Alfonso González Fernández

Para estas fechas vienen al escenario, junto con nuestras tradiciones, tres eternos problemas que no han sido solucionados: los baches, los nombramientos sin el perfil correspondiente y la falta de cuentas claras por los préstamos adquiridos.

Con el saldo de una buena taza de ardiente y espeso chocolate, para tomarlo pausadamente mientras se enfría como decía mi abuelita, trataremos de entender el asunto.

En el ámbito de la administración y gestión pública, existe una tendencia alarmante que se ha tornado recurrente a lo largo del tiempo: las autoridades aplican las mismas estrategias y políticas, a menudo fracasadas, esperando obtener resultados diferentes.

Esta paradoja, enraizada en un ciclo de repetición, se ve agravada por la inclusión de personajes de dudosa integridad, cuyos intereses personales pueden entorpecer el desarrollo de soluciones efectivas.

Antipatías

La primera premisa, y consecuentemente base de todo, es la aversión al cambio, ya que muy probablemente las autoridades se encuentren atrapadas desde antes en una zona de confort, intereses o asesores que tienden a conservar métodos que les han sido útiles, aunque no necesariamente eficaces. Este fenómeno puede explicarse por al menos cuatro factores:

I. Inercia administrativa: las estructuras burocráticas están tan arraigadas que cualquier intento de innovación o modificación se ven desalentados por la resistencia interna (modus vivendi).

II. Miedo al escándalo: en un entorno donde las decisiones son constantemente escrutadas por los medios de comunicación y la opinión pública, los funcionarios pueden optar por repetir estrategias ya implementadas para evitar riesgos asociados a un fracaso novedoso, convocando a ruedas de prensa y pagar entrevistas para comunicar pura perorata.

III. Intereses personales: la inclusión de personajes de dudosa integridad en el liderazgo institucional también contribuye a perpetuar esta dinámica.

IV. Corrupción: juega el papel central en la perpetuación de estas prácticas, dado que ciertas autoridades rodean sus decisiones con personas carentes de ética, estableciendo un entorno propenso a la manipulación y al abuso de poder.

Por ejemplo, si un funcionario corrupto se beneficia económicamente de un contrato de un servicio público que se renueva año tras año, tal como el bacheo de calles, hay poca motivación para buscar alternativas más efectivas para resolver el problema de raíz.

Esto crea las condiciones para una tormenta perfecta y un ciclo vicioso: la corrupción alimenta la repetición de fracasos, y los fracasos alimentan la corrupción.

Cuentas claras

Un elemento que exacerba el fenómeno de la corrupción es la falta de mecanismos robustos de rendición de cuentas.

Cuando las autoridades no se sienten responsables de sus acciones, la probabilidad de que repitan errores aumenta considerablemente.

La percepción de impunidad puede llevar a la creencia de que, dada la ineficacia de ciertas políticas, no habrá repercusiones significativas y este sentido de impunidad es particularmente atractivo para aquellos de dudosa reputación.

Estos siniestros personajes continúan operando en la sombra de la ilegalidad, sin temor a ser expuestos e inclusive prosiguen sus carreras políticas vistiendo impolutas camisas blancas almidonadas, bien planchadas para simular transparencia y pulcritud en sus “carreras” políticas.

Resulta inverosímil que existan otros que solo “presten dinero” y se vayan sin rendir cuentas del estado, avances y pormenores de los préstamos que solicitaron para evaluar su debida aplicación.

Para romper este ciclo de repetición y fracaso, es fundamental hacer reformas que fomenten la transparencia y rendición de cuentas como:

Auditorías independientes: sometiendo decisiones y gastos a revisiones por despachos autónomos, para ayudar a identificar fraudes y desvíos de recursos.

Participación ciudadana: involucrar a la comunidad en la toma de decisiones no solo incrementa la legitimidad de las políticas sino que también ofrece una perspectiva fresca que puede resultar crucial para el diseño de estrategias efectivas.

Educación y capacitación: comenzar con la promoción de programas de formación ética y profesionalismo en la función pública, puede ayudar a seleccionar líderes íntegros y comprometidos con el bienestar social.

Conclusiones

La repetición de estrategias fallidas de las autoridades, en combinación con la presencia de personajes siniestros y cuestionable integridad, representa un desafío crítico para la gobernanza efectiva.

Sin una transformación profunda en los valores y prácticas del sector público, es poco probable que se logren resultados distintos a los obtenidos en el pasado.

Solo mediante una revisión crítica y reformas significativas será posible avanzar hacia un manejo más responsable y efectivo de los recursos públicos.

Todos coincidimos en que no es de buen gusto pasarla mal y cometer los mismos errores, sin embargo seguimos al parecer aplicando el conocido refrán: “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Nos cuesta mucho probar cosas nuevas, vencer el temor que supone innovar y salir de lo que está bajo nuestro control, tanto, como escuchar a otras voces.

Corolario:

“Atreverse e innovar para resolver patologías en infraestructura, es deber de autoridades responsables”.— Bruselas, Bélgica.

Consejo Mundial de Ingenieros Civiles (WCCE). Consejo Asesor

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