Luego del fracaso de la candidatura de Xavier Abreu Sierra y el triunfo de Ivonne Ortega Pacheco en la gubernatura de Yucatán, en las elecciones de mayo de 2007, hubo un recambio generacional que revisó la forma de hacer política en el estado.
Así como el sexenio de Ivonne sentó en la banca a destacados y maduritos personajes de la política tricolor, el PAN lució nuevos rostros, jubilando a los perdedores y dejando las sillas principales a nuevos actores, entre los que sobresalieron tres: Renán Barrera Concha, Raúl Paz Alonso y Mauricio Vila Dosal.
El PAN olvidó principios orgánicos de su fundación y se fortaleció mediante prácticas clientelares, electorales y de negociación, cuyas lecciones impartieron priistas exiliados que no podían vivir ya en su instituto político.
El triunfo en la alcaldía y luego en la gubernatura de Mauricio Vila Dosal no se construyó sobre el conflicto, sino sobre la negociación y suma de intereses desiguales. Tampoco se construyó con una renovación ideológica panista, sino con la poderosa maquinaria parcialmente transferida por un par de priistas aliados de innegable talento para estas cosas de la grilla.
Incluso en los colores ya no se trataba de diferenciar azul con rojo sino, al contrario, lo buscado era parecerse y ganar adeptos del otro lado. Pueden ver la publicidad de la capital americana de la cultura y recordarán que era roja. Hasta en eso.
En este periodo se puso de moda la asesoría de estrategas estudiados en la Universidad George Washington, el control de medios para orientar el espacio público con narrativas idílicas, convenientes, mercadológicas digamos, y la negociación cupular para controlar el partido y el gobierno.
El gobierno de Mauricio Vila, lo he comentado en otro artículo, macaneó junto a Andrés Manuel López Obrador sin polarizar ni con el pétalo de una rosa buscando dar resultados ante un presupuesto federal que lo asfixiaba y, normalizando el membrete de Morena y sus políticas públicas clientelares que jamás recibió crítica desde ningún lado en lo local.
En estos tiempos, se comenzó a decir que durante el gobierno se llegaba a acuerdos para dar resultados y en los procesos electorales se conflictuaba para encender las banderas políticas.
Sin embargo, el presidente López Obrador ya había regresado a la política polarizante y de conflicto en la cara de todos ellos. Inventó una narrativa novísima (primero los pobres; austeridad republicana; mafia del poder; servidores de la nación, los conservadores y neoliberales, los chairos y los fifís y la lectura esplendorosa de la historia mexicana que se sintetiza en “La cuarta transformación”).
Andrés Manuel López Obrador inventó, articuló un vocabulario, una sintaxis, una axiología y una performática de cómo hablar y decir las cosas. Ningún presidente anterior contaba el cuento nacional de este modo, aunque sí prestó a la historia nacional algunas palabras olvidadas. Es su mérito la diégesis y articulación del relato. En esta nueva alocución el conflicto y la polarización social estaban, están en el centro.
Y resultó que en la realidad la polarización también estaba como deseo no resuelto de los mexicanos: el presidente polarizó, conflictuó 365 días del año, es más, politizó los 2,190 días de su sexenio acusando, repartiendo culpas y penas, añadiendo pureza y pedigrí a los nuevos buenos de la película.
Hace tiempo que vemos los mexicanos dos modos de hacer política, en lo nacional, un conflicto lidereado por una nueva narrativa y respondido por una oposición con viejo relato que no cambia ni de palabras, ni de actores, ni de nada y en lo local, el atraso naif conveniente: los buenos se juntaron con otros buenos y desaparecieron el conflicto inmediato para dar resultados. La diferencia entre unos buenos y otros buenos fueron las cantidades de dinero que las políticas clientelares repartieron. Y a los malos nadie los vislumbró.
No puedo dejar de sonreír, cuando se repite que el conflicto es para usar en los tiempos electorales, que durante el periodo de gobierno hay que dar resultados buscando consensos y que haciendo las mismas cosas lograremos con nuevos personajes políticos se impulsan proyectos políticos nuevos.
Eso no es lo que dice la observación empírica de la historia reciente. Morena y Andrés Manuel trajeron a la palestra la polarización política clásica, el conflicto diario como mecanismo de gobernar y ganar elecciones y, es más, como mecanismo para refundar un estado despótico y autoritario.
¿O no es lo que estamos viviendo todos y yo ando de plano en jauja?— Mérida, Yucatán.
berlin@prodigy.net.mx
Antropólogo con maestría en industrias audiovisuales y doctorado en comunicación política
