Todos hemos buscado alguna vez que nuestra disculpa sea aceptada, nos hemos puesto complacientes y condescendientes para contentar a alguien más, quizá hasta hemos rayado en la humillación con tal de ser “perdonados”, incluso por faltas que no estamos seguros de haber cometido.
Esta desesperación por estar bien con los demás, casi siempre tiene origen en vivencias anteriores, en la infancia principalmente, mismas que dejan una marca de culpa.
Por ejemplo: algo hice mal que provocó que papá y mamá peleen; o, no me cuidé suficiente y por eso sufrí abuso; me porté mal, merecí la violencia física y verbal… y una lista interminable de posibles situaciones que generan culpabilidad, esa sensación inquietante que lleva a responder en automático apenas se percibe, intuye, o supone que, si alguien tiene mala cara, habla poco, evade o ignora, seguramente es porque algo se dijo o hizo que provocó esas inequívocas muestras de desaprobación… entonces se desata la actitud sumisa en busca del perdón, sin siquiera repasar y analizar el propio comportamiento para estar seguros de haber cometido alguna falta.
La respuesta de los demás a esta desesperada necesidad de aprobación, puede tornarse de fastidio, hartazgo y hasta desprecio por la poca valía que quien la padece muestra como persona, pero también puede derivar en abuso emocional, ya que la vulnerabilidad que conlleva la culpa, es aprovechable por los otros para conseguir beneficios, para manipular y controlar.
Ese cuento es de nunca acabar, ya que el mínimo gesto o palabra que se interprete como desaprobación, conecta con la sensación de culpa tan arraigada y desata la estrategia para la conquista del perdón, un perdón que es momento de buscar en el propio interior por exponerse al sufrimiento persiguiendo la aprobación.
El autoperdón se consigue a través de profunda reflexión, del reconocimiento de las heridas y de la aceptación de que, cuando niños, nada está en nuestras manos, los adultos son responsables de sus propias emociones, actitudes y decisiones; además del bienestar, cuidado y seguridad de los menores a su cargo, aunque hay circunstancias que escapan de su control. Nada en el entorno puede ser culpa de un pequeño.
Ya de adultos, lo que hicieron o dejaron de hacer por nosotros siendo niños no justifica seguir arrastrando dolor y culpa, corresponde a cada individuo revisar su carga, aligerarla y asumir la entera responsabilidad de las emociones, de las actitudes y decisiones que tomamos, entre ellas, la de cambiar la sumisión en la búsqueda de perdón y aceptación, por la propia misión de sanar, valorarse y comprometerse a no recibir la basura emocional de los otros.
¡Enfócate en tu misión, deja atrás la sumisión! —Mérida, Yucatán
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Psicóloga y Periodista
