El anuncio del Festival de Jazz Mérida 2025 fue recibido con gusto por quienes estamos convencidos de la vocación cultural de nuestra ciudad. Son necesarias nuevas políticas públicas que propongan y sostengan, a través de voluntad oficial y recursos económicos suficientes, la implementación o el rescate de propuestas artísticas. Eventos como este incentivan el turismo y activan la economía creativa, al tiempo que propician otras ventajas, como la profesionalización del sector y la regeneración de áreas urbanas, es decir, la revitalización de ciertos espacios que requieran hacerse más seguros o atractivos al público.

Valoramos el esfuerzo de la comuna meridana por dotar a nuestra ciudad de un festival de música que, por su naturaleza, cumplirá con alcanzar algunos de los objetivos anteriores y se sumará a otros esfuerzos que ha habido en el estado. Sin embargo, al poner bajo la lupa el programa propuesto por la alcaldesa Cecilia Patrón Laviada, a través de su Dirección de Identidad y Cultura, es fácil detectar deficiencias que devalúan su potencial y que podrían ser subsanadas con relativa facilidad.

En cuanto a la conformación de la cartelera, se nota que se trabaja con un presupuesto reducido y ha causado extrañeza la falta de una convocatoria abierta a los creadores locales que sea capaz de dotar a la comunidad artística de Yucatán de mecanismos democráticos para acceder a los recursos públicos destinados para este evento. Si bien es natural que los artistas nacionales e internacionales reciban invitaciones directas para su participación, basadas en una curaduría especializada, la inclusión de algunas figuras locales debería también observarse con mayor cuidado. El programa se siente prefabricado, idea de alguien externo, con menos conocimiento de la relación histórica de la ciudad con el jazz que el que se espera de quienes lo proponen.

Algunos músicos locales han manifestado su desconcierto ante la ausencia de artistas que componen música original del género en nuestro estado, y cuya propuesta incluye la fusión del jazz con elementos prehispánicos o característicos de la música yucateca. Tal es el caso de Alberto Palomo, Christian Alcocer, Gilberto “Gil Gil” y Gabriel Espinosa, cuyos nombres se echan en falta.

Aunque considero aciertos importantes proponer conversatorios y clases magistrales y la vinculación con instituciones como el Cephcis de la UNAM o la Universidad Anáhuac Mayab, otro esfuerzo que pudo haber aportado importantes beneficios es el que representaba el enlace con la Universidad de las Artes de Yucatán. Por supuesto, hablamos de un escenario utópico, en el que las administraciones de las entidades estatales y municipales no enfrentaran los retos de ser ocupadas por gobiernos emanados de diferentes partidos políticos, y cuyos representantes no se vieran en la necesidad de repartirse el crédito por las ideas y las acciones. Esto es difícil incluso cuando los mandatarios provienen del mismo partido político.

Por otro lado, el programa se limita a ubicar los conciertos en el parque de Santa Lucía y el remate del Paseo de Montejo y obvia la necesidad de descentralizar a través de la activación de otros espacios al proponer, por ejemplo, pequeños eventos o sucesos acústicos en barrios y colonias.

Como género, el jazz se ha movido a través del tiempo entre ser una expresión genuina de un pueblo oprimido y una “música para músicos”, por su complejidad técnica; sin embargo, su difusión es importante por su valor histórico, cultural y educativo: es un puente entre culturas que se sigue transformando al beneficiarse de la influencia de corrientes musicales de todo el planeta; ha sido declarado por la Unesco un lenguaje universal de libertad y creatividad, y el 30 de abril ha sido nombrado Día Internacional del Jazz.

En la actualidad, es imposible hablar de festivales de programación robusta y sustanciosa que dependan exclusivamente de recursos emanados de una sola fuente. Es indispensable establecer una vinculación entre gobierno e iniciativa privada a fin de generar la capacidad económica que se requiere para lograr mejores resultados. A pesar de esta certeza, es importante reconocer que la economía nacional comienza a manifestar síntomas de estancamiento y dificulta cada vez más este tipo de patrocinios. El arte y la cultura sufren, antes que ningún otro sector, los recortes al presupuesto tanto en lo público como en lo privado.

Aplaudo la proactividad del Ayuntamiento de Mérida y el intento por rescatar eventos y espacios que son tan necesarios como urgentes. Espero que el Festival de Jazz de Mérida permanezca y que, a través de la inclusión de diversas miradas y una evaluación objetiva de los aciertos y áreas de oportunidad, se fortalezca como política pública para ser un mejor festival en cada una de sus ediciones.— Mérida, Yucatán

*Licenciada en Periodismo y maestra en Relaciones Públicas; exfuncionaria del Ayuntamiento de Mérida y del gobierno del estado

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