Desde épocas remotas, cuando en una civilización se mira a los otros como incultos, groseros, bruscos, de estilo diferente en su vivir o aspecto, se les llama bárbaros.
Aquellos en los que prevalece una forma de expresarse lingüísticamente discordante con el grupo dominante y en actividades de una cultura disímil siguen siendo bárbaros, según el entender de una civilización abusiva que verbaliza su sentir y actúa contra los otros.
El “supremacismo” blanco en EE.UU. es un ejemplo, pero también en México, y en particular en Yucatán con los muy socorridos términos: es de pueblo o se comporta como pueblerino, entre otros arcaicos e insolentes adjetivos.
La cultura eurocéntrica, y su derivado la “American way on life”, tiene orígenes muy arraigados desde las civilizaciones helénica y romana. La barbarie de la tauromaquia y el boxeo nos remonta al circo romano, por citar unos ejemplos comunes, pero hay más, como el sincretismo religioso de las próximas conmemoraciones por los difuntos.
La esplendorosa Roma del mundo antiguo y parte del medieval, recibió continuas amenazas de pueblos con actuar cultural diferente a los que llamaron bárbaros. Ponían en peligro a su civilización si llegaban a ser invadidos.
El líder bárbaro más temido, sin temor a equivocación, fue Atila, el gran huno muy sanguinario y de encarnizado furor, como se le describe. Al mando de numerosos grupos de hombres curtidos en la vida esteparia conformó sus ejércitos de excelentes jinetes que la mayor parte de sus vidas la pasaban sobre los lomos de los corceles, lo cual ponía en mejores condiciones de lucha a sus huestes. De verdad les temían los romanos y procuraban alejarlos de sus territorios, cediendo a muchos de sus chantajes.
Sabían de la crueldad que aplicaban en las ciudades que caían en su poder. Ni las grandes murallas construidas exprofeso resistían ante la furia de aquellos invasores, éstos para penetrarlas inventaron el ariete, obra de ingeniería militar para destruir las grandes fortificaciones. Una vez adentro, solo quedaba rezar a los habitantes por el saqueo, violaciones y empalamientos que aplicaban los sanguinarios invasores.
Por analogía, ariete es un término que utilizan los cronistas de fútbol para señalar a los especializados en hacer goles: los que abren la portería.
Los conquistadores hispanos llamaron bárbaros a los pueblos originarios de nuestro continente, específicamente en Mesoamérica, con el argumento de los sacrificios humanos, antropofagia y politeísmo. Empero, los naturales, ¿No consideraban como bárbaros a los blancos que destruían su cultura?
Es cierto que los sobreexplotaron, pero los mexicas, por decirlo coloquialmente, “no cantaban mal las rancheras” en cuanto a eso con los pueblos dominados. Por lo tanto, también eran unos bárbaros.
Llamarse bárbaro entre unos y otros parece cuestión de perspectivas. Con otro ejemplo popular lo quiero poner a consideración. El programa televisivo de tanto éxito “El Chavo de Ocho” se desarrolla en una vecindad donde todos son pobres, sin embargo, Doña Florinda, con un complejo de inferioridad que quiere ocultar haciéndose pasar como de gran prosapia, llama chusma a sus vecinos en condiciones muy semejantes a la suya.
¿Cuántas veces escuchamos llamar nacos, wiros, hasta indios, que de alguna manera es decir bárbaros, por aquellos que creen poseer pedigrí? Clasismo cultural adquirido, atavismos y complejos, pues.
Durante el inicio de la lucha por la independencia nacional, a las huestes de Hidalgo consideraron como bárbaras desde las ciudades, sobre todo después de su comportamiento en la importante ciudad de Guanajuato y fue la razón por la que el Padre de la Patria decidió no tomar la capital del virreinato después de su contundente triunfo en el Monte de las Cruces. Criollo al fin, el líder insurgente.
En la revolución de principios del siglo XX, los capitalinos temblaban al pensar que las tropas revolucionarias tomaran su ciudad; cuando lo hicieron, Zapata y Villa fue sin mayores daños. Los bárbaros no lo fueron tanto.
Ahora, ya no con el uso de las armas, sino con la embriaguez de poder que otorgan los resultados electorales, más algunas maromas de la magia de la política, y precisamente en el bicentenario de nuestro Senado, parece resurgir un comportamiento bárbaro al utilizar las pueriles tómbolas en lugar del diálogo civilizado para definir ese engendro de reforma para nombrar a jueces y magistrados. Es una forma diferente a la que nos enseñó la escuela pública en las clases de civismo,
Somos fruto de aquellos procesos violentos e incivilizados. Subsisten costumbres residuales para dirimir esas cuestiones al ejercer en forma bárbara la fuerza del poder contra las minorías que en su gran parte nunca fueron opresoras.
El mayoriteo es signo de una falta de argumentos en el parlamento con integrantes que no saben parlar para hallar lo más conveniente para sus representados.
Por cierto, en nuestra tierra, el “vilismo” ha convertido al Poder Judicial yucateco como su último reducto para dar protección a sus incondicionales en forma no muy ortodoxa, bárbara pues, aunque en el Congreso de la Unión, con su doble moral, se oponen a los llamados cambios reformistas. ¡Pamplinas!, todos son igual de barbajanes.
Una barbarie es también, la exacerbación nacionalista o regionalista desde el poder para incendiar los ánimos de las masas creando cortinas de humo ante las incapacidades de los gobernantes.
Es el caso de la gobernadora de nuestra entidad vecina, la señora Sansores, a quien disgustó que se ofreciera un apoyo importante para el desarrollo regional a través del puerto de Progreso, Yucatán. Quiere revivir las rivalidades decimonónicas de las clases políticas de Mérida y Campeche que solo existen en las bromas, pero con su vehemente actuar subyace el reconocimiento que Joaquín Díaz Mena, el gobernador yucateco, resultó mejor gestor que la mandataria.— Espita, Yucatán
*Maestro de Políticas Educativas y cronista de Espita
