Desde un punto de vista filosófico, la vida es un viaje que nos lleva por diversos caminos, con altas y bajas traducidas en experiencia. Llamamos recuerdos a todo aquello que sucede —bueno o malo— en este trayecto y se almacena en la memoria.
El fin último, en opinión de muchos, es aspirar a ser felices; pero, como sabemos, tal objetivo resulta sumamente complejo, dado que es inevitable, durante el ciclo vital transitar por pasajes de dolor y sufrimiento, en mayor o menor medida.
Por ello, el humano requiere de motivaciones que le impulsen a seguir adelante a pesar de la adversidad; de no hallarlas, el ánimo decae y penetra la oscuridad de la desesperanza.
Así, con frecuencia se habla del sentido de la vida, ignorando que nuestra capacidad intelectual permite que ejerzamos de manera libre y voluntaria la elección del propósito que le damos a nuestras respectivas existencias.
En otras palabras, más que buscar una razón en el exterior para vivir, la idea es encontrar desde nuestro propio ser aquellos talentos, virtudes y vocación de los cuales disponemos, para poner al servicio de los demás —y sentirnos plenos—.
Mark Twain, escritor estadounidense, decía que las personas nacemos dos veces; el día del parto de nuestra madre, y el día en que descubrimos la misión que tenemos en el mundo.
Sin embargo, hay quienes piensan erróneamente que no es posible marcar una diferencia positiva en su entorno. Al convencerse de este tipo de creencias, son numerosos los hombres y mujeres que ceden ante la apatía y dejan de ilusionarse por la experiencia de vivir.
Por un lado, están los que asumen que los problemas de la sociedad son tan grandes que las acciones individuales resultan insignificantes; por otro lado, están quienes aseguran que sus equivocaciones del pasado los descalifican de entrada para imaginar un futuro prometedor.
Ni lo uno ni lo otro es verdad: 1) las decisiones que toma cada humano repercuten de una manera u otra en el contexto en que se desenvuelve —para bien o para mal—; y 2) incluso si se han cometido equivocaciones en el pasado, siempre habrá oportunidades para corregir el rumbo y comenzar a edificar un porvenir alentador.
Tampoco es pretexto el aspecto de la edad para asumir con dedicación y pasión nuestro propósito de vida. Tanto un niño o niña pueden crear entornos más sanos —en su escuela, por ejemplo— a través de iniciativa y liderazgo, como un adulto o adulta mayor son capaces de emprender un proyecto profesional o social de trascendencia.
La luz del ingenio humano radica en la curiosidad inherente que le lleva a explorar nuevos caminos, ampliando sus horizontes a través de la innovación.
La inteligencia y el conocimiento son útiles en cuanto a que nos motivan a transformar lo que nos rodea para vivir mejor en sentido amplio —a esto llamamos progreso— para el beneficio propio y el de terceros.
Entonces, el parámetro del valor que aportamos como individuos, a lo largo de nuestra vida, se mide en torno a la huella favorable que hayamos dejado en el mayor número de personas posible.
Servir a los demás es una pulsión que ha motivado el mensaje de importantes próceres de la humanidad, desde Jesucristo hasta el Dalai Lama, pasando por Martin Luther King y Mahatma Gandhi.
Su fuerza radica en que es cierto: entregar lo mejor de nosotros mismos para ayudar a otros es alcanzar la virtud en su máximo esplendor. Volviendo a una conocida cita bíblica, “no hay amor más grande que el que da la vida por lo demás”.
Conocer, ser y hacer; para ser felices necesitamos saber cuál es nuestro propósito, vivir cada minuto con la mayor disposición por convertirnos en nuestra mejor versión, y realizar todo lo que esté en nuestras manos para lograr tan alto cometido.— Mérida, Yucatán.
fournier1993@hotmail.com
Licenciado en Derecho, maestro en Administración
