“Las reglas morales no pueden hacer inmoral pelear una guerra justa” —Michael Waltzer

En la escuela primaria aprendimos lo que significaba el nombre del último emperador azteca; en los libros de texto, incluso se acompañaba de un dibujo representativo al estilo de esa cultura, y aquello que significó la fuerza y el poderío de la rapaz ave se veía descendiendo al suelo con el pico hacia abajo y las alas replegadas, ya sin su agresividad guerrera.

Obvio es, se trata de Cuauhtémoc, aquel que cuando le quemaban los pies los conquistadores hispanos y, ante la presión de sus compañeros de suplicio para delatar la ubicación del tesoro, les dijo: ¿Acaso piensan que yo estoy en un lecho de rosas? Lo expresó o no, pero aquello trascendió. Ahora hay muchas personas que llevan ese nombre con orgullo.

En lo literal, y muy guardadas las proporciones entre el valiente noble mexica y el exgobernador del estado de Morelos, hoy diputado federal con fuero constitucional, es que se le acaba su estrella e incluso mancha la imagen del buen futbolista que fue, porque en su desempeño ha mostrado ser un pésimo político y pesan sobre él muy serias acusaciones.

Sin duda no es lo mismo ser un buen candidato apoyado con la popularidad, que gobernar bien, porque aquel carisma no acredita lo suficiente para la responsabilidad social adquirida. No es el señor Blanco el primer caso en el que se pierde todo el prestigio ganado en alguna de las áreas de la vida cotidiana ante las tentaciones que lo hacen reaccionar desfavorablemente, por no tener el valor de aceptar aquello de zapatero a tus zapatos, debido, sobre todo, a los “cultivadores” que lo rodean. Eso mismo vemos en muchos alcaldes y funcionarios de Yucatán que no hallan su esquina.

Héctor de Mauleón, columnista de “El Universal”, muy versado en diversos temas, narra que el deportista llegó a convertirse en político entrando por la puerta grande, gracias a que era —o tal vez lo siga siendo— el ídolo de un hijo de AMLO. El terco expresidente siempre defendió con vehemencia el capricho de su vástago, aun con las severas acusaciones que pesaban en contra de la petición.

Aquella expresión en la retórica “cuatroteista” de ser un gobierno de lealtades donde no tenían cabida los corruptos, en los hechos se muestra que aquello fue pura palabrería. El caso de Cuauhtémoc muestra una de las tantas mentiras del gobierno anterior.

Difícil es erradicar la corrupción ancestral impregnada a la cultura, donde un político pobre es un pobre político y cuando se asocia con los grupos delincuenciales ha de ser un cáncer, no sólo difícil de erradicar, sino de controlar como una metástasis.

Equívocos de la vida, pero no se trata de algo fortuito, además se le acusa de violento, vulgar, pendenciero, y lo más grave de todo, es que está indiciado por violación incestuosa. Pero ahora posee la protección como diputado para salvar las acciones de la justicia.

Es una lástima que los deportistas que fueron orgullo nacional terminen así.

No es para menos que la mayoría de los mexicanos, según reciente encuesta del Inegi, perciba mayor inseguridad al inicio de este sexenio. No procede de los conservadores como bien aprendió a decir Rogelio Castro, el delegado de Bienestar, que así se expresa anacrónicamente, para culpar a los otros de lo que él hizo mal o dejó que lo hicieran con el pecado de omisión, porque mucho tienen de trato los protagonistas de gobierno anterior de la 4T con la situación actual del país.

En Sinaloa se vive un auténtico infierno, desde hace semanas, en especial en Culiacán, la capital. Tan grave es que se asemeja o supera a las ciudades ucranianas, que sí viven una guerra formal.

El gobierno federal ha tomado de facto el asunto de la seguridad en aquella violenta entidad y margina sin miramientos al gobernador Rocha Moya, en quien no confía por los indicios de tener nexos con el crimen organizado. Una guerra entre los cárteles movió el avispero que origina el temor que se filtre por todo el país.

No es Sinaloa el único lugar donde ha proliferado esta infección social de la inseguridad, tenemos los cercanos Tabasco y Chiapas, ni qué decir de Quintana Roo.

Los habitantes de Villahermosa, en un 95% expresaron no sentirse seguros, según la misma encuesta, y no es para menos. Por la prensa nos enteramos de los crímenes constantes en aquel siempre alegre Estado y el gobernador Javier May cupa al exsecretario de Gobernación y ex mandatario estatal de tener participación en ese desbordamiento que atemoriza a la sociedad, peor que cuando los ríos lo hacen.

Podríamos narrar más, pero no es el caso, preocupa el país que se le puede desbaratar a la Dra. Sheinbaum, ahora que México requiere de mayor unidad ante las amenazas injerencistas, incluso al territorio nacional del reelecto presidente de los Estados Unidos. No olvidar que lo fundamental del arte de la guerra es que no haya guerra de ningún tipo, según escribió Zun Tzú hace miles de años allá en China.

Por otra parte, el panista estado de Guanajuato tiene los más altos índices criminalidad y no debe verse la paja en el ojo ajeno. México requiere de la unidad para enfrentarse a los problemas que se avecinan, pero la sociedad exhorta a la transparencia y rendición de cuentas en las acciones de gobierno para tener credibilidad.

Tremendo paquete para nuestra Presidenta.— Mérida, Yucatán.

Escritor

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