La oposición en nuestro país se ha convertido en un alma en pena. Va de aquí para allá, rodando por los caminos, por los viejos caminos del Mayab trazados por Mediz Bolio, y los agrestes del país descritos por Rulfo y pincelados por José María Velasco.

La oposición —me robo el verso de Rafael Amor— es como el hambre, “no avisa nunca, vive cambiando de dueño”.

Esa alma errante se mueve con discreción, en una mudanza silente que a veces dificulta saber dónde está, en quién recae, a quiénes atrapa y a cuál libera.

La hay partidista, extraparlamentaria, comprometida, social, oposición trepadora, y lo mismo hay oposición seria, responsable y constructora, que acomodaticia, plañidera y de pacotilla.

¿Qué partido, qué candidata o candidato se presenta en las elecciones con la intención de ser oposición? Ninguno. Todos quieren ganar, resulta obvio decirlo. Pero no siempre fue así.

Echemos la mirada atrás y revisemos un poco los años del PRI cuando su logotipo no era de color guinda. Los partidos en liza eran el PAN, el Comunista, convertido luego en Partido Socialista Unificado de México (PSUM), el Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT), el PARM cómplice del gobierno, y otros más entre cuyos objetivos no estaba el triunfo electoral.

Acaso en el PAN, pero hubo un largo tiempo que ni eso. Para las elecciones presidenciales de 1976 sólo se presentó un candidato, el del PRI: José López Portillo y Pacheco.

Entonces, ¿a qué aspiraban aquellos que no eran ni tricolores ni alcahuetes? A ser una buena oposición. Sus doctrinas poco o nada tenían que ver con la forma como se maneja el poder, sino cómo enfrentarse a él y ser su contrapeso.

La alternancia del 2000, y tres años antes el triunfo de la oposición en el Congreso, fueron dos pasos gigantes en la lucha democrática nacional. Pero dejaron algunos cadáveres en el camino, uno de ellos el valor intrínseco de ser oposición.

Una vez que los políticos descubrieron que otros, no sólo el PRI, podían alcanzar el poder, conquistarlo se convirtió en el primer objetivo de los partidos y, en algunos casos, su razón de ser. En otros casos, conscientes de su imposibilidad de alcanzar el poder por sí mismos, aquellos poco representativos se trazaron el objetivo de alcanzarlo en alianzas y por interpósito partido, buscando recoger migajas.

A partir de ese momento, ser oposición se convirtió no en una meta en sí misma, no en una noble tarea de encarnar un contrapeso serio, responsable y constructor de sociedad civil, sino en un premio de consolación para calentar la curul tres o seis años y desde ahí planear las próximas elecciones a ver si hay mejor suerte.

¿Qué es, pues, oposición? La RAE la da, entre sus múltiples significados, el de “conjunto de grupos o partidos que en un país se oponen a la política del gobierno o al poder establecido”, y también “en los cuerpos legislativos, minoría que habitualmente impugna las actuaciones y propuestas del gobierno”.

¿Y sólo eso? ¿Ser oposición es tarea de otros, de los menos? ¿Y qué pasa si esos renuncian a su tarea?

Antes de intentar responder, vale la pena preguntarse, a lo largo del tiempo, cuánto y cómo ha participado la oposición en la construcción de nuestro país y nuestro estado. Cuál ha sido su aporte cuantitativo y, más aún, cualitativo.

Mas hoy parece que los opositores han renunciado a ello. Si no es para derribar al ocupante del poder y colocarse en su lugar, lo demás carece de importancia. Esa práctica noble, enriquecedora para la sociedad que es ser oposición, hoy ha sido convertida por los políticos mexicanos en una tarea que consiste en denostar para derribar al ocupante del pedestal, no en construir sociedad alfabetizándola sobre la importancia de disentir.

Si los partidos de oposición han renunciado a esa tarea social, ¿qué nos queda? La respuesta es: nos queda ser oposición desde la sociedad. Ser contrapeso, alzar la voz y señalar lo mismo al poderoso que a sus opositores políticos. Practicar el disenso inteligente y valiente desde nuestra trinchera.

Nos resta exigir cuentas al gobernante y también a la oposición. Ser parte de ésta es una responsabilidad con el pueblo, no sólo en función de ser representante de un sector, sino en la obligación de construir una vía de desfogue y representación social por medio de los instrumentos de la política, que evitan recurrir a medios violentos.

Una sociedad es sólida en la medida que es oposición, no corifeo; observadora, analítica y exigente con sus representantes, no aplaudidora.

Así que llegamos de nuevo a la pregunta: ¿qué es oposición? Respondemos como Bécquer: ¿Y tú me lo preguntas? Oposición eres tú.— Mérida, Yucatán.

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@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

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