La violencia es el último refugio del incompetente.— Isaac Asimov
Una tarde estábamos en plena cirugía, cuando un estruendo nos hizo detener todo. El residente de Anestesiología, vencido por la fatiga y el sueño, se había caído hacia atrás con todo y banco. El pobre colega se levantó, solo para trastabillar de nuevo e irse de bruces al piso. Logró ponerse de pie con ayuda de dos enfermeras. Recuerdo que el cirujano en turno, mi maestro el doctor Felipe Estrella, hombre muy serio y parco en sus comentarios, solo dijo: “¿Ya podemos continuar, profesor, o vas a seguir tirándote al piso?”. El médico más que apenado se colocó de nuevo en su sitio, la cirugía continuó. En honor a la verdad no fue motivo de risa. Había un silencio incómodo solo interrumpido por el pitido del monitor. Preguntó mi mentor: “¿Tuviste guardia?”, contestó más que apenado: “Perdone, por favor, doctor, estoy saliendo, pero también estoy entrando”.
El maestro interrogó: “¿Cómo está eso?”. El compañero respondió: “Tuve guardia de castigo”. En ese momento el doctor Estrella exigió la presencia del médico adscrito de Anestesiología, que minutos después entró a la sala. “¡No te puedo dejar un momento solo, porque me armas un desmadre!”, le expresó de mala manera a su residente. En ese instante el maestro solo dijo: “Aquí nos quedamos, sin hacer nada, hasta que el doctor se vaya a su casa a descansar; tiene 72 horas ininterrumpidas en el hospital. ¿Qué demonios les pasa, de qué se trata esto?”.
El adscrito de Anestesiología retiró al residente, terminando no de muy buena manera de dar la anestesia. Al final le reclamó a su colega: “el meterse donde no debía, ya que con actitudes paternalistas no se forman a los médicos, además de evidenciarlo y contrarrestar su autoridad”.
Él fue muy escueto amagando con reportarlo por no estar presente durante la inducción y buena parte de la anestesia. Al final del día, recuerdo al doctor Estrella decir: “No lo olviden, respeten en sus compañeros dos cosas: el sueño y la comida”.
Este relato pertenece a uno de mis libros: Los Diez Consejos que nadie me pidió… pero me vale madres: vengo a darlos (Felou 2020), y retrata una de las prácticas ancestrales más comunes en los hospitales cuando se habla de sanciones: “la guardia de castigo”.
Hace unos días, el Financiero publicó una nota de Lourdes Mendoza titulada: “Residentes médicos en peligro. La violencia estructural mata”. Como bien dice en el artículo, “son historias que en conjunto, evidencian un patrón de violencia institucional sistemática que amenaza la salud de los pacientes y el futuro del sistema de salud en México. Porque sin residentes, no hay hospitales”.
Son descripciones de hostigamiento de médicos residentes a médicos residentes por lo general, que desafortunadamente son una práctica muy añeja en los hospitales mexicanos.
A pesar de que existe un reglamento establecido en los principales centros de formación de médicos y, al menos en el caso de Ortopedia, que me consta, está normado por el Consejo Mexicano de Ortopedia, hay una serie de costumbres que tienen de ancestrales lo mismo de censurables y reprochables. Lo grave es que han escalado en el grado de esta violencia.
Posiblemente la más connotada sea, como hemos señalado la llamada “guardia de castigo”; esta sanción que va desde quedarse unas cuantas horas más del horario de salida, hasta un fin de semana completo y, que suele imponer el residente de mayor jerarquía a uno de menor o a un interno, con la complacencia por lo general del mismo jefe de la guardia, y a veces hasta con el conocimiento de los médicos adscritos; las causas van desde olvidar la solicitud de una cirugía, pasando por no cruzar un paquete de sangre o no llevar correctamente las notas del expediente. Pero muchas veces con situaciones que lejos del contexto establece una suerte de desquite de un residente de mayor grado a otro menor, con el antecedente de que el castigador en su momento fue castigado.
Cuando fui residente recuerdo a mi querido doctor Jorge Parra Rivero, jefe del servicio, que era un detractor de las guardias de castigo, decir: “¡Guardias de castigo, no!, es una esposa que privan del marido…, unos niños de un padre”.
Y aunque suene dramático: así era y, el maestro me enseñó a aplicar el reglamento, lo cual al menos, cuando fui profesor de Ortopedia quedó plenamente estipulado: “las guardias de castigo están proscritas”.
Casi al mismo tiempo se dio en otro servicio del hospital, donde esta práctica era avalada por el mismo jefe de la división, que un residente demandó legalmente a su superior por privación ilegal de la libertad, lo cual frenó, pero no impidió un maltrato al médico que lo orilló a pedir un cambio de sede.
Al igual, podríamos decir de los castigos que incluye llevar comida a los adscritos y no quiero tocar otros más escabrosos que incluyen acoso sexual. Pero es un hecho que en algunas sedes la división de grados entre residentes suele verse como un sistema bárbaro de jerarquías, en donde si desde el inicio hay antipatías, las prácticas se salen de control.
Pero difiero de Lourdes Mendoza en que esto es un tema achacable a la 4T. El problema ya existía, lo que es cierto es que ahora es mucho más mediático y sin herir susceptibilidades, ya hay estudios del impacto en la formación médica en la hoy llamada “generación de cristal”.
Lamentablemente hay casos que derivan tristemente en depresión y suicidio. Lo que es indudable es que el problema es más frecuente, se está saliendo de control y aquí sí hay un punto de inflexión, achacable al obradorismo: la decisión de duplicar el número de plazas de residentes sin la mejora y el crecimiento de la infraestructura hospitalaria que está ocasionando, ante la falta de oportunidades para el desarrollo de las destrezas, un ambiente poco favorable, donde al sistema hospitalario rebasado se le agrega el daño a la convivencia del personal en formación; ambiente laboral y educativo que distan de ser las óptimas, con baja remuneración, pobres perspectivas laborales a futuro. Es de sabios rectificar.
Lejos de filias y fobias políticas hay que mejorar las condiciones laborales, debe de restringirse el número de plazas hasta no tener la capacidad para formar médicos especialistas, pero además hay que ser estrictos con los reglamentos que sancionan estos malos hábitos con el médico en formación. Hay que cortar de tajo el eslabón que perpetúa este círculo vicioso.
El médico mexicano no se está deshumanizando, es este sistema de salud el deshumanizado.— Mérida, Yucatán
Médico y escritor
