Es difícil aceptarlo, pero hay que reconocer que no todas las personas que se dedican al servicio público están porque les gusta ayudar y servir a los demás.

En lo personal, considero que servir es una vocación, y en el servicio público solo deben estar quienes realmente les gusta hacer el trabajo con la gente y para la gente. Y que además ame y disfrute lo que hace.

De lo contrario, solo encontraremos servidores públicos que retarden y burocraticen las instituciones o peor aún que pongan en riesgo no solo a los ciudadanos, sino a las mismas instancias en las cuales están al frente.

Para nadie es un secreto que hay servidores públicos que prefieren hacer otras cosas menos lo que se les encomendó, que en lugar de buscar soluciones, buscan ralentizar los procesos, o buscar alguna situación para no otorgar un servicio; incluso hay quienes se molestan y terminan regañando a los ciudadanos, cuando su actitud debe ser lo contrario: orientar, ayudar y solucionar.

Por eso debe cuidarse con mucho detenimiento y filtrar a través de un verdadero proceso de selección a los servidores públicos que tengan la vocación, la capacidad y todas las cartas necesarias para desempeñar bien un cargo público. No pueden hacer servidores públicos inventados o sacados de la manga. No se puede de ninguna manera forzar a alguien a ser lo que no es, por más que sea afín, conocido, amigo o compadre.

Para ser un servidor público se requiere que tenga integridad, principios y valores, además que tenga la preparación suficiente. Tener un comportamiento ético y rendir cuentas solo a la sociedad a quien sirve.

Deben ser instrumentos para generar una cultura de transparencia, legalidad y rendición de cuentas. En el servicio público el único enemigo es la corrupción.

En el cumplimiento de sus funciones debe conocer bien el motivo para el que fueron designados, tener la competencia por mérito y capacidad; disciplina para obtener más y mejores resultados. Debe ser un ejemplo y no un obstáculo en la cultura del servicio.

Igual debe tener independencia, es decir, una actuación libre de cualquier influencia, presión, simpatía o afecto. Su actuación debe ser congruente con el interés público, más no con el interés personal. Cuando se tiene una visión ciega y cortoplacista o cuando se llega solo a obtener y no para dar, empieza el conflicto y aflora la corrupción.

No hay servidores de primera y de segunda, todos son servidores públicos, así como también no hay ciudadanos de primera o de segunda, todos son ciudadanos ante de la ley, por ello su trato debe ser equitativo e igual para todos.

¿Deben ser leales? Sí, desde luego que deben ser leales, pero con las instituciones y el Estado, con la ética y la honradez, leales a los ciudadanos y no a los intereses económicos o de otra índole. Si hay algo que deben cuidar siempre es actuar con legalidad; cuando se sale del camino de la ley es cuando empiezan los problemas y los conflictos.

¿Debe haber interés? Sí, pero no el interés personal sino el interés de los ciudadanos, el interés para resolver las necesidades colectivas. Debe conocer bien y cumplir bien con las funciones que se les encomienda. Así como aprender a colaborar con los otros servidores públicos sin cortapisas y sin etiquetas innecesarias, con diligencia y rapidez, con la misma importancia, sin distinción alguna.

Si algo he aprendido en todos estos años es que el respeto a la forma de pensar, de ser y de actuar es sumamente fundamental.

El servicio público es una responsabilidad, pero también es una enorme oportunidad para servir a los demás. Sin una auténtica vocación de servicio será muy difícil enaltecer y honrar la función pública.— Mérida, Yucatán.

mariomaldonadoe@gmail.com

@mariomaldonadoe

Especialista en Derecho Parlamentario y Técnica Legislativa

 

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