Decía José Manuel Villalpando, citando al poeta y filósofo alemán Henrich Heine, que “el historiador es un profeta que mira al pasado”.

Si nos zambullimos en la historia del Poder Ejecutivo en México, encontraremos visiones y ambiciones personales asombrosas. Repasaremos solo las más emblemáticas.

Apenas consumada la Independencia, de acuerdo con la narración de Lucas Alamán:

“…nombrado D. Agustín de Iturbide primer emperador constitucional de Méjico, como se nombraba a los emperadores de Roma y Constantinopla en la decadencia de aquellos imperios, por la sublevación de un ejército o por los gritos de la plebe congregada en el circo, aprobando la elección un senado atemorizado o corrompido”.

Como sabemos, fue efímero el Imperio, que difícilmente se compaginaba con las ideas republicanas de los Insurgentes, e Iturbide terminó fusilado en 1824. Del acenso y la caída de este hombre nos dice Alamán:

“…ofrece uno de los más poderosos ejemplos que la historia refiere de las vicisitudes de la suerte y de la inconsistencia del favor y el aplauso popular”.

Adelantando unas pocas décadas, sobre el último período del Gral. Antonio López de Santa Anna, que ocupó seis veces la silla presidencial, y que terminó con su exilio en 1855, encontré esta crónica de Raúl González Lezama:

“Tratando de demostrar la popularidad de su gobierno, convocó a la celebración de un plebiscito… … 435,530 personas se manifestaron por la permanencia de Santa Anna en el poder, y únicamente la despreciable cantidad de 4,075 se pronunció en contra”.

Refiere González Lezama que un diario de la época reportaba el júbilo que los resultados de la consulta habían causado al pueblo. Pero que la realidad era otra. El levantamiento armado contra la dictadura se extendía y “…el 9 de agosto por la madrugada salió Santa Anna de la capital, casi a hurtadillas… …desde Perote dirigió un manifiesto a la nación en el que se llenaba de autoelogios y recordaba a sus ingratos compatriotas que lo habían llamado de un destierro para salvar a México de la anarquía y que de forma casi unánime las autoridades de los estados se habían pronunciado por su regreso”.

Adelantando otro poquito, en 1861 sufriríamos la invasión francesa y el Congreso liberal tendría que extender el periodo de Benito Juárez, además de darle facultades absolutas para enfrentarse a las emergencias. Pero una vez derrotado el imperio de Maximiliano en 1867, los triunfos electorales del presidente Juárez empezaron a ser cuestionados por sus propios aliados. Hubo levantamientos en su contra, encabezados por su discípulo y amigo Porfirio Díaz, héroe de la resistencia militar contra los franceses y a quien el propio Juárez había encumbrado políticamente.

La muerte de Juárez en 1872, por una angina de pecho según el reporte médico, lo salvó de nuevas embestidas de sus antiguos aliados, pero no salvó a su sucesor Lerdo de Tejada, quien después de intentar reelegirse, sin el apoyo del Poder Judicial, y ante el levantamiento encabezado por el Gral. Díaz, tuvo que exiliarse.

Díaz ejerció el poder de 1876 a 1911, sólo interrumpido por la presidencia de Manuel González, de 1880 a 1884, a quien el mismo Díaz palomeó mientras cocinaba su propio regreso a la silla presidencial.

Como sabemos, el gobierno de Díaz, que —como todos los dictadores— no escuchaba más voces que las de sus aduladores, solo sería depuesto por la Revolución mexicana, iniciada en 1910 bajo el lema de “Sufragio Efectivo No Reelección”.

Los enfrentamientos no terminarían sino hasta 1921 y ocasionarían, según la estimación que se consulte, de 1.500,000 a 3.500,000 muertes.

Para no alargarnos más, nos brincaremos los periodos y los conflictos de los gobiernos postrevolucionarios, más frescos en la memoria nacional.

Volvamos a 2024. Estamos viendo los ingredientes de lo que podría ser un cóctel molotov: la primera presidenta electa que tomará posesión el 1 de octubre estará heredando problemas enormes, en todos los órdenes de gobierno, encubiertos por los programas sociales; a esa herencia se añade una irresponsable iniciativa de reforma al Poder Judicial, trazada por el Presidente saliente, y la conformación de un Congreso oficialista de pocas luces, con mayorías para hacer reformas constitucionales, sin los contrapesos expresados en las urnas, que obedece sin reservas al mandatario que se va.

Expertos nacionales e internacionales prevén problemas políticos y económicos graves en el horizonte. ¿Qué sorpresas nos depara el incierto porvenir?— Mérida, Yucatán.

marineaguila@gmail.com

Psicóloga y escritora

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