Fernando Ojeda Llanes (*)

En este escrito me referiré a la experiencia personal cuando laboré como contralor en la década de los 60 en la Dirección General de Construcción de Ferrocarriles de la anteriormente titulada Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas (SCOP); en esta ciudad en la División Campeche-Mérida y posteriormente en Acayucan, Veracruz en la División Achotal-Medias Aguas.

Durante muchos años, el ferrocarril marcó en forma importante el pulso económico, social y cultural de la Península de Yucatán. Su historia es reflejo fiel de los desafíos técnicos, decisiones políticas y sueños colectivos que han dado forma al desarrollo regional. Hoy, cuando el tren vuelve a ocupar titulares y debates en el sureste mexicano, es imprescindible mirar hacia atrás y comprender cómo la evolución ferroviaria ha tejido el destino de Yucatán y Campeche, y cómo los rieles han sido testigos y agentes de cambio.

El origen de la historia moderna del ferrocarril en Yucatán se remonta a la fundación de los Ferrocarriles Unidos de Yucatán en 1902. Esta empresa ferroviaria operaba con vía angosta, lo que representa una de las primeras decisiones técnicas que condicionaron su futuro: si bien permitía una construcción más económica y rápida, dificultaba la integración con la red nacional. Conectaba Mérida con múltiples localidades del interior y también con Campeche, permitiendo la circulación de pasajeros y carga en beneficio de la economía local y daban identidad a la región.

Sin embargo, la falta de compatibilidad con la red ferroviaria nacional estándar creó una barrera crucial. Los trasbordos eran necesarios en puntos específicos, donde trabajadores y viajeros debían cambiar de tren y de infraestructura, generando demoras y encareciendo el transporte. Esta limitación técnica subrayó la necesidad de encontrar soluciones de integración, y marcó el rumbo de futuras modernizaciones.

En noviembre de 1950, la historia del ferrocarril en la península de Yucatán dio un giro trascendente. ese mes se inauguró oficialmente el Ferrocarril del Sureste, marcando la incorporación de Mérida (y con ella, de la península entera) a la red ferroviaria nacional. Este hecho, más allá de su simbolismo político, tuvo consecuencias prácticas y profundas: facilitó el transporte y permitió a las comunidades yucatecas participar más plenamente en la vida social y económica de México.

La llegada del tren a Mérida fue celebrada como una victoria colectiva; representó la promesa de modernidad y progreso, abrió la puerta a nuevas oportunidades para productores, comerciantes y familias enteras, el ferrocarril del sureste que utilizaba la llamada vía ancha llegaba sólo hasta Campeche, para venir a Mérida, los pasajeros tenían que trasbordar al ferrocarril de vía angosta.

Una de las transformaciones más relevantes en la evolución del ferrocarril yucateco fue la conversión de la vía entre Campeche y Mérida, que pasó de vía angosta a ancha en 1957. Esta modernización eliminó la necesidad de trasbordos y consolidó la conexión directa con el resto del país. Primera vía que para unir los tramos de riel se utilizó una nueva tecnología de soldadura evitando la unión con planchuelas y tornillos (coloquialmente: esto eliminó los tradicionales sonidos de trac, trac… que escuchábamos como pasajeros).

Todo el cambio no solo facilitó la operación de trenes de mayor capacidad y velocidad, sino que también representó una adaptación a los estándares nacionales, alineando la infraestructura peninsular con la red nacional y potenciando el desarrollo logístico y económico.

El terreno y la geografía de la península y del sureste mexicano impusieron retos formidables para la expansión ferroviaria. Uno de los mayores fue sin duda el cruce del río Coatzacoalcos, un obstáculo natural que se interponía entre las líneas del sur y el resto del país. Antes de que existiera un puente permanente, la solución fue ingeniosa: un ferry ferroviario transportaba a pasajeros de un lado —Allende— al otro del caudaloso río —Coatzacoalcos—. Esta alternativa, aunque funcional en el corto plazo, dependía de las condiciones climáticas y representaba un cuello de botella para el crecimiento comercial y logístico de la región. El ferry fue durante años símbolo de la resiliencia y creatividad de quienes impulsaban el desarrollo económico del sureste.

La necesidad de una solución definitiva para el cruce del río llevó a la construcción del Puente Coatzacoalcos inaugurado el 18 de marzo de 1962. Este puente de elevación vertical permitió el paso simultáneo de trenes y vehículos, eliminando la dependencia del ferry y transformando radicalmente la conectividad regional. El Puente Coatzacoalcos no solo es testimonio de la capacidad técnica de la ingeniería mexicana, sino también de la visión de futuro que conectó regiones, impulsó el turismo y facilitó el acceso a mercados nacionales e internacionales.

El impacto del puente fue inmediato: los tiempos de traslado se redujeron, las operaciones ferroviarias ganaron seguridad y eficiencia, y la comunicación entre Yucatán y el resto del país dejó de estar sujeta a los vaivenes del clima y del río.

La voluntad de superar las barreras geográficas llevó a la construcción de la desviación de Achotal a Medias Aguas, en Veracruz. Este proyecto permitió que los trenes encontraran una ruta más directa, evitando trayectos sinuosos y reduciendo tiempos de traslado. La desviación representó un avance estratégico para la conectividad y eficiencia del sistema ferroviario.

Con la nueva infraestructura en operación, en forma independiente al Ferrocarril del Sureste, se implementó el servicio del Tren Rápido Campeche-Mérida, que ofreció un transporte ágil y moderno para pasajeros. Esta mejora en la conectividad se tradujo en beneficios tangibles: menor tiempo de traslado, mayor comodidad y un impulso renovado al intercambio económico y turístico entre las dos ciudades más importantes de la región. El Tren Rápido se convirtió en símbolo de la nueva era ferroviaria y de la apuesta por la innovación y la calidad de servicio.

Concluyendo: La evolución del sistema ferroviario en la Península de Yucatán es más que una historia de rieles y locomotoras; es la narración de cómo la voluntad colectiva, la ingeniería y la visión estratégica pueden transformar el destino de una región aislada y convertirla en parte vital del país. Desde los días de los Ferrocarriles Unidos de Yucatán y los desafíos del ferry, hasta la consolidación de la vía ancha y la implementación del tren rápido, cada etapa ha representado un paso hacia la integración, el desarrollo y la modernidad.

Hoy, el debate sobre el futuro del ferrocarril y los nuevos proyectos en la región nos invita a mirar el pasado para comprender el presente y construir el futuro. La historia del ferrocarril en Yucatán nos enseña que la conectividad, la innovación y la colaboración son claves para el progreso, y que el tren sigue siendo mucho más que un medio de transporte: es un puente entre culturas, personas y posibilidades.— Mérida, Yucatán

Doctor en investigación científica. Consultor de empresas.

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