Los humanos necesitamos de nuestros pares para llevar al cabo cualquier proyecto de vida. Gracias a la cooperación hemos construido civilizaciones complejas e impulsado avances tecnológicos a lo largo de la historia.

Sin embargo, paradójicamente la concentración poblacional en grandes ciudades y el proceso de globalización en las últimas décadas no trajeron consigo una mayor integración de la sociedad. La división y el odio persisten.

Más aún, pareciera que cada vez incrementa entre los individuos la apatía respecto de los temas públicos y la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno. Algunos califican este fenómeno como una crisis de valores.

¿A qué se debe la presunta degradación moral que se observa en diversas sociedades? Pues bien, considero que habría que poner el acento en algunos puntos:

En primera instancia, elementos como el acelerado ritmo de vida y los múltiples distractores de la era contemporánea alejan de nuestra esfera de interés aquello verdaderamente importante como, por ejemplo, la realidad de las otras personas.

Nuevamente, de manera irónica la saturación de información, ocupaciones y preocupaciones tiende a hacernos centrar únicamente en nosotros mismos, ignorando lo que nos rodea, y cediendo ante el egoísmo.

Adquirir conciencia de la situación y necesidades de los demás es fundamental para abrirnos a la empatía. La clave está en ver la humanidad que hay en el otro. Esto es revalorizar la dignidad que compartimos como personas.

En segundo lugar, debemos asimilar que somos agentes de cambio dentro de la sociedad, por lo que nuestras acciones tienen un impacto en el entorno, beneficiando o afectando a terceros.

Por ello, vislumbrar el bien común en cada decisión que tomamos contribuye a desarrollarnos como personas mucho más plenas. La pulsión por trascender es probablemente la mayor motivación: dejar una huella positiva en el mundo.

Como tercer aspecto relevante, podemos mencionar la solidaridad. La comunidad idealmente funciona de modo análogo al del cuerpo humano, donde cada parte del organismo tiene una función propia, pero aporta a la salud de todo el sistema.

Imaginemos que sufrimos un corte en una mano: inmediatamente el cerebro emite señales de dolor, por lo que los ojos evaluarán el daño con la mirada, los pies se movilizarán para buscar curar la herida, y la mano sana buscará auxiliar a la otra.

En una sociedad solidaria, cuando uno o varios de los integrantes atraviesan dificultades, pueden hallar apoyo en los demás ciudadanos. Hablamos de una red que se fortalece con el respaldo mutuo de sus pares.

Por último, el sentido de responsabilidad cívica es aquel que nos llama a respetar las normas de sana convivencia, involucrarnos activamente en los temas comunes, y sumar esfuerzos para resolver asignaturas pendientes.

Si cada mujer y hombre hace su parte, conduciéndose con ética, visión solidaria y compromiso, seremos capaces de transformar cualquier sociedad. Empero, hace falta auténtica convicción por asumir esta responsabilidad individual.

Es común culpar a los gobiernos de todo lo que no se hace bien o pudiera ser mejor. Por supuesto que gobernantes y representantes populares tienen un papel que ejercer para responder a las necesidades de la gente.

No obstante, si realmente queremos que las cosas cambien, hay que comenzar por cambiarnos a nosotros mismos, y trabajar día tras día por ser personas íntegras y que sumen favorablemente a la comunidad.

Tanta sociedad como sea posible y todo el gobierno que sea necesario. La responsabilidad compartida es la única salida posible ante los desafíos complejos a que nos enfrentamos en el siglo XXI.

Autoridades gubernamentales, empresariado, sociedad civil, academia y ciudadanía precisan unir fuerzas en torno al bien común, generando un motor de cambio.

Solo con voluntad e iniciativa podremos edificar un mejor futuro, donde cada cual ejerza su rol de manera responsable y consciente.— Mérida, Yucatán.

fournier1993@hotmail.com

Licenciado en Derecho, maestro en Administración

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