El problema no es la droga, sino el narcotráfico— José Mújica
“Muy bien, chico, ¡comencemos a cocinar!”
Walter White, un profesor de química con una sentencia de muerte por un cáncer pulmonar le muestra a Jesse Pinkman, un exalumno con escarceos en el bajo mundo de las drogas, el camino para dirigirse a un camper donde comenzarán a fabricar metanfetaminas.
No soy muy proclive a las series de televisión, pero Breaking Bad me envolvió por la trama, en gran parte por un sólido argumento sustentado en evidencias científicas, muy, pero muy bien documentadas que hace más que creíble el relato.
Un reportaje de Natalie Kitroeff y Paulina Villegas publicado por el “New York Times”, poco antes de finalizar el año pasado, en donde supuestamente se describe un laboratorio casero de fentanilo, ocasionó una enérgica respuesta del gobierno de la Dra. Claudia Sheinbaum. De entrada, descalifica el reportaje y, entre otros argumentos menciona, sin dar el nombre, a series de televisión como la señalada que dejan volar la imaginación, como si fuera muy fácil sintetizar drogas.
Concuerdo en que si bien no se puede comparar la elaboración de drogas con “todas las de la ley” y, me refiero al apego científico en un laboratorio exprofeso, al menos en lo que se refiere a las sintéticas, sí pudiera hacerse en sitios rústicos. En teoría puede no representar gran problema el mezclar y “cocinar” ingredientes como el hidróxido de sodio, la acetona, algunos éteres glicólicos y otros elementos que no son tan difíciles de adquirir, pero sobre todo de importar en grandes cantidades por ser componentes de un enorme número de productos químicos industriales.
Coincido en que la exposición a ciertos vapores puede ser tóxica, pero difícilmente será letal, si se utiliza desde luego cualquier mascarilla y, en relación con el contacto de la piel, esto se resuelve con el uso de guantes de látex. Pero el riesgo más grande es obtener un fentanilo con impurezas o con un gramaje que puede ser letal.
En mi ejercicio profesional he sido testigo del mágico efecto de esta droga, sobre todo en el postoperatorio inmediato con pacientes que despiertan prácticamente sin dolor.
Este potente opiáceo fue introducido en los años sesenta; es un extraordinario analgésico, cincuenta veces más potente que la heroína y, cien más que la morfina. Aunque observé algunos efectos colaterales comunes en los opioides, como relajación, euforia, sedación, confusión, mareos, náuseas y vómitos, el más grave: la depresión respiratoria que termina en paro, nunca la he visto, por la simple razón de que el medicamento es administrado con la debida precaución por el personal médico y de enfermería, pero además con algo siempre a la mano: la naloxona, el antídoto por excelencia de los opioides. Así de simple.
Desde luego es adictivo, pero aún peor: es potencialmente mortal y más en tabletas; para empezar porque no hay la certeza de qué tan puro es el fentanilo que se consume, la dosis por pastilla, el hecho de estar asociado a otras drogas, el grado de codependencia del sujeto y algo que se mal interpretó tanto en el reportaje como en la contestación y que es común a cualquier droga: cierta tolerancia más que un efecto de resistencia al fármaco, en relación con la inhalación de los vapores en su producción.
El tema es que el fentanilo por vía oral requiere de un período de absorción antes de pasar a la circulación general y comienza su efecto adictivo de euforia que lleva al máximo con la depresión respiratoria. La persona que llega a este estado tiene alrededor de cinco minutos para evitar un daño cerebral permanente por la hipoxia. En la calle o en el picadero la muerte es segura, incluso así haya sido tan cerca de un hospital.
El consumo de fentanilo ha generado una auténtica crisis sanitaria con más de cien mil muertos el año pasado en Norteamérica; por supuesto, el dedo flamígero apunta hacia México, donde de este lado se tuvo más de 29 mil homicidios por hechos relacionados con el narcotráfico. Pero el problema no solo es de dos países: es mundial.
Con la llegada de Trump, la situación comienza a tener otros visos que son más preocupantes. A la jerga bravucona e incontenible de este sujeto, a la cual la presidenta en un principio había señalado que no respondería, terminó finalmente por “engancharse” ante el discurso enajenado que lanza sin ton ni son, amenazando a nuestro país.
Y vaya que es difícil quedarse callado; sin embargo, debe predominar la mesura. A la arenga de que declaró a los grupos criminales como terroristas y los va a combatir, creo que el primer punto a revirarle es que empiece por frenar el paso de armamento a México. Dos de cada tres armas del crimen organizado provienen de nuestro vecino del norte, sobre todo de los estados fronterizos, en donde por cierto, tiene presencia la Asociación Nacional del Rifle con muchos miembros, sobre todo republicanos.
Queda claro el efecto que tendría el debilitar ese factor. Pero también a ellos hay que exigirles: ¿qué han hecho para disminuir el consumo?; a pesar de la reciente detención de un grupo llamado “Mafia Mexicana”, en California. ¿Por qué del otro lado no ha habido más detenciones o confiscaciones?, ¿quién está manejando el manto de la impunidad?
Al menos en México ya se inició una campaña para prevenir el consumo del fentanilo y otros estupefacientes. Mientras haya demanda, habrá producción y tráfico. Recordemos a Gustavo Díaz Ordaz, ante la pregunta expresa de una reportera en San Diego de: “Señor presidente, ¿Por qué permite usted que México sea el trampolín para que las drogas pasen a mi país?” Aquel, con su característica facies hosca, le reviró de inmediato: “Señorita, ¿ya pensó usted que si no hubiera alberca no habría trampolín?”
Así que aquí hay una contundente respuesta para nuestros vecinos: comprométanse a disminuir el consumo y, ya no nos pasen armas.
Tomar medidas con sustento científico. El propio gobierno de Estados Unidos, avalado por la FDA, le puede proponer a algún laboratorio el que se elaboren tabletas de fentanilo puro con un gramaje controlado, dosis no mortales y progresivamente a la baja; pero además, si se modifican ciertos radicales y elementos, pudiera transformarlo en algo menos adictivo.
Lo más importante: que esté controlado para su venta o distribución solo por el gobierno en centros exprofesos a pacientes, con el fin de ir disminuyendo las dosis y desintoxicarlos.
Siempre vale la pena recordar la efímera hazaña del Dr. Leopoldo Salazar Viniegra, cuando en México en 1940, en el gobierno de Lázaro Cárdenas, la venta y la compra de pequeñas cantidades de drogas, incluida la marihuana, la cocaína y la heroína, fueron efectivamente despenalizadas.
Por último: si existe la Coca Cola sin azúcar, el café sin cafeína, la cerveza sin alcohol, ¿acaso no es factible un fentanilo no mortal en tableta?; por supuesto que lo es… y no creo haberlo visto en ninguna serie de televisión.— Mérida, Yucatán.
arredondo61@prodigy.net.mx
Médico y escritor
