También conocidas como Adelitas, las soldaderas fueron mujeres que participaron activamente en la Revolución Mexicana. Su labor podía ir desde el combate en el campo de batalla hasta el acompañamiento de las tropas como cocineras, enfermeras o encargadas de la logística.

El papel de estas mujeres era fundamental. La escritora Katya Maldonado Tavillo señala que “sin ellas los soldados no hubieran comido ni dormido ni peleado”, una afirmación completamente acertada.

Aunque la mayoría no empuñaban armas, muchas alcanzaron notoriedad por su valentía en combate. Algunas de ellas fueron Beatriz González Ortega, Ángela Jiménez y Petra Herrera. No obstante, la mayoría de las soldaderas se unían a las tropas para proteger a sus familias del hambre y las enfermedades.

Su participación marcó un cambio en los roles de género, pues asumieron trabajos considerados exclusivos de los hombres. Este cambio influyó en la transformación social que se dio en las décadas de 1920 y 1930.

Entre todas, Petra Herrera fue quizá la más célebre. Al inicio de su participación en la lucha, se hizo pasar por hombre bajo el nombre de Pedro Herrera, lo que le permitió ganar reputación como guerrero y líder en las filas de Pancho Villa. Una vez consolidada su fama, reveló su verdadera identidad y continuó luchando. En la batalla de Torreón, de 1914, jugó un papel crucial junto a un grupo de cuatrocientas mujeres. Sin embargo, ni Villa ni Carranza reconocieron su contribución, por lo que decidió abandonar sus filas.

Más tarde, Jesús Agustín Castro le otorgó el rango de coronel, pero su tropa femenina fue disuelta. Posteriormente, trabajó como espía para los carrancistas. Años después, mientras laboraba como camarera en Jiménez, fue asesinada.

Beatriz González Ortega. Maestra de profesión, González Ortega ejerció como enfermera de las tropas villistas durante la Revolución. Cuando Pancho Villa tomó Zacatecas en 1914, convirtió su escuela en un hospital improvisado para atender tanto a soldados federales como a los revolucionarios. Al descubrir esto, Villa ordenó su tortura y la de su compañera, pero ninguna de ellas delató a los federales.

Ángela Jiménez. Otra de las mujeres que se disfrazó de hombre para luchar en la Revolución. Se unió a la lucha como venganza por la muerte de su hermano, quien falleció en un ataque de las tropas federales. Además de combatir, desempeñó diversas tareas en favor de la causa. Alcanzó el rango de teniente en las fuerzas de Carranza y logró escapar de la cárcel en varias ocasiones disfrazándose con ropas femeninas.

Las ocupaciones de las soldaderas eran variadas, aunque pocas combatían directamente. La mayoría realizaba labores domésticas, cocinando para los soldados, atendiendo a los niños o, en muchos casos, siendo obligadas a prestar servicios sexuales. Algunas eran secuestradas en los pueblos y forzadas a trabajar como prostitutas para los militares.

Debido a la percepción de que las mujeres eran inofensivas, los soldados aprovechaban su presencia para enviarles provisiones, armas y municiones a las tropas. En algunos casos, lograron desempeñarse como líderes de batallones. Durante la guerra, fueron divididas en dos grupos: las que se encargaban de la cocina y las que luchaban.

Según Salas, la imagen de las soldaderas varía dependiendo de la perspectiva: para algunos mexicanos, fueron valientes combatientes que lucharon por la justicia; para otros, solo eran mujeres humildes arrastradas por el conflicto. Su trabajo codo a codo con los soldados despertó críticas, al punto de que muchos hombres comenzaron a llamarlas “marimachas”.

Por su parte, Ruiz Alfaro distingue entre dos tipos de soldaderas: la “buena” y la “mala”. En la novela Los de abajo, de Mariano Azuela, se ejemplifica esta visión. Camila, la soldadera “buena”, apoya a su esposo mediante tareas como cocinar, limpiar y lavar. En contraste, La Pintada representa a la soldadera “mala”, pues es fuerte, violenta y actúa con la misma rudeza que los hombres.

El legado de las soldaderas también perdura en la música. Los corridos, populares durante la Revolución, narraban los grandes eventos de la guerra y exaltaban a sus héroes y rebeldes. Uno de los más icónicos, que sigue vigente hoy en día, es Adelita. Esta canción, compuesta por los soldados de la época, no solo servía como entretenimiento, sino que también relataba historias de amor, lucha y opresión.

¿Quién no recuerda al menos un fragmento de su letra?

“Si Adelita se fuera con otro,

la seguiría por tierra y por mar.

Si por mar en un buque de guerra,

si por tierra en un tren militar.

Adelita, por Dios te lo ruego,

calma el fuego de esta mi pasión,

porque te amo y te quiero rendido

y por ti sufre mi fiel corazón”.— Mérida, Yucatán.

maica482003@yahoo.com.mx

Abogada y escritora

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