Marisol Cen Caamal (*)

En las últimas semanas han circulado en redes sociales algunos videos con memes de personajes políticos generados con inteligencia artificial que imitan a la perfección a las personas reales. Las producciones se ven tan verosímiles que hacen dudar si se trata de un montaje o de la realidad. Y es que el nivel de realismo es tan alto que cualquiera podría jurar que lo que observa no es una imitación, sino un hecho real captado por una cámara en un instante preciso de la vida.

Quizás la primera reacción ante estos videos e imágenes sea de diversión acompañada de algo de asombro. Como sociedad, nos deslumbra la capacidad de la tecnología para replicar gestos, voces y entonaciones hasta el punto de engañar no solo a la vista, sino también al oído y, peor aún, a la mente. Pero detrás de ese asombro debería germinar en nosotros una preocupación mayor: la posibilidad de fraude, de manipulación, de engaño a gran escala. Deberíamos sentir miedo, porque si hoy podemos ver un video de alguien diciendo o haciendo algo que nunca ocurrió, ¿qué tan cerca estamos de que esa mentira digital sea utilizada para robar, extorsionar o manipular el patrimonio financiero de las personas?

Pienso en las estafas tradicionales que ya han afectado a millones de víctimas: los correos electrónicos que llegan disfrazados de bancos o instituciones reconocidas, los mensajes que advierten sobre una cuenta bloqueada y nos empujan a hacer clic en un enlace, las llamadas en las que una voz imita a un familiar suplicando ayuda. Todo eso, que ya parece cotidiano y contra lo cual muchos hemos levantado barreras de sospecha, palidece frente a la contundencia de un video que pone delante de nosotros a alguien conocido, confiable, con rostro, gestos y voz idénticos a los reales, pidiéndonos que transfiramos dinero, que entreguemos una clave o que invirtamos en un proyecto.

Lo que antes era un engaño rudimentario, con errores ortográficos, voces robóticas o imágenes que a leguas se veían falsas, hoy se han convertido en una representación casi perfecta. Y la perfección es peligrosa, porque baja las defensas. Nos hace creer. Nos coloca en una situación en la que la duda natural se disuelve frente a la contundencia de lo que vemos. La mente humana ha sido educada durante siglos bajo una regla sencilla: lo que vemos con nuestros propios ojos es verdad.

Pero, ¿qué pasará cuando ese principio deje de ser válido? ¿Qué ocurrirá el día en que recibamos un video de nuestro jefe pidiéndonos realizar una transferencia urgente? ¿O cuando en una videollamada, un hijo nos solicite ayuda económica desesperada? ¿Qué haremos si vemos a nuestro ejecutivo bancario dándonos instrucciones de emergencia para proteger nuestra cuenta, con su voz, su rostro y sus gestos idénticos a los de siempre?

El riesgo ya no se limita al ciudadano de a pie que cae en una estafa en redes sociales. Ahora hablamos de empresas, de gobiernos, de instituciones que podrían tomar decisiones basadas en imágenes falsas. Basta con una simulación para que una orden de pago se ejecute, para que un contrato se modifique o para que un mercado reaccione con pánico.

El poder destructivo de un deepfake en el ámbito financiero es inimaginable. Pensemos en un rumor bursátil respaldado por un video falso de un director general anunciando la quiebra de su empresa. Bastaría con unos segundos para desplomar acciones, evaporar capitales, arruinar patrimonios construidos en décadas. Pensemos en un comunicado falso de un banco central anunciando una devaluación o un cambio en las tasas de interés. El impacto sería inmediato, los mercados reaccionarían antes de que la verdad pudiera desmentirse. En el mundo de las finanzas, la confianza es la moneda más valiosa. Y si esa confianza se mina con videos falsos, la economía entera tiembla.

Frente a este escenario, las instituciones financieras no pueden quedarse atrás. Ya no basta con recomendaciones superficiales. No es suficiente con decirnos que cuidemos nuestras claves o que no demos clic en enlaces sospechosos. Se requiere una revolución en los mecanismos de autenticación. La biometría, las certificaciones digitales y la verificación criptográfica tendrán que convertirse en la nueva regla del juego. El futuro de la confianza ya no puede construirse sobre la vista, sino sobre códigos imposibles de falsificar, sobre mecanismos técnicos que validen cada interacción.

Sin embargo, incluso con todas esas herramientas, la batalla será desigual. Porque los defraudadores siempre irán un paso adelante, explotando el miedo, la urgencia, la emoción. Y aquí entra el reto de la educación financiera y digital. No podemos enfrentar este mundo nuevo con mentalidad del siglo pasado. Necesitamos aprender a sospechar de lo evidente, a desconfiar incluso de lo que parece perfecto, a verificar antes de actuar para evitar ser manipulados. La prudencia será nuestra primera defensa.

Hay que reconocer que llegó la era de la posverdad, y con ella, el colapso de la confianza. Por eso, hoy las finanzas exigen algo más que conocimientos sobre créditos e inversiones. Requieren entender que lo que vemos y escuchamos puede ser fabricado, que la tecnología que nos ha traído enormes beneficios también ha abierto canales para estafas cada vez más sofisticadas, y que cada transferencia, cada inversión, cada contrato está potencialmente bajo amenaza de manipulación. Sobre todo, debemos recordar que aquel dicho de: “hasta no ver no creer”, que durante tanto tiempo nos dio seguridad, hoy puede ser extremadamente peligroso, porque lo que vemos puede ser precisamente lo más falso.—Mérida, Yucatán

marisol.cen@kookayfinanzas.co m

@kookayfinanzas

Profesora universitaria y consultora financiera

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