El sentido de pertenencia es una fuerza muy potente que mantiene cohesionados a grupos numerosos de personas. Reconocernos como parte de un colectivo nos produce una sensación de seguridad y confort.
Y es que el ser humano está programado para vivir entre pares dentro de un cuerpo social, puesto que, a lo largo de la evolución, esa ha sido la única forma viable de supervivencia. Por ello se dice que somos seres sociales.
Hace diez mil años los antepasados de la raza humana se agrupaban en manadas reducidas con funciones asignadas de caza y recolección de frutos; hoy, en pleno siglo XXI, la compleja organización de la civilización se distribuye en ciudades, regiones y países, con poblaciones que se cuentan por decenas de miles o millones.
La cooperación humana permitió el progreso que hoy vemos materializado en enormes asentamientos de personas que se apoyan en la ciencia y la tecnología para desarrollar sus planes de vida, con base en el ejercicio de derechos y libertades.
Así, los países son extensiones territoriales con sistemas de leyes y gobiernos, donde muchos individuos comparten rasgos culturales y costumbres propias, en un marco de pluralidad. Por lo general, las personas experimentan un sentido de identidad nacional.
Identificar aquello que nos une con los demás miembros de la comunidad es benéfico porque refuerza los lazos de colaboración tan necesarios para avanzar en cualquier causa legítima.
Para acceder al bien común resulta indispensable sumar esfuerzos y trabajar en equipo, de modo que los problemas puedan ser superados, y las asignaturas pendientes atendidas con efectividad.
Elementos como el idioma y los valores compartidos son claves para fomentar el diálogo constructivo, la pulsión de generosidad y la solidaridad entre pares. Sin un sentido de pertenencia, la posibilidad de unidad se debilita, fragmentando el tejido social.
Por ello son tan importantes los valores familiares, pues es en la formación dentro del hogar donde se edifican las bases del civismo, el pensamiento ético y la conciencia social.
Comprender que cada mujer y hombre dispone de una dignidad humana, por lo que merece el mismo respeto que yo mismo, es fundamental para crear entornos de paz. Ver la humanidad que hay en el otro es el primer paso hacia una sociedad de bienestar integral.
El patriotismo bien encaminado es un aliado para promover todas estas virtudes en un país: el apoyo mutuo, el trabajo colaborativo, el respeto hacia los demás. Celebrar lo que nos distingue como parte de un grupo es refrendar el compromiso de cohesión social.
Empero, cuando el orgullo nacional se distorsiona a través de ciertas conductas nocivas o actitudes reprobables, se corren terribles riesgos.
Si el sentido de pertenencia se torna en aversión y rechazo hacia personas de diverso origen, ya no hablamos de nacionalismo sano, sino de xenofobia y discriminación.
Lamentablemente, alrededor del mundo ha permeado en los últimos años un discurso de odio que incluso promueve la violencia contra las personas extranjeras. Desde luego, este comportamiento lastima a la civilización humana en su conjunto, pues la división y el desprecio hacia el otro nunca han traído cosas buenas, como la historia nos enseña una y otra vez.
En lugar de observar qué nos distancia, debemos poner el foco en reconocer lo mucho que nos une como seres humanos, partiendo de lo esencial, más allá de rasgos genéticos, religiones e ideologías.
Por fortuna, las mexicanas y mexicanos tendemos a sentir y expresar el patriotismo de manera positiva, entre familiares y seres queridos, en un ánimo de festejo y fraternidad.
Los valores que nos unen serán las herramientas más eficaces para hacer frente a los múltiples retos que tenemos por delante. Es factible dibujar un mejor porvenir, pero hace falta consolidar ese sentido de identidad, y encauzarlo hacia el bien común, trabajando y multiplicando voluntades.— Mérida, Yucatán.
fournier1993@hotmail.com
Licenciado en Derecho, maestro en Administración
