Hace unos días, el caso de Valeria Márquez, influencer asesinada mientras transmitía en vivo desde su estética, conmocionó al país. Su asesinato ha puesto sobre la mesa un tema que muchos comentan en privado, pero que pocos se atreven a expresar abiertamente: el dinero fácil, cuando se persigue a través de relaciones peligrosas, exposición constante o la entrega de la propia intimidad, puede acabar siendo una sentencia de muerte.
No es solo la historia de Valeria. Es el espejo de miles de jóvenes que hoy están dispuestas a arriesgarlo todo por proyectar una vida de riqueza, fama, lujo y un supuesto éxito. Pero en esta realidad existe un costo oculto, porque cuando se vende el cuerpo, la imagen o el tiempo al mejor postor, se asume un préstamo con una tasa desconocida. Y en este mercado, los intereses no perdonan.
El mercado ha creado una trampa perfecta sexualizando la economía. Ha convencido a miles de jovencitas de que su principal activo financiero es su cuerpo, su imagen, su juventud. Las ha convertido en marcas, en productos de alto consumo para públicos ansiosos y dispuestos a pagar. Y cuando el capital simbólico se agota, cuando dejan de ser novedad, cuando otra más joven o más bonita aparece, son descartadas, reemplazadas, olvidadas. En el peor de los casos, asesinadas.
Muchas de estas jóvenes no son ignorantes de los riesgos que corren. Saben perfectamente que están caminando en una cuerda floja. Pero hacen sus cálculos. Analizan riesgos y beneficios. Usan su perfil de Instagram o TikTok como vitrina. Monetizan su tiempo, su intimidad y su presencia. En teoría, están emprendiendo. Pero no es una empresa sostenible. Es una economía de altísimo riesgo, sin red de seguridad, sin contratos, sin leyes que las protejan. Es economía informal llevada al extremo. Y como en toda economía informal, los más vulnerables siempre pierden.
El caso de Valeria nos obliga a hablar de un tema incómodo: el costo real del dinero fácil. ¿Cuánto cuesta una vida llena de lujos financiada por alguien que mañana podría ser tu verdugo? ¿Qué precio tiene la seguridad emocional cuando tu valor depende del deseo ajeno?
Todos sabemos que el narco no solo compra autos y casas: compra personas, lealtades, cuerpos, silencios. Y aun así, miles de jovencitas se sienten atraídas por ellos, y por ese estilo de vida que promete dinero fácil y lujos, sabiendo que el costo a pagar podría ser su libertad, su dignidad o incluso su vida.
Los “sugar daddies” son otra cara del mismo fenómeno. Se pintan como benefactores, como filántropos del deseo. Pero en el fondo son inversionistas sin conciencia moral. Ponen dinero esperando retorno. Y muchas jóvenes se convierten en activos volátiles. Suben su valor si complacen, bajan si reclaman. Es una transacción, no una relación. El problema es moral y financiero, porque el costo oculto de esta dinámica es altísimo, implica aislamiento, dependencia, manipulación, pérdida de autonomía. Lo que comienza como un trato entre adultos termina siendo una forma sofisticada de esclavitud emocional y económica.
El otro gran jugador en este ecosistema es la economía digital, las redes sociales y las plataformas de contenido que monetizan la atención. Aquí el algoritmo premia lo que genera vistas, no lo que genera valor. Si mostrar más piel da más ingresos, la tentación es inmensa. Muchas jóvenes se convierten en empresarias de sí mismas, en una economía donde el producto se deprecia rápido. Cada fotografía subida, cada transmisión en vivo, cada revelación íntima genera ingresos, pero también genera deuda emocional.
Hablemos también del retorno de la inversión. ¿Qué retorno real tiene vivir para aparentar? ¿Qué utilidad neta deja una vida basada en lujos prestados, relaciones tóxicas y exposición constante? Ninguna. Es un esquema piramidal emocional, donde las primeras que entran tal vez ganan algo, pero las que llegan tarde solo alimentan el sistema hasta que colapsa.
Además, en la mayoría de los casos, el dinero que muchas de estas jóvenes obtienen no se convierte en inversión ni en patrimonio. Se esfuma. Se gasta en lo inmediato, en lo visible, en lo que brilla. Porque su meta no es la estabilidad, sino el estatus. No están comprando libertad, están pagando por ser vistas, por existir en un mundo que mide el valor en seguidores y “likes”. Y en ese intento por pertenecer, terminan siendo devoradas por el mismo sistema que las sedujo. Se convierten en presas de una maquinaria que exige cada vez más exposición, más riesgo, más entrega.
Como sociedad, hemos fracasado en enseñar a las nuevas generaciones el verdadero significado del valor. Valor no es lo que brilla en una etiqueta de lujo, ni lo que se presume en una selfi. Valor es saber decir no. Valor es construir un patrimonio con esfuerzo. Valor es entender que el dinero debe ser una herramienta, no un amo. Necesitamos volver a educar financieramente, pero no solo con números, sino con ética, con perspectiva, con humanidad. Hay que enseñar que el dinero que llega fácil, se va fácil. Y a veces, se lleva todo.
A las jóvenes que hoy sienten que ese es el único camino, les digo: no lo es. Hay otros modelos de éxito, otras formas de generar ingresos, de alcanzar independencia y de vivir con dignidad. No se necesita vender el cuerpo para lograrlo. No se requiere de un narco para tener poder ni de un “sugar daddy” para sentirse valorada. Se puede estudiar, emprender, trabajar, crear. Claro que toma más tiempo, cuesta más esfuerzo y es un camino más lento. Pero lo logrado es propio, y nadie se los podrá arrebatar.
Porque el dinero no lo es todo. Y cuando lo es todo, entonces ya nada vale.— Mérida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.c om
@kookayfinanzas
Profesora Universitaria y Consultora Financiera
