El caballero sevillano ha envejecido. Envejecer es una buena opción, mejor, mucho mejor, que la de no envejecer. Llegar a viejo, piensa, tiene muchos privilegios. Uno de ellos es evocar a los que no llegaron.
En su sillón frailero don Juan trae a la memoria el viejo dicho según el cual los dioses aman a los que mueren jóvenes.
—Agradezco que no me hayan amado —piensa.
El antiguo seductor dice en el pensamiento los nombres de las mujeres a quienes amó. Ahora sabe que él no las sedujo a ellas: ellas lo sedujeron a él. Ahora sabe que la mujer siempre es mujer, en tanto que el hombre siempre es niño.
Cosa rara: Don Juan piensa más en la mujer que nunca pudo tener que en las que tuvo. A veces la sueña, y en el sueño la besa con un beso que no es erótico, sino amoroso.
Entonces Don Juan no es un don Juan: es un hombre que ama a la mujer de la que está enamorado. Cae la tarde. Cae la vida. Don Juan sigue siendo fiel a la mujer que ni siquiera supo que él la amaba.— Saltillo, Coahuila.
