La seriedad, ese concepto en ocasiones huidizo que no debemos permitir como ciudadanos que nos abandone en este 2024, invita a la reflexión en esta primera columna del año. ¿Qué es seriedad y a cuál de sus manifestaciones hacemos referencia?

Podemos pensar en una persona de actuar grave; actúa con seriedad, decimos. Se comporta de forma muy seria. Podemos referirnos a una situación grave: la salud de fulano es seria. Sirve igual para hacer mofa de alguien cuyo comportamiento es inaceptable: este tipo es un caso serio.

La seriedad con que debemos afrontar este año es otra: es aquella propia de los seres responsables, que ven las cosas con rigor, de una forma analítica, reflexiva y sensata. La seriedad no sólo se refleja en el rostro o en el carácter. Por eso, este concepto no está reñido con la alegría.

En su monumental y quizá más conocida obra, “El nombre de la rosa”, Umberto Eco aborda este cautivador tema. El semiólogo italiano rinde homenaje a Jorge Luis Borges con dos elementos esenciales en la historia, que se desarrolla en una abadía: el personaje más respetado del monasterio, y a su vez el más sabio, es un hombre ciego que vive envuelto en libros, velas y laberintos en la gran biblioteca del frío lugar. Este personaje lleva por nombre Jorge: sabio, bibliotecario e invidente, ¿qué otro nombre podía llevar?, dijo alguna vez Eco en claro homenaje a Borges. El personaje se llama Jorge de Burgos, para más señas.

El otro tributo es la propia biblioteca. Su copiosísimo acervo, donde hay libros de todos los temas posibles, la geometría arquitectónica y más aún los espejos que en su interior se encuentran, no son sino una evidente alusión al magnífico cuento borgiano La biblioteca de Babel.

Mas volvamos al viejo Jorge, que en su obstinación no permitía la risa, contra la que emprende una cruzada y califica de blasfemia. Cosa del diablo. Uno de los pasajes más ricos de “El nombre de la rosa” es la primera conversación entre el viejo invidente y Guillermo de Baskerville en el scriptorium, donde los monjes transcribían manuscritos. Guillermo es un franciscano que llega a la abadía para participar en un concilio y se ve envuelto, a causa de su aguda inteligencia y perspicacia, en la investigación de una cadena de crímenes entre monjes.

Baskerville poseía no poca inteligencia, agudeza y era un defensor de la idea de que la seriedad en exceso priva al ser humano de grandes cosas en la vida y puede acaso nublarle la visión.

En el encuentro de ambos, Jorge encoleriza ante la postura de Guillermo de no condenar la gracia ni la risa. El transcurso de la novela nos irá develando cuán importante es el debate sobre la risa en la trama.

Jorge era, pues, un sujeto que veía la vida con seriedad extrema.

¿Es mala la seriedad extrema? ¿Es buena? Eso depende. Lo mismo aplica para la gracia, el humor y la risa. La gracia tiene muchas caras, una de ellas la ironía, de la que Borges no carecía. “¿Qué opina de que la academia sueca otorgó el Nobel a García Márquez?”, le preguntaron los periodistas en 1982 apenas conocida la noticia.

—García Márquez es un gran escritor y “Cien años de soledad”, una gran novela. Aunque con cincuenta hubiera sido suficiente —respondió irónico.

La ironía, a diferencia de lo que sostenía Jorge de Burgos, puede cohabitar perfectamente con la seriedad.

Dicho esto, 2024 nos pone ante una situación en la que debemos adoptar la gracia y alegría que no condena, más aún defiende, Guillermo de Baskerville, pero también la seriedad de Jorge, la seriedad extrema incluida.

Alegría, sí, porque nos enfrentamos en este año que empieza a una primavera ciudadana. Desde ahora hasta que se dé por finalizado el proceso electoral, pasando la aduana del 2 de junio, tenemos ante nosotros una fiesta cívica a la que todos estamos invitados y debemos asistir con la misma alegría de quien va a un ágape o a un festejo de cualquier naturaleza. Difícilmente alguien va a una fiesta con tristeza.

El 2024 es, así, un año alegre, en cuya fiesta debemos participar y ser consientes de que el festejo ya comenzó, no se circunscribe al día de la jornada electoral. Pasada ésta, la fiesta sigue.

No es, sin embargo, una fiesta de Baco o Dionisio donde todo se permite. Se trata de un festín al que al mismo tiempo de asistir con alegría debemos hacerlo con seriedad, con aquella que, decíamos líneas arriba, es propia de quien actúa con responsabilidad, con conocimiento de causa, con sensatez y reflexión.

Es importante votar, y “votar de una manera bien pensada, bien consciente, bien inteligente delante de Dios”, externó al arranque de este año Mons. Gustavo Rodríguez Vega. En efecto, el arzobispo de Yucatán hace un llamado a actuar con seriedad al votar. Un llamado que no debemos desoír, más allá de colores y nombres.

Pensemos en lo más valioso que tenemos. Con seguridad nos viene a la mente la familia, la salud, las posesiones… y podemos asegurar sin temor a equivocarnos que no pensaremos que el voto figura entre las posesiones más valiosas con que contamos.

Así como defendemos a la familia, la salud, etc., así como las vemos con toda seriedad, de la misma forma debemos considerar a nuestra capacidad de votar, porque de ella depende el futuro de nosotros, de nuestras familias y de toda la colectividad, ni más ni menos.

Es un hecho, estamos en el arranque del año que marcará el futuro de las generaciones actual y venidera. ¿Acaso esa no es razón suficiente para tomar el voto con toda seriedad y, por lo tanto, no venderlo, no alquilarlo, no despreciarlo ni jugar con él?

En momentos en que un cambio serio puede producirse en México, estamos ante una primavera donde en lugar de armas tenemos votos. Pretender eliminar esta arma ciudadana será una invitación a tomar las otras.

Así pues, más allá de preferencias políticas, ciudadanos de uno y otro color debemos tener presente que 2024 es el año que definirá nuestro futuro como colectividad. Hay que tomarlo, como Jorge de Burgos, con seriedad extrema, sin que eso nos nuble la razón.— Mérida, Yucatán.

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@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

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