las empresas hasta el servidor público en turno, pues tal pareciera que todos necesitan una “gratificación” para hacer bien su trabajo.
Cuántas veces no hemos escuchado la frase “Que se cumpla la ley, pero en los bueyes de mi compadre”.
Así reza el dicho que le cabe a mucha gente que dice cumplir la ley pero le da “mordida” al policía de tránsito para evitar pagar la multa o ser detenido por una infracción a las leyes.
O también los hay que no pagan correctamente sus impuestos o cuotas, es decir, no cumplen con sus obligaciones ciudadanas, pero sí critican abiertamente al político en turno. Todos criticamos a los políticos por no comulgar con lo que pregonan, pero nosotros: ¿También actuamos con malas prácticas, o no lo hacemos solamente porque no tenemos la oportunidad?
Platón decía en su obra La República que la política debiera ser reservada para los filósofos, pues éstos buscan solamente el bien común sin pensar en recompensas o beneficios económicos que acaban rayando en lo ilícito.
Esto ha sido motivo para que algunas alianzas de partidos políticos estén valorando proponer a algún ciudadano de la sociedad civil, sin grandes antecedentes políticos, pero buscando posea un “pedigrí” social intachable, pues esto motivaría al voto a favor de mucha gente en virtud de que, aparentemente, la mayoría de la población considera que no hay político bueno.
Esto demostraría que los famosos cuadros o fuerzas básicas de los partidos no han servido para lo que fueron diseñados, es decir, generar políticos intachables. Algo parecido a lo que ocurre en equipos deportivos que cuentan con una vasta extensión de fuerzas básicas, pero, ante la necesidad de un centro delantero goleador o bien un cuarto bate jonronero, recurren a un extranjero o jugador ya creado en otros lugares. Por lo visto, no se cosecha un buen producto en esta siembra de nuevos elementos.
Lo ideal sería que el político en turno, nacido de las escuelas de cuadros o de la sociedad civil organizada, cumpla sus promesas, no robe, no mienta, etc. Y que la rendición de cuentas y la transparencia en sus actos sean de manera permanente.
Hagamos un acto de reflexión sobre este tema y si logramos tener un comportamiento modelo como ciudadano, podríamos hasta lanzarnos a la aventura de competir en estas lides políticas. Y, de ser así, preparar un buen slogan o frase de campaña, pero que definitivamente no sea el siguiente: “Nunca he robado, dame la oportunidad, ya verás”.
Corolario.
La participación de la sociedad en la política es necesaria para cumplir un principio básico de la democracia que es la participación de todos. No es solo votar cada vez que haya elecciones, también debemos comentar e intercambiar puntos de vista. Pero lo peor es no hacerlo, es decir, no participar ni votar y dejar que otros decidan sobre el futuro nuestro, del municipio, estado o país. Veamos a la política como un aroma, no como un hedor.— Mérida, Yucatán.
condeval1@hotmail.com
Ingeniero, Maestro en Dirección de Gobierno y Políticas Públicas
