Othón Baños Ramírez (*)
Corre ya la tercera década del siglo XXI y la globalización en las economías nacionales se ha convertido en una condición inherente del desarrollo local.
La globalización es un fenómeno que no deja de evolucionar a la luz de variables de carácter no solo económicas sino también sociales y políticas. Su dinámica en distintos grados y forma ha marcado el desarrollo en general de las naciones, pero nada se compara con el efecto en China. En esta nación la globalización ya va de rebote.
En los años recientes se ha empezado a ver y sentir las nuevas posturas políticas de los países occidentales desarrollados, pero también de China.
Nadie en occidente imaginó que uno de los frutos del capitalismo en su etapa denominada globalización sería el parto de un dragón, la emergencia de un “monstruo” comunista que amenaza con cambiar el orden político mundial. China en menos de cincuenta años se puso a la altura —en algunos casos más allá— de las potencias hegemónicas, en el terreno de los avances tecnológicos y mercadológicos.
A raíz de tal emergencia de China como una potencia económica mundial, capaz de arrebatar el papel privilegiado que desde hace décadas guarda los Estados Unidos en el orden global, el gobierno norteamericano ha puesto en marcha una estrategia y un conjunto de acciones tendientes a frenar la dinámica económica de desarrollo de aquel dragón y, por tanto, de reorientar la dinámica de la globalización. De la deslocalización (que fue un tema de mercados y costos) se pasa a la relocalización de las empresas transnacionales (impulsada por el poder político hegemónico).
Son varios los frentes de acción implementados por el gobierno de los Estados Unidos con tal de atajar al “monstruo”. Destaco tres que me parece son los más importantes: 1) con aranceles a las importaciones de China; 2) con bloqueo al suministro de microchips de última generación; y 3) con la relocalización de las empresas transnacionales.
Como todos sabemos, en la década de los setenta es cuando da inicio la deslocalización de las empresas en los países desarrollados, que trasladan sus fábricas a los países pobres para aprovechar la mano de obra barata. A este fenómeno se le conoce como globalización de la economía.
Es en busca de mano de obra barata que llegan las empresas norteamericanas transnacionales a China. A mediados de la década de 1980 el gobierno chino decidió dar todas las facilidades con tal de abrir completamente su territorio a la instalación de todo tipo de empresas. Durante tres décadas seguidas China creció a una tasa sostenida promedio de 10% anual, mientras las demás economías del mundo lo hacían entre 3 y 5%.
En China la globalización se volvió una filosofía de vida, una forma de actuar de los individuos conforme a una escala de valores específicos; un “modus vivendi” de la sociedad entera. De hecho, en China la globalización es una parte inherente del desarrollo humano.
El cambio social en China es brutal y abarca todos los sectores productivos y culturales. Los expertos dicen que 800 millones de personas salieron de la pobreza, de una población de mil 400 millones de habitantes.
Actualmente, China es la segunda economía más grande del orbe y si las cosas no cambian dramáticamente en la segunda mitad del siglo XXI se convertirá en la primera potencia no solo económica sino también tecnológica.
De hecho, los Estados Unidos aprovechando su hegemonía imperial global con su nueva estrategia frente a China está empujando hacia una nueva etapa de la globalización, hacia la posglobalización. La idea es reorientar el orden económico mundial para cortar las alas a China y que la nación norteamericana siga siendo el epicentro del capitalismo.
Claro que China no se ha quedado con los brazos cruzados y ciertamente ha reconocido que quiere ser la nación número uno en el mundo en 2049, cuando celebre cien años de nación gobernada por el Partido Comunista Chino.
La novedad que debemos observar es que esta vez la globalización está siendo reorientada por una variable de carácter política (en nombre de la seguridad nacional de los Estados Unidos). No es la racionalidad económica sino la razón política el argumento de la nueva reorientación.
Es así que para anclar a las nuevas inversiones extranjeras en un nuevo entramado geopolítico surge un nuevo término —de aire keynesiano— el “nearshoring”. Con un discurso que soslaya el milagro económico chino y más bien fomenta la idea de que es una amenaza, de un monstruo que va a destruir los avances locales.
La política del “nearshoring” viene acompañada con oferta de subsidios millonarios de las naciones desarrolladas para atraer en su territorio a las empresas tecnológicas más avanzadas.
En el inicio de la tercera década del siglo XXI asistimos pues a una nueva etapa de la globalización que yo llamo posglobalización, que consiste en un fenómeno que ahora tiene dos cabezas: la del capitalismo occidental y las del capitalismo comunista (aunque suene raro).
En la posglobalización, con grandes subsidios y ayudas del gobierno, las empresas de punta tecnológica están construyendo sus nuevas plantas en casa, en vez de hacerlo en los países pobres. Y de otra parte, China hace negocio invirtiendo en grandes proyectos nacionales de infraestructura tanto en África como en América Latina. China, por supuesto, no busca salvar al mundo del capitalismo. China quiere convertirse en una nación moderna y desarrollada, con bajo índice de pobreza.
China quiere convertirse en una nación imperial como los Estados Unidos de Norteamérica. Por cierto no le falta mucho.— Mérida, Yucatán.
bramirez@correo.uady.mx
Doctor en Sociología, investigador de la Uady
