Sentado en una pequeña mesa del fondo en un café del norte de la ciudad, don Polo Ricalde y Tejero devoraba las páginas de un diminuto volumen que era evidente ya había visto sus mejores años. Por momentos alzaba la mirada del libro, oteaba el interior del café, y volvía a su lectura.
El pequeño libro tenía hojas amarillentas y letras casi borradas de tanto ser consumidas. Algunos párrafos estaban subrayados con marcador amarillo, otros con verde y unos más con rosado. Numerosos separadores marcaban una veintena de páginas a lo largo de sus escasas hojas.
Don Polo tomaba por momentos un lápiz para subrayar frases y hacer anotaciones al margen. Alzaba de nuevo la mirada, hacia una pausa, tomaba un sorbo de su expreso cortado y volvía a la lectura.
En ese orden de actividades se encontraba cuando entró su amigo Ángel Trinidad al café de marras.
—Leyendo, como siempre, don Polo —exclamó su amigo al sentarse y pedir un café americano y una canasta de pan—. Tengo más hambre que un regimiento.
—Bienvenido, qué gusto verte.
—Mare. ¿Y eso? ¿Por qué tan contento?
Don Polo sonrió.
—¿Cómo que por qué? ¿No lo sientes en el ambiente? ¿No captas su aroma? —dijo al tiempo que inhalaba el aire en forma notoria hasta llenar sus pulmones—. Siente su fragancia. Está en la atmósfera.
—A menos que se refiera al olor de los pibes, no sé de qué habla.
—Me refiero al aroma electoral —sonrío don Polo—. Ya cubre todas las actividades y las charlas. Mira, en la mesa de allá (no voltees ahora) hay dos empresarios departiendo con un periodista. ¿De qué crees que hablan? No creo que de los mucbilpollos light con pavo desmenuzado.
—Los vi al entrar. Parecen tener una conversación muy animada.
—Y allá, al fondo, en la mesa grande hay varios políticos, aunque no alcanzo a captar el color de sus camisetas; me parece que eran tricolores pero ya se decoloraron hasta tomar un tono entre guinda y naranja.
—En esos no me fijé, hasta ahora. Parece que hablan bajo.
—Estos corrillos, cada día más comunes en estos días, hay que leerlos a la luz de que este domingo arranca ahora sí en serio el proceso electoral. Empiezan las campañas con todo.
—Precampañas, don Polo. Nada de campañas.
—Precampañas, pues… En fin, que con el arranque de la precampaña de don Renán Barrera se emite el disparo de salida del proceso electoral.
—Dicen que pidió licencia para hacer campaña en el interior del Estado.
—Nada de que dicen. Él mismo dijo que comenzará a visitar todo el estado, que tendrá “60 días activos para recorrer los municipios”.
—No sé, don Polo… ¿para qué tiene entonces a sus representantes y a los encargados de enlace? Todos sabemos que finalmente convencieron al amigo de quedarse en el equipo. Él puede ser un aliado en interior del Estado.
—¡Épa! ¡Cuidado con eso! Siempre hay que saber con quién aliarse y para qué. Algunos aliados son para que apoyen y otros para que no lo hagan pero se queden calladitos viéndose más bonitos; con qué no perjudiquen es suficiente.
—¿Usted cree que éste sea el caso?
Don Polo tomó el pequeño libro, lo abrió en una página marcada con un separador y leyó: “Si el príncipe fundamenta su dominio sobre armas mercenarias, jamás estará tranquilo y seguro, porque descansa sobre fuerzas desunidas, sujetas a la ambición, indisciplinadas y desleales…”.
—Ah, caray, don Polo. Eso suena fuerte.
—Más fuerte será el golpe si no se les presta atención a estas palabras que datan de hace medio milenio. Como te decía, son tiempos políticos —prosiguió don Polo—, tiempos de releer a Maquiavelo. No hay nada nuevo bajo el sol. Aquí, en este pequeño volumen, está todo.
Don Polo le aproximó El príncipe a Ángel Trinidad con una mirada que lo instaba a leerlo.
—Este otro pasaje— dijo mientras tomaba de nuevo el volumen— es digno de prestarle atención en estos tiempos electorales:
“…casi toda Italia quedó en manos de la Iglesia y se formaron algunas repúblicas; pero como los sacerdotes o los ciudadanos no están acostumbrados al uso de las armas, comenzaron a llamar a soldados extranjeros, que venían por la paga. El primero en organizar este tipo de milicia fue el romano Alberigo da Conio, y algunos de sus discípulos fueron Braccio y Sforza, quienes adquirieron un gran poder en Italia. Después vinieron todos aquellos que hasta nuestros días han dirigido esa clase de ejércitos; el resultado de su arrojada acción es que Italia ha sido invadida por Carlos, saqueada por Luis (ambos de Francia), forzada por Fernando (de España) y cubierta de ignominia por los suizos. Los mercenarios se han dedicado a debilitar a la infantería para acrecentar el prestigio suyo; esto sucedió porque ellos viven de las armas…”.
—Vaya advertencia para quienes reclutan mercenarios —reflexionó Ángel Trinidad—. Que se lo ponga detrás de las orejas don Renán.
—No sólo don Renán. En especial los guindas y sus satélites. Si hay partidos plagados de mercenarios son los de la 4T. Con ellos crecieron sobre la plataforma de los fundadores, a los que terminaron pisoteando.
—O sea que los candidatos y partidos deben cuidarse de los mercenarios, pues los pueden destruir.
Don Polo apuró su expreso cortado, suspiró, y dijo:
—Ojalá sólo fuera eso, mi amigo. El verdadero riesgo es que destruyan a Yucatán. Maquiavelo lo advierte. No se limita a decir que sacerdotes y ciudadanos contrataron mercenarios; también advierte de las consecuencias de ello en una frase lapidaria: “Tan oprobiosa fue su actitud que han traído a Italia la ruina y esclavitud”. — Mérida, Yucatán.
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@olegariomoguel
Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
