Desde niño amo las campanas. Las del templo de San Juan Nepomuceno me regalaban cada mañana con su son un nuevo día. Nunca han dejado de darme su canción.
En Brujas oí caer sus notas desde la Torre del Comercio hasta las quietas aguas del canal del cisne. Vencí mi invencible acrofobia y subí a lo alto de la catedral de Notre Dame para conocer la gran campana que lleva el nombre de María, cuya voz, dicen los parisinos, se escucha a 40 kilómetros de distancia.
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