Tengo muchos recuerdos. Más, muchos más que olvidos. Uno de ellos acudió ayer a mi memoria sin que lo llamara. Departía yo con una noviecita en la hermosa Alameda de mi ciudad. Le estaba recitando unos versos que, le dije, había compuesto especialmente para ella: “Volverán las oscuras golondrinas”. La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita, postuló Massimo Troisi en la película “Il Postino”.
De pronto se nos apareció un cura —su traje negro y su alzacuello indicaban el oficio al que pertenecía—, y sin más nos espetó estas palabras: “Alejen la tentación y alejarán la condenación”. Dicho eso se alejó sin darme tiempo de contestar su réspice. Después supe que el tal cura se dedicaba a espiar a las parejitas que iban por la noche al soledoso parque, y después de contemplar, al parecer morosamente, sus escarceos amorosos, las amenazaba con el castigo eterno.
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