Guillermo Fournier Ramos

Alrededor del 30 por ciento de quienes conforman el padrón electoral en México tienen entre 18 y 29 años de edad, según cifras del INE. Prácticamente, uno de cada tres votantes es joven, y su participación será clave para definir las próximas elecciones.

Dicho dato, además de servir como pretexto para animar a los jóvenes a ejercer su derecho —y obligación cívica— de votar este 2 de junio, da pie para desarrollar algunas reflexiones en torno al papel de las juventudes en la era contemporánea.

Con frecuencia se dice que la generación joven es apática y de carácter débil. Asimismo, se les acusa de falta de compromiso y poco sentido de responsabilidad.

Pero, ¿qué tan reales son estos señalamientos?

En primer lugar, diría que la manera más fácil de equivocarse es generalizando; aunque las personas de una misma generación comparten algunos rasgos, también existe diversidad en cuanto a sus entornos, formación, ideas, etc.

Los jóvenes han demostrado ser sensibles ante temas sociales y públicos como la desigualdad económica, la violencia de género, la crisis medioambiental y el maltrato hacia los animales.

No puede hablarse de indiferencia cuando observamos una agenda joven que se moviliza para alzar la voz en favor de estas causas. Gracias al empuje de mujeres y hombres jóvenes, los gobiernos, empresas y sociedad han adquirido mayor conciencia respecto de cuestiones particulares de gran relevancia.

La narrativa de la presunta “generación de cristal” tampoco se sostiene. Es evidente que la juventud vive en un mundo actual de suma complejidad e incertidumbre, que le exige fortaleza y resiliencia.

Cualidades

Además, los jóvenes aportan en su entorno cualidades como creatividad, empatía y colaboración que permiten hacer frente a los desafíos del siglo XXI.

Generaciones anteriores, sin duda, lidiaron con momento históricos difíciles; no obstante, la presente generación joven también emprende sus propias luchas.

Como profesor universitario, trabajo de primera mano con jóvenes, por lo que la experiencia me brinda la oportunidad de escuchar sus opiniones e inquietudes. Si bien encuentro pluralidad de puntos de vista y personalidades, igualmente hallo algunas coincidencias generales.

Me llama la atención oír a mis estudiantes expresar preocupaciones sobre temas como la brecha socioeconómica, la igualdad entre sexos, o el cambio climático. Es frecuente que compartan el sentimiento de frustración ante la carencia de avances y la resistencia a superar tales asignaturas pendientes.

La respuesta que suelo darles es que soy optimista en cuanto al futuro, porque eventualmente serán ellos, los estudiantes, quienes ocuparán posiciones de liderazgo y toma de decisiones; sus nuevas ideas, sensibilidad y visión serán las encargadas de transformar la realidad para cambiar los paradigmas del statu quo.

Los jóvenes tienen que asumir ese papel que les compete como agentes de cambio. Para ello deben convencerse a sí mismos de su valor en la sociedad. El progreso humano no se da por generación espontánea; requiere de gente valiente que haga que las cosas sucedan.

Una dosis de rebeldía

A la juventud se le intenta descalificar bajo el argumento de que son rebeldes e ingenuos. Pues bien, el mundo necesita de personas con una dosis de rebeldía dispuestas a combatir aquello que está mal y sumar esfuerzos en la construcción de un mejor mañana. La ingenuidad se vuelve virtud si se traduce en arrojo para no desistir en los ideales.

Me queda claro que los jóvenes no son el futuro; son el presente. Solo falta que ellas y ellos se lo crean, y se decidan a ser parte del cambio.—Mérida, Yucatán

fournier1993@hotmail.com

Licenciado en Derecho, maestro en Administración

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