Por mucho que suela repetirse que la familia es la base de la sociedad, no por ello deja de ser claramente cierto. Más aún, para solucionar las problemáticas que afectan a la civilización del siglo XXI, hace falta voltear a ver los valores familiares, cuyos principios no caducan a través del tiempo.
Es en el entorno familiar donde, desde la primera infancia, las mujeres y hombres cultivan el sentido de la convivencia, de la mano de nociones como empatía, generosidad y solidaridad. Como afirma el dicho: la escuela es la segunda casa, pero el hogar es la primera escuela.
Quien recibe el apoyo de una familia cohesionada, dispone de mayores herramientas para enfrentar los desafíos y oportunidades que la vida le pone por delante. Somos seres sociales, y el núcleo familiar es el lugar en que se forman y moldean las habilidades en el trato con nuestros pares.
Por consiguiente, la familia como ente tiene una gran responsabilidad al inculcar valores y principios entre sus miembros. Particularmente, el sentido de la ética debe permear en los lazos familiares, de manera consciente y constante.
De ser así, no solamente se consigue instaurar un espacio armónico en el hogar en cuestión: las familias sólidas se traducen en sociedades sustancialmente más justas, pacíficas e igualitarias.
Planteado de otro modo, el tejido social se construye desde la base hacia arriba, como los edificios o las obras arquitectónicas; promover los valores de la familia invariablemente abonará al bien común, incidiendo en la totalidad de la sociedad.
No obstante, infortunadamente cada vez son menos las voces que se alzan para hablar sobre la relevancia del papel que desempeñan las familias como potenciadoras de principios y virtudes dentro de cualquier comunidad.
Es razonable argumentar que buena parte de la decadencia de valores sociales y éticos se relaciona con un deterioro de los vínculos familiares, producto de vicios como el egoísmo y el resentimiento.
¿Por qué la familia es un núcleo tan efectivo para impactar en la sociedad? A partir del afecto que tenemos por nuestros parientes debemos asimilar que es viable y conveniente desarrollar genuino aprecio por todos los individuos que nos rodean.
Esta es la premisa de la encíclica del papa Francisco titulada “Fratelli Tutti”: toda la humanidad está unida por un lazo de hermandad, y es posible, además de urgente, hallar coincidencias que nos acerquen unos a otros, más allá de las eventuales diferencias.
Interiorizar esta verdad tan contundente permitiría superar los grandes males de la época actual —que, por cierto, tampoco son nuevos—, entre los que se destacan la exclusión, el odio y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
El núcleo familiar tiene mucho que enseñarnos para la convivencia colectiva, pues, ¿qué es una sociedad sino una familia ampliada? Los principios del respeto, la honestidad y el entendimiento son trasladables a cualquier contexto siempre que exista voluntad.
No obstante, el enorme riesgo es que suceda todo lo contrario y, poco a poco, la degradación de valores y nociones morales golpee a la familia como ente fundamental, con lo cual perderíamos cualquier atisbo de esperanza.
Ahora bien, es posible imaginar un mejor futuro, reforzando mediante la práctica que lleva al hábito las conductas del cuidado, la empatía y la caridad, tan presentes en la mayoría de las familias.
El apoyo familiar se torna incondicional, por lo general, ante situaciones de adversidad; difícilmente se abandona a un pariente en estado de necesidad. En el mismo sentido, ser sensibles ante el dolor de terceros y actuar en consecuencia, es clave en la construcción de sociedades mucho más humanas.
Adquirir conciencia será el primer paso para transitar hacia una civilización de auténtico progreso y bienestar compartido. La familia será —esperemos— la brújula moral para edificar nuestro mejor destino.— Mérida, Yucatán
Correo: fournier1993@hotmail.com
Licenciado en Derecho, maestro en Administración
