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En San Cristóbal de las Casas, Chiapas, mi ciudad, la flora, la fauna, las montañas, los árboles, los ríos, las poblaciones originales, han sido relegados por la expansión urbana, el fenómeno que en muchas ciudades se ha descontrolado.

Ante mis recuerdos, el patrimonio natural y cultural de San Cris se ha visto alterarse o perderse, con las consecuencias y riesgos que puede traer el impacto de urbanizar las laderas montañosas, contaminar ríos, destruir edificaciones patrimoniales, segregar o explotar personas indígenas, entre otras cosas que desarmonizan un ecosistema aún vivo.

Al observar a mi ciudad desde la perspectiva de mis materias, pienso que una reflexión colectiva puede traer armonía: ciudadanos, autoridades, profesionales o profesionistas, empresariado, podemos dar mucho para el bien común.

Como diseñadores, tenemos la responsabilidad de transformar estas situaciones en una oportunidad para el análisis y el debate en conjunto, apoyándonos en los conocimientos adquiridos a lo largo de nuestra formación académica y profesional. Es fundamental brindar asesoría y desarrollar proyectos colaborativos con la comunidad, identificando tanto las potencialidades como los desafíos de la ciudad.

El reto va más allá de lo económico, se trata de apropiarse de la ciudad, de San Cristóbal, y devolverle su significado como un lugar con identidad y arraigo. Hoy en día, pareciera que las nuevas generaciones lo perciben como un “no lugar”, optando por migrar a otras ciudades sin considerar el impacto de su ausencia en el futuro de su propio territorio.

Lo verdaderamente ocupante es contar propuestas con bases sólidas de investigación y análisis contextual, que integren paisaje natural, necesidades de usuarios y bien común. Estas propuestas deben centrarse en las fortalezas del territorio, el patrimonio y la comunidad, no sobre las ideas particulares o individuales, sino sobre las colectivas o de amplio beneficio.

Coincido con mis docentes que la arquitectura y el urbanismo son ámbitos de desarrollo profesional con amplio servicio colectivo; la visión individualista de la profesión, cualquiera que ésta sea, pero especialmente la arquitectura, ha de servir para mejorar el entorno que se vive todos los días y que debemos sostener para las generaciones futuras.

Deseo pensar en un hilo conductor, común, previsible, existente en San Cristóbal, uno que conecte barrios, comunidades e infraestructura. Un elemento que no solo une a la ciudad o las ciudades, físicamente y a sus habitantes, uno que es esencial para toda forma de vida en el planeta, que fluye, que permite vida: el agua.

En el caso de San Cristóbal, el territorio está unido al agua, a sus ríos; son esa conexión de vida que la vemos materializada en sus ríos, como un sistema natural que ha dado forma a la ciudad y a su historia, pero que hoy en día enfrenta abandono y deterioro.

Es momento de transformar los ríos en espacios caminables, disfrutables y apropiables, aplicando estrategias de diseño que prioricen la recuperación de sus condiciones físicas naturales paisajísticas y como infraestructura colectiva. Esto implica un análisis riguroso y la selección adecuada de flora para re naturalizar los entornos, favoreciendo el retorno de la fauna endémica.

Esta intervención no debe partir de una visión antropocentrista, por el contrario, en lugar de someter los ríos a las necesidades humanas, debemos restaurar ecosistemas que funcionen de manera autónoma, donde la presencia y el disfrute humano sean una consecuencia natural del equilibrio ecológico, y no su propósito principal.

La recuperación de los ríos de San Cristóbal o en las ciudades que así deba ser, no debe verse como el paisajismo y la infraestructura como un proyecto aislado, sino como el punto de partida para una red de infraestructura verde que reestructure la relación entre la ciudad y su entorno natural.

Al integrar corredores ecológicos, sistemas de filtración natural y espacios de interacción armoniosa con el paisaje, no solo revitalizamos los cuerpos de agua, sino que también generamos un tejido urbano más consciente, resiliente y sostenible.

Repensar el agua como eje de conexión nos obliga a trascender el urbanismo tradicional y adoptar un enfoque basado en la regeneración ambiental. No se trata solo de embellecer la ciudad, sino de devolverle su equilibrio natural, donde la infraestructura no imponga su dominio sobre el ecosistema, sino que lo potencie y lo respete. La armonía de San Cristóbal como la de muchas ciudades, será el rescate de sus entornos naturales, culturales y colectivos.— Mérida, Yucatán

Alumno del sexto semestre de la carrera de Arquitectura de la Universidad Anáhuac Mayab

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