Por la naturaleza de mi trabajo suelo retirarme después de las 10 de la noche y muchas veces coincido en la calle 62 con el paso de varias calesas tiradas por caballos, sí, de esos que con frecuencia se desmayan en la vía pública al estar horas y horas en pleno sol.

Con la acumulación de años se evapora mi nivel de tolerancia, que cada vez es menor, en situaciones que me parecen innecesarias, como que un cuadrúpedo entrado en años, mal alimentado y además objeto de malos tratos —que ya es redundancia— esté al servicio en altas horas de la noche de personas que quieren vivir la experiencia de conocer la Ciudad Blanca al ritmo del triki-trake de las calesas.

Y cada noche, el sonido de las ruedas sobre el pavimento, me hace recordar que también, todos los días, en mi camino al trabajo veo las calesas eléctricas resguardadas bajo un tinglado a la sombra de frondosos árboles en el estacionamiento del Ayuntamiento, en la calle 63 entre 62 y 64, mientras los caballos se asan al sol en la Plaza Grande.

Todo lo anterior es porque en los últimos días ha sido motivo de indignación un caso de maltrato a uno de esos caballos, por el cual se convocó a una manifestación para exigir un castigo ejemplar para el calesero, que fue exhibido en un vídeo y para el que se pide cárcel.

Sin hacer de menos las iniciativas y protestas de las agrupaciones rescatistas y activistas, desde mi punto de vista, las manifestaciones no tienen mayor impacto que el exhibir la situación para que autoridades emitan reacciones edulcoradas de que “se protegen los derechos animales, questo, quelotro y bla, bla, bla…” ¿Y luego?

El uso y maltrato a los caballos no se terminará en tanto haya personas que demanden el servicio de las calesas. ¿Y esto qué significa? Que surtiría un mayor efecto emprender una campaña de concientización al turismo para que no contribuya al maltrato animal evitando recurrir a los paseos en coche de tracción equina.

En una eventual campaña contra el uso de calesa tiradas por caballos entonces sí podrían tener un papel relevante los influencers, de esos que tienen miles o millones de seguidores, que a su vez pueden hacer eco a la no contratación del transporte-atracción para no abonar o incentivar el maltrato.

¿Y el tapir?

Y hablando de otro animal, en Tizimín están a la expectativa de la llegada del tapir que prometió en su campaña el alcalde saliente, el panista Pedro Couoh Suaste, quien posteriormente diría, como Mindy Crenshaw y sus dos perritos, en Drake & Josh, que no sería uno, sino dos, ¡dos! tapires los que tendría el zoológico La Reina.

Pregunta, ¿necesitan los tizimileños que se saque a un animal de su hábitat, seguramente una reserva ecológica, para estresarlo con un traslado de cientos o miles de kilómetros y luego refundirlo en un espacio reducido y ruidoso, solo para que una promesa de campaña no se la lleve el viento?

Las computadoras prometidas tampoco se han hecho realidad y no se le ve muy preocupado al primer edil por al fin entregarlas. Eso sí es necesario y los tizimileños no perderían su esencia si su zoológico no cuenta con un tapir.

Además, recordemos que recientemente murió un león en el mismo parque y poco tiempo después el jaguar negro “Boxito” sufrió una lesión por presunta negligencia, que luego negó el edil panista.

En el espacio que se habilitó en el parque centenario igual se podría instalar una figura rígida de un tapir, o al menos una piñata de tapir y tendría el mismo efecto de atraer la atención, saldría más barato y ningún animal resultaría estresado o en riesgo de morir, por aquello de las malditas casualidades.— Mérida, Yucatán.

Periodista de Grupo Megamedia

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