“Año de tunas, año de fortunas”. Este año los nopales del Potrero se coronan con tunas abundantes.

Las hay blancas, rojas y amarillas, cada una miel, azúcar cada una. Son como mujeres esquivas: espinosas por fuera, por dentro dulcísimas y tiernas.

Entro por la mañana a la cocina de la antigua casa y escucho en el fogón el borboteo de la olla donde ya hierve el agua para el café serrano o para el té de menta o yerbanís.

Rebuzna lejos el burro de las 7 y se escucha el cloquear de las gallinas. El pájaro que picotea los barrotes de madera del ventanal es carpintero y percusionista al mismo tiempo.

Sobre la vasta mesa que acomoda a 14 comensales hay dos grandes platones con tunas cortadas al amanecer.

La gula, sabrosa tentación —la segunda más sabrosa— me lleva a ellas.

Acerco el platón y tomo una tuna de las amarillas.

No me distraigan, por favor. Me estoy comiendo el paraíso.— Saltillo, Coahuila.

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