Capadocia significa la tierra del buen caballo. Dicen que de aquí proveían de ellos a los ejércitos romanos y más tarde a la armada de los sultanes. Es una gran región que comprende varias poblaciones, las más renombradas Göreme y Ürgüp, donde pernoctamos.

Llegamos aquí desde Estambul, atravesando largos túneles que horadan cerros algodonados por la neblina.

Ankara, la capital turca, que los locales esdrujulizan (Ánkara), está a medio camino en nuestra ruta. Imposible no dar un brinco para visitar la tumba de Atatürk, el fundador de la República.

La capital turca es una ciudad acribillada de edificios hasta donde la vista alcanza. Hay en ella un fervor constructivo sin fin. Por lo mismo, la vegetación es escasa.

Es una capital que Atatürk decidió llevar país adentro; la anterior, Estambul, se encuentra muy cerca de la frontera con Grecia y Bulgaria. Si alguna fuerza extranjera pretende atacar los poderes le resultará más difícil avanzar al interior del país, según su lógica, no tan descabellada tratándose de un país que ha dedicado buena parte de su historia a defenderse de invasores.

Ánkara proyecta una faceta de ciudad de oficinas. Carece de alma a ojos del visitante neófito. Si bien Turquía es un país plausiblemente limpio, Ankara lo es aún más. A pesar de estar en permanente construcción, no parece haber una mota de polvo. Su orden impecable contrasta con la vida abigarrada y natural de Estambul.

Ánkara es perfección y frialdad. Estambul es talento, esencia y carisma puro. La vieja Bizancio se ha enfrentado a los avatares de la vida y está mejor preparada para lo que venga, dada su experiencia para liarse a golpes con cualquiera.

La tumba de Atatürk es como la ciudad que la acoge: solemne, perfecta, irreprochable… y fría. Grupos de niños la visitan en riadas como parte de sus actividades escolares. La veneración por Atatürk se ve y se siente en todo el territorio nacional. Es un rock star turco.

Dejamos a los escolares, la tumba y la capital y entramos en la mítica y hoy pasmosamente turística Capadocia. Si alguien busca esta región en el mapa le será muy complicado encontrarla. Es una gran extensión que abarca nutrido racimo de ciudades. La analogía en México sería la Huasteca.

La baña el río Rojo, un afluente de dimensiones no muy pretenciosas que fluye mapa arriba hasta el Mar Negro. El río no se da abasto para evitar que la región sea infinitamente ocre. De su carencia acuífera da cuenta el lago salado, una extensión de decenas de hectáreas donde alguna vez hubo agua y hoy solo existe una sábana blanquísima de sal que se puede recorrer a pie firme.

Entramos en Capadocia guardando un silencio litúrgico, no por respeto sino maravillados por el caprichoso paisaje que labró la piedra volcánica, producto de la erupción hace siete mil quinientos años del monte Hasan.

Tal estruendo quedó grabado en pinturas rupestres, donde se plasmó lo que habría sido una columna de fuego y ceniza de cuatro a cinco kilómetros. Rocas gigantes se equilibran sobre columnas de piedra formando figuras que parecieran haber sido hechas por gigantes o extraterrestres.

La explicación aburrida es que la piedra que corona la columna es basalto, tan dura que no ha podido ser erosionada como la base.

Hasta donde nuestra vista alcanza se observa el irregular paisaje café, cuyo atractivo a vuelo de pájaro y de globo aerostático es justamente las formas caprichosas que crea. Tal belleza natural ha sido la excusa ideal para convertir la industria de los vuelos en globo en esa región en la más grande del mundo. Al despuntar el alba se pueden elevar hasta mil globos gigantes repletos de turistas dispuestos a ver desde el aire las formaciones rocosas de fantasía. El sueño que Julio Verne plasmó en “Cinco semanas en globo” y “La vuelta al mundo en ochenta días” es aquí actividad cotidiana.

Lago salado Tuz, en Anatolia central

A ras de tierra, adentrarse en la zona es descubrir las maravillas elaboradas por algunas civilizaciones que rayeron la roca pacientemente, entre ellas los primeros cristianos. Iglesias enteras están decoradas en las paredes interiores de cuevas que se crearon a base de insistente raspadura. Ciudades mismas se hicieron así. Y eso es solo la fachada. En las profundidades corren túneles interminables que no solo funcionaban para comunicar unas comunidades con otras, sino principalmente como refugio y despensas en caso de ataques. Se cerraban con enormes rocas redondas y planas. Imposible no evocar el sepulcro de Cristo.

En dos días en Capadocia no hacemos otra cosa que maravillarnos. Y tiritar. Una temperatura de 3 grados Celsius es Siberia para un yucateco, que reza porque no sople el viento, pues el ingrato corta como navaja suiza.

Aquí la limpieza turca es mayor, si cabe. Ciudades tarzadas delicadamente en las montañas despuntan con el mismo color beige del paisaje. Casas y edificios, máximo de tres pisos, son construidos con bloques de hormigón del color de la roca, claros y pulidos, eliminando la necesidad de colorearlas. Cualquier empresa de pinturas aquí quebraría irremediablemente.

Dejamos atrás Capadocia, con una mezcla de asombro por las maravillas que apreciarmos, tristeza y desazón porque el clima impidió la salida de los globos aerostáticos.

Avanzamos horas interminables y plácidas por las praderas de la región de Konya. Me enchufo los audífonos por primera vez en el viaje. ¿Qué escuchar? La elección no es difícil. Oscar Chávez, por supuesto. La belleza del paisaje se exponencia con la voz del cantor. Por ti el mar es la locura del cielo…

Colosales veletas giran perezosas en las cimas de los cerros que ondulan el paisaje. Es entonces cuando pienso que llevo cinco décadas escuchando a Oscar Chávez pero nunca con tanta profundidad como ahora por esta extensa región de Asia Menor. ¿Hay que estar lejos para apreciar mejor lo nuestro?

Ahora canta el poema de Martí La niña de Guatemala. Eran de lirios los ramos… dice la voz metálica, rocosa y aterciopelada, en la planicie de la vieja Anatolia, donde la vista se estira hasta las lejanas montañas azuleadas en la lejanía.

Nos acompaña fielmente la cordillera de Tauro. Al occidente se desvanece en Esmirna y al oriente declina hasta desaparecer en el Éufrates. En su parte más austral bordea el costado norte de la ciudad de Tarso, cuna de Saulo, el incansable San Pablo.

Nos detenemos un momento para estirar las piernas. Maldita sea. El frío sigue endemoniado para un yucateco: no sube de tres grados. ¿Acaso este sol asiático no piensa calentar un poco?

Leo letreros impronunciables que parecen anunciar pequeñas estaciones de descanso en el camino. Oscar Chávez le pide perdón a alguien con la letra de Pedro Flores y, a lo lejos, campesinos aran la tierra con modernos tractores.

Voy contando las diferentes marcas de estaciones de gasolina. Una, dos… diez… Fito Haro es ahora quien entona sus cantos. Su voz suave y guitarra incomparable le cantan al mar esa canción que compuso en Celestún: Cuando siente que se aleja repite la caricia con la misma perfección… Los pinos quedaron atrás y de nuevo la llanura ocre sigue hasta el infinito.

Mientras Fito, ahora acompañado de Nicho Hinojosa, dice que quisiera volar con mis alas rotas… llegamos a Pamukkale. Es el final de un viaje de diez horas. Mañana será otro día. Y otra aventura. (Concluirá).— Mérida, Yucatán.

Lea aquí la PRIMERA y SEGUNDA partes de este relato.

Correo: olegario.moguel@megamedia.com.mx

@olegariomoguel

*Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

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