La evidente situación de violencia que nuestras comunidades están viviendo son dramáticas, son cada vez más perturbadoras de todo tipo de ambiente.

Antes se pensaba que la lucha de poder era exclusiva entre miembros que pertenecían a las mafias o los cárteles, pero ahora constatamos que se han roto los límites y que las agresiones y matanzas afectan a políticos, ciudadanos e incluso a ministros religiosos.

Hay tantas experiencias registradas que, algunas de ellas, parecen describir historias de terror sacadas del cine o alguna serie de plataforma digital; que la guerra desatada por el poderío de estas organizaciones no tendrá fin pronto y que el gobierno tampoco posee las estrategias para dictar término o al menos aplacar el cruce de fuego que ha matado a miles de ciudadanos ajenos a los intereses delictivos.

Es por lo que la Iglesia Católica, inmersa en las realidades temporales y consciente de los aconteceres que los laicos y bautizados viven en tantas parroquias, no puede permanecer indiferente o callada para opinar y buscar soluciones que mitiguen o hagan desaparecer estos conflictos bélicos.

Recordando la máxima de Jesucristo que dice: “Bienaventurados los que buscan la paz”, y urgidos por la oscura situación de brutalidad que no parece respetar la dignidad de toda persona en nuestra nación; la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), convocó al Taller de Construcción de la Paz que “busca brindar herramientas para generar una cultura del encuentro con la diversidad de actores presentes en la comunidad, en sintonía con la doctrina social de la iglesia”.

A fin de no permanecer pasivos e indiferentes al sufrimiento de tantos hermanos que son invisibles para las estructuras gubernamentales; sin embargo, hay quienes expresan su descontento y desaprobación a las acciones eclesiales, quienes dicen: “la jerarquía no tiene por qué entrometerse en la dinámica social”.

E incluso encontramos declaraciones distorsionadas al afirmar que: “los ministros de culto están siendo adoctrinados para entablar negociaciones con las organizaciones criminales”; lo que es una mentira peligrosa, porque en realidad lo que se ansía es generar la reflexión y conversión de aquellos que ahora tienen en sus manos las armas y el poder que oprime.

Nadie, por más corrupto que sea su actuar, queda exento de ser promovido a la transformación interior; en la esencia de la doctrina católica está creer firmemente en la enmienda, aunque el mal incrustado en la persona dificulte y entorpezca las relaciones entre presbíteros y gente del crimen organizado.

De aquí que el taller apremie “cómo construir la paz desde abajo, con enfoques incluyentes y sensibles al contexto, y sin sustituir las responsabilidades que competen al Estado”. Nuestra nación reclama el protagonismo de líderes y asociaciones que vociferen la urgente llamada a no dejarse amedrentar por el miedo, a la denuncia de actos delictivos o corrupción de personas e instituciones; “somos conscientes de que, en muchas regiones del país, diversos actores armados se encuentran presentes en los territorios.

Esta realidad compleja y dolorosa nos exige contar con herramientas mínimas que permitan proteger la vida y seguridad de las comunidades”, manifestó la CEM.

Por lo tanto, tendamos puentes de acciones promotoras de toda dignidad humana, a fin de continuar insistiendo en el cese de la violencia y matanza desmedida en contra de ciudadanos inocentes.

Que Iglesia y Estado reiteren su compromiso con las víctimas y la justicia, a través de medios “pacíficos, participativos y respetuosos de la legalidad” para pronto implantar un verdadero espíritu fraterno en el Diálogo Nacional por la Paz.— Mérida, Yucatán

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Sacerdote católico

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