Cada quien su vida, decía el guión de Luis G. Basurto para la cinta del mismo nombre, dirigida por Julio Bracho en los años sesenta.
Cada quien su vida, una sentencia que al referirnos a la clase política carece de razón de ser, pierde sentido individualista. No puede aplicarse a los miembros de esa comunidad porque todo aquello que hacen les trasciende.
Una vez que han decidido inscribirse en el servicio público, en el mundo de la política, renuncian a su individualidad y sus acciones se propagan para alcanzar un impacto colectivo. No son solo ellos, son también su circunstancia (Ortega y Gasset dixit).
Esa renuncia a la individualidad, es menester decirlo, está acompañada de dos condiciones primordiales: en primer lugar, es de carácter voluntario; no conozco a alguien que haya entrado en la política contra su libre albedrío. Y, en segundo, es fácilmente olvidable por los políticos, que se asumen en libertad de elegir su futuro bajo la condición de individuos, omitiendo que en el momento de poner un pie en la política decidieron renunciar a tal condición.
En el sistema político mexicano, salvo algunas excepciones, aquellos que deciden participar en política lo hacen a través de los partidos. Militar, o simplemente simpatizar con uno, otorga una patente de corso para participar en política en nuestro país. Permanecer en el partido, sin embargo, no es condición obligada.
Así que, siendo los personajes de la vida política elementos que se trascienden a sí mismos, la decisión de cambiar de partido no es peccata minuta dado que no los afecta únicamente a ellos y su entorno personal. Por tanto, la mutación de colores no es otra cosa que la manifestación elocuente de poner sus intereses personales sobre aquellos que mueven la maquinaria de la política, esto es, la ciudadanía que ve en ellos a sus representantes.
En la realidad actual de México, nadie cambia de partido por ideología. Lo hacen en busca de las oportunidades de alcanzar cargos, mismas que les fueron negadas en la agrupación anterior.
De modo que en este orden de cosas hay un gran perdedor: la ideología. El viejo postulado de Duverger en el sentido de que las ideologías reflejan los intereses de aquellos que las sostienen parece cosa del pasado en un México donde las ideologías, sí las hay, se desvanecen con rapidez.
El impacto de la decisión de un personaje por cambiar de partido se profundiza cuando de un representante popular en funciones se trata. Pero también afectan aquellos que no lo están.
En efecto, un político en “la banca” que decide abandonar el partido en el que ha militado por años, aquel que lo ha cobijado y cuya bandera enarboló para alcanzar cargos en el pasado, provocará turbulencia al decidir cambiar de partido. Las dimensiones del zarandeo dependerán del tamaño y la influencia del grupo político que lo ha acompañado en sus lides pasadas. Un grupo político, vale decir, que en el momento de la escisión no se encuentra en funciones o, si las ejerce, no al servicio de su padrino político, aquel que ahora ha decidido cambiar de colores.
Ejemplo de este comportamiento es el coqueteo cada vez más evidente de Mauricio Sahuí Rivero con la 4T. El excandidato a la gubernatura de Yucatán no tiene una función pública en este momento, pero su eventual cambio de colores causaría impacto no sólo en él, sino en el grupo político que lo sigue.
En el otro caso, la situación es de mayor calado cuando el personaje que cambia de partido se encuentra en funciones, ya sea de poder o de representación popular. Casos elocuentes tenemos, y muchos, en Yucatán. Los tres senadores que se supone representan a los yucatecos cambiaron de partido al tiempo de ejercer funciones. Así lo hicieron Verónica Camino, Jorge Carlos Ramírez Marín y Raúl Paz Alonzo. Los dos primeros llegaron por la fórmula priista que conquistó el triunfo en las elecciones de 2018. El tercero lo hizo como cabeza de la fórmula de la primera minoría. Además de ellos, el caso reciente del diputado federal Rommel Pacheco Marrufo también se categoriza en el grupo de los representantes populares que fueron favorecidos por el voto popular cuando militaban en un partido y han decidido tomar sus bártulos para trasladarse a otro.
En estos casos, los legisladores se movilizan con todas sus estructuras, no siempre en forma evidente; en muchos casos velada, lo que resulta más pernicioso para los partidos que abandonan. Esto es, un legislador puede dejar como alfil dentro de las filas del partido al que traicionó a un ahijado político que haga las veces de caballo de Troya.
Está visto que la lealtad en la batalla no es lo suyo.
Así pues, estos últimos personajes de la política se mueven de partido con toda la circunstancia que les rodea, que en este caso no es solo su círculo, sino todo el electorado que les otorgó la confianza y voto cuando militaban en el partido que los cobijó y que en su momento tomó decisiones que favorecieron a los ahora desertores.
Así que aquí, nada de que cada quien su vida. Nunca como en esta situación aplica el poema de John Donne, con que Hemingway epigrafió “Por quién doblan las campanas”: “Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. / Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo…”.— Mérida, Yucatán.
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@olegariomoguel
Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
