Doblada con cierto desorden que evidenciaba haber sido leída, la edición especial del 99 aniversario del Diario reposaba en la mesa donde don Polo Ricalde y Tejero leía voluminoso, absorbente libro.

—Don Polo, ¿cómo? ¿Leyendo plácidamente en vísperas de las elecciones más importantes de nuestras vidas? —exclamó Ángel Trinidad al sentarse delante de él en la mesa del pequeño café de siempre en el norte de la ciudad—. ¿Acaso no está nervioso, tenso, preocupado… inquieto, pues?

—Lo que no haya pensado hasta ahora, analizado hasta ahora y planeado hasta ahora, ya no lo haré —respondió—. Como dice el INE, estos días son para la reflexión. Y yo reflexiono sobre aquello en lo que podemos convertirnos si exacerbamos la polarización. Si dejamos que la violencia se imponga a las palabras, si no creemos en la institución electoral, si no evitamos que la sangre llegue al río.

—Bueno, sí. Pero las elecciones son la máxima expresión de la política y cualquier cosa puede pasar.

—Aunque gracias a los políticos no goza de buena fama —sostuvo don Polo—, la política es la mejor alternativa a la violencia. La política, mi amigo, es la opción para no entrar en guerra.

—Por eso leo esto —prosiguió, con el libro en alto—, es un llamado de atención de lo que pasa cuando los pueblos optan por la polarización y la dejan avanzar a su fase superior, la confrontación violenta, al tiempo que desdeñan el valor negociador de la política.

Mira, ya que no puedo hablar de temas electorales porque me arriesgo a una sanción, te hablaré del libro. Se trata de la obra de una autora que se trazó una tarea faraónica. Es una novela histórica que, como todas las novelas históricas, se basa en hechos reales. Transcurre a lo largo de más de medio siglo, desde el último cuarto del XIX en la Rusia zarista, hasta la primera mitad del XX, con una extensa historia que recala en Medio Oriente después de recorrer buena parte de Europa.

Sus más de 900 páginas nos conducen por un viaje con principio pero sin final, una historia que nos plantea interrogantes sobre la segregación aparentemente inocua en primer instancia, hasta llegar a la polarización, fase previa a la confrontación sin marcha atrás.

Publicada en 2013 por Penguin Random House, “Dispara, yo ya estoy muerto”, es una novela de rabiosa actualidad, lo mismo por el reciente y vivo conflicto entre Israel y el grupo Hamás, que por el daño que causa a los pueblos vivir divididos, confrontados, polarizados.

Para el México actual es un fuerte llamado de atención a no perder de vista que aquello que comienza como pequeñas divisiones de barrio llega a convertirse, si no se trabaja en serio por evitarlo, en confrontaciones entre naciones y razas.

La tarea que se trazó Julia Navarro, decíamos, fue monumental… y la bordó. Logró una gigantesca pieza literaria que avanza sin conceder descanso al lector y está plagada de datos históricos de la época mencionada, donde sucedieron, por lo menos, tres acontecimientos de alcance planetario: la Revolución de Octubre, y las dos grandes guerras mundiales.

Para no comernos el elefante de un solo bocado, podemos dividir “Dispara, yo ya estoy muerto” en tres grandes bloques históricos: el primero, que abarca prácticamente la mitad de la novela, tiene a Samuel Zucker como protagonista, y a su padre, Isaac. Oriundos de Polonia, cuando este territorio pertenecía al imperio ruso, se ven en la necesidad de trasladarse a San Petersburgo. Por sus apellidos, ya habrá adivinado el lector que se trata de una familia judía, y como tal fueron víctimas de los pogromos que contra su raza se ejecutaban con espantosa frecuencia en el territorio del zar. Uno de los personajes hace este planteamiento:

“Catalina no nos quería, en realidad es difícil encontrar un zar o una zarina que nos quisiera como súbditos.

—Se refiere a Catalina la Grande.

—Sí, claro. Hizo todo lo posible para expulsarnos”.

En la parte de la obra que transcurre en territorio zarista se nota la fuerte influencia de los escritores de esa nación en la autora. De Dostoyevski, Gorki o Tolstoi, o más para acá, Pasternak, se reflejan trazas de sus novelas largas, plagadas de personas que sufren eternamente y están impregnados de “esa melancolía que siempre domina a los rusos”. Personajes copiosos, calles tristes, viviendas frías y pequeñas, y, por supuesto, el gélido ambiente de la madre Rusia están siempre ahí.

La historia es la de los judíos perseguidos en el imperio zarista. Los pogromos son tan feroces como populares entre los partidarios de una supuesta pureza con tintes políticos. Se trata de razzias donde los miembros del pueblo hebreo pueden perderlo todo. Y lo pierden. Son tan rusos como cualquiera, se sienten rusos y sus costumbres lo son, pero también son miembros del pueblo judío, lo que eclipsa cualquier otra condición.

La parte de la obra que transcurre en Rusia daría para una novela completa. Pero la autora no se conforma, tampoco el lector.

En la segunda parte la trama se traslada a París, casi como un accidente necesario para brincar al poderoso momento en que todo se desplaza a Palestina. La Palestina a la que Samuel Zucker llega en la soledad a principios del siglo XX y donde traba una bella amistad con un árabe, Ahmed Ziad.

Sí, un judío y un árabe convertidos en amigos. Una unión que perdurará en las siguientes generaciones hasta que resulta imposible sostenerla en medio de los enfrentamientos sin fin, donde cada facción defiende sus argumentos por encima de cualquier razonamiento.

Al llegar a Palestina cambia el escenario pero no el estilo narrativo. El número de personajes, que en Rusia fue intenso, aquí lo es más. Digamos que es preciso trazar numerosas personalidades para tener de dónde sujetarse para exponer las crecientes tensiones entre árabes y judíos, un caldo que se cocina a fuego lento a lo largo de décadas y empieza a hervir primero con la llegada de los británicos, que arrebatan la región al imperio turco en la Primera Guerra Mundial, y termina por derramarse con los acuerdos de la ONU tras la segunda conflagración.

Es para la tercera parte del libro cuando las tensiones rompen el hilo que, aunque débilmente, unía a árabes y palestinos. En esta parte Samuel y Ahmed ceden el protagonismo a sus hijos Ezequiel y Mohamed.

Es importante destacar el papel relevante que juegan las mujeres en toda la obra, desde la etapa de la Rusia zarista hasta los conflictos en Medio Oriente, pasando por el París reposado de principios del Siglo XX al turbulento de la Segunda Guerra Mundial, lo mismo que la España franquista y la Gran Bretaña de Chamberlain.

Leer “Dispara, yo ya estoy muerto” pasa del entretenimiento de una novela de calidad al entendimiento —si bien no completo— del conflicto en Medio Oriente, y de ahí a la reflexión del peligro al que se someten los pueblos cuando son incapaces de aceptar al otro, de ser tolerantes, de no vivir en los polos dentro de una misma sociedad.

Una advertencia siempre válida.— Mérida, Yucatán.

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@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

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