Eduardo Huchim Omnia
Eduardo R. Huchim, periodista.

La azarosa vida de José Mujica, que llegó a su fin este martes 13, estuvo varias veces en el filo de la navaja, de cara a la muerte, ya sea por las heridas de bala o por la tortura y prisión que padeció durante 14 años en total.

Uno de esos dramáticos episodios ocurrió una tarde de 1970, cuando en un bar de Montevideo, él y otros guerrilleros del movimiento Tupamaros fueron reconocidos y delatados. Llegó la policía, Mujica recibió seis disparos y fue llevado casi agonizante al hospital militar, donde lo atendió con esmero un cirujano que le suministró sangre suficiente para salvarle la vida.

¿Cómo fue que un guerrillero recibió tal atención de un médico militar en un hospital castrense?

“Era un compañero, un ‘tupa’ por abajo”, dijo Mujica 54 años después al diario El País. “Es como para creer en Dios”, comentó —desde su ateísmo— el guerrillero y asaltante de bancos que luego fue legislador y llegó a presidente de Uruguay. Aun sin profesarla, era respetuoso de la fe. 60 por ciento de la humanidad —solía decir— cree en algo y eso hay que respetarlo.

Fue una vida valiosa y socialmente fructífera la que salvó aquel tupamaro encubierto y solidario. Una vida que habría de enseñar al mundo, con el ejemplo, que la sobriedad puede cohabitar con el poder y tal convivencia la acreditó durante su presidencia, al continuar viviendo en su modesta casa de tres habitaciones en las afueras de Montevideo y transportarse en un viejo y pequeño automóvil. Predicó con el ejemplo su convicción profunda de que el consumismo no debe ser la práctica cotidiana ni la medida del éxito.

—Eres libre —decía— cuando escapas a la ley de la necesidad, cuando gastas tiempo de tu vida en lo que a ti se te ocurre. Si las necesidades se te van multiplicando, gastas el tiempo de tu vida en cubrir las necesidades. Resulta que el mercado nos domina y se queda con todo el tiempo de nuestra vida.

Con toda razón, Mujica detestaba a los muchos que, como ocurre en México, ven en la política una fuente de enriquecimiento al costo que sea, incluso por la vía de la corrupción. “A los que les gusta mucho la plata hay que correrlos de la política porque pudren todo; utilizan la política como medio para acumular riquezas… en la política necesitamos que haya gente que tenga la pasión de la política, que es social”. “Los políticos —sostuvo don Pepe con fraseos similares— debemos vivir como vive la mayoría de la gente y no como vive la minoría”.

Mujica encaró con serenidad y entereza a la muerte, la cual -sostenía- hace que la vida sea una aventura. Así, en una entrevista con el semanario Búsqueda, en enero de 2025, anunció que su cáncer estaba en una fase avanzada y expresó: “Ya terminó mi ciclo. Sinceramente, me estoy muriendo. Y el guerrero tiene derecho a su descanso”.

Y desde el aciago martes 13 de mayo de 2025, Pepe Mujica ejerce ese derecho con patente de eternidad.

El viejo loco y la rana. ¿Cómo le gustaría que le recordaran?, preguntó el periodista Jack Nicas (NYT) en agosto de 2024 a don Pepe.

—Ah, como lo que soy: un viejo loco —respondió jocoso Mujica.

La respuesta recuerda —por lo menos al columnista— un episodio en prisión que el propio Mujica relató en varias ocasiones: su peculiar amistad parlante con una rana, que se explica porque su encarcelamiento se dio en condiciones extremas. Pasó largo tiempo aislado en un agujero subterráneo, sin luz, sin contacto humano… y de alguna manera, le hablaba a la rana como si fuera su interlocutora.

José Mujica pasó 14 años en prisión bajo el régimen militar uruguayo. Fue considerado un rehén, junto con otros líderes del movimiento Tupamaros, con la amenaza de ser ejecutados si el grupo —que dejó la lucha armada en la década de los 80— retomaba las armas.

Su biógrafo Walter Pernas narra otras muestras de barbarie en Comandante Facundo. El revolucionario José Mujica (Aguilar, 2010): Perdida la dentadura como consecuencia de las palizas que le propinaban en prisión, llegó a comerse el papel higiénico y el jabón, a beber su propia orina y a chupar, en busca de calcio, los huesos que le arrojaban sus carceleros después de que los perros los roían. Pasó semanas o meses sin ver la luz, años sin hablar con nadie. Perdió la noción del espacio y del tiempo, deliró, adelgazó…

Fue todo aquello un conjunto de experiencias que incidieron profundamente en su visión de la vida. Tras su liberación, renunció a la lucha armada, se integró a la política democrática y fue primero legislador y, en 2010, presidente de Uruguay.

“Con profundo dolor comunicamos que falleció nuestro compañero Pepe Mujica. Presidente, militante, referente y conductor. Te vamos a extrañar mucho Viejo querido”, escribió Yamandú Orsi, presidente de Uruguay, en su cuenta de X.

Orsi es considerado el heredero político de Mujica, quien hizo campaña por la presidencia de Yamandú y contribuyó a que el candidato del Frente Amplio llegara al poder.— Ciudad de México.

@EduardoRHuchim

Periodista

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