La civilización es capaz de superar los más apremiantes desafíos del siglo XXI, siempre y cuando coloque el foco en la persona y la sociedad, de la mano de valores como la empatía, la generosidad y el bien común.
Cuando me preguntan por la definición de humanismo, suelo responder que hablo de una visión de pensamiento orientada a la acción, en la que cada individuo sea respetado en su inalienable dignidad, derechos y libertades.
En este sentido, la propuesta humanista va más allá de consideraciones ideológicas, pues independientemente de posiciones políticas, podemos coincidir en la necesidad de promover que cada humano desarrolle su potencial y disfrute de calidad de vida.
El primer paso para atender los problemas sociales de la época contemporánea es hacer un diagnóstico de la situación. En los últimos 200 años ha habido importantes avances científicos, tecnológicos y sociales. No obstante, existen asignaturas pendientes como la desigualdad, las expresiones de odio, y la falta de conciencia ética.
La globalización y el libre mercado han generado niveles de producción y riqueza sin precedente. Ello, ciertamente se tradujo en un impacto favorable para la humanidad —negarlo sería necio—.
Sin embargo, es posible analizar lo que se hizo mal o falta por hacer, si es que aspiramos a construir un mundo sin precariedad económica, desempleo ni injusticia. Citando al Premio Nobel de la Paz Muhammad Yunus: “la pobreza no es inherente a la condición humana, sino una imposición artificial que debemos revertir”.
Cabe precisar que lo anterior no implica de modo alguno promover sistemas políticos como el comunismo, que ha demostrado una y otra vez ser un modelo destinado al fracaso. Los experimentos marxistas han logrado únicamente crear miseria, lastimando a las sociedades que los padecen.
Lo que sí urge es repensar el actual paradigma capitalista, donde la globalización y el libre comercio desempeñan un rol primordial, para transitar hacia un modelo mucho más humanista, que consiga dejar atrás los lastres de la desigualdad y la exclusión.
Las promesas del capitalismo y el libre mercado no se han cumplido del todo por descuidar los procesos de implementación. Dicho de otra manera, el cómo es lo que ha fallado. Dos sendos ejemplos para establecer el punto:
Por un lado, hay quienes comparten una visión muy limitada de la generación de riqueza, asumiendo que, si unos cuantos en el piso más elevado de la pirámide económica obtienen ganancias cuantiosas y acumulan capital, entonces los de hasta abajo de la pirámide se verán automáticamente beneficiados y saldrán de la pobreza.
Esta “teoría del goteo” ha comprobado ser falsa, dadas las cifras de desigualdad socioeconómica creciente en los países occidentales, documentada por economistas de prestigio como Joseph Stiglitz y Thomas Picketty.
Los números de gente en pobreza continúan siendo alarmantes en varias economías —tanto desarrolladas como emergentes—. Desde luego, las consecuencias sociales son innegables.
Se trata de millones de personas trabajadoras que no son capaces de cubrir las necesidades básicas de sus familias con el salario que reciben; hablamos de víctimas que afrontan con actitud heroica las debilidades de un sistema que se ha quedado corto al abordar la dimensión humana.
Por otro lado, la globalización del libre comercio ha creado una dinámica de competencia salvaje, con poco orden y frecuentes presiones —y hasta imposiciones— de intereses económicos con mucho poder y presencia internacional.
Nuevamente, no se trata de cerrar fronteras al comercio y aislar a las economías nacionales, ya que eso supondría una receta para la crisis; empero, regular con normas justas supondría un gran cambio para promover un capitalismo humanista.
Los tratados de libre comercio son herramientas que pueden impulsar el crecimiento económico de regiones; ahora bien, se suscitan casos en los que, tras la firma de un acuerdo no arancelario, empresas transnacionales llegan a economías emergentes con prácticas desleales para quebrar a la competencia y dominar el mercado: como si se diera una pelea de box entre un peso mosca y un peso welter —knock out, seguro—.
Las políticas nacionales e internacionales de libre comercio deben partir de principios básicos de respeto, igualdad, justicia y bien común; de no ser así, no podrán ser realmente efectivas.
Pensar en un mejor futuro es viable, mientras seamos sensibles ante lo que se ha dejado de hacer en el pasado, y tengamos el valor de actuar en el presente para avanzar hacia el auténtico progreso. Instaurar un modelo de capitalismo más humano es una tarea compartida.— Mérida, Yucatán.
fournier1993@hotmail.com
Licenciado en Derecho, maestro en Administración
