Fernando Ojeda Llanes (*)
Finanzas, administración economía, matemáticas y otras ciencias científicas y sociales me ha tocado escribir en estas columnas, en esta ocasión mi enfoque es más profundo.
Ha partido un hombre excepcional. Un matemático, astrónomo y filósofo de inteligencia extraordinaria; pero, por encima de todos sus dones, un amoroso ser humano. Eddie Salazar Gamboa, no sólo buscaba las leyes del universo en sus fórmulas ni el orden de los astros, en sus cálculos: buscaba en ellos la huella viva del Creador.
Fue mi maestro, y también el de muchas generaciones de jóvenes que, bajo su guía, aprendieron no sólo a pensar con rigor, sino a mirar el mundo con asombro y humanidad. De sus aulas salieron hoy líderes empresariales, científicos, pensadores, hombres y mujeres que continúan transmitiendo su legado: la convicción de que la inteligencia alcanza su plenitud cuando se pone al servicio del bien y de la verdad. Su enseñanza fue una siembra fecunda, y su ejemplo, una estrella que sigue orientando caminos.
Tuve el privilegio —y el honor me acompaña al recordarlo— de asesorarme al poner su prodigiosa mente al servicio de un misterio divino: ayudarme a demostrar, mediante su ciencia luminosa, que las estrellas del manto en la imagen de la Virgen de Guadalupe corresponden a constelaciones reales del firmamento. Con su inagotable rigor y su pasión por la verdad, Eddie supo ver en las matemáticas una lengua que también habla de Dios. En cada cifra hallaba armonía; en cada coordenada, un signo de amor; en cada estrella, un reflejo de la mirada de María.
Hoy, esas mismas estrellas que estudió con asombro lo reciben en el cielo. Ante la presencia de la Virgen de Guadalupe, Madre de Dios, su alma contempla lo que tantas veces comprobó con su ciencia desde la Tierra: el brillo eterno de las estrellas y del cosmos, ahora revelado en toda su plenitud. Ya no necesita telescopios ni fórmulas; la certeza que buscó en la ciencia se ha transformado en visión pura. María de Guadalupe, que cubre a sus hijos con su manto estrellado, ahora en el cielo, lo arropa tiernamente y lo ha conducido ante su Hijo amado, Nuestro Señor Jesucristo.
Eddie, amigo, maestro y hermano de luz: goza en el cielo la vida eterna que tanto mereces. Tú que disfrutaste mirar el cielo desde la Tierra, ahora contemplas, sin límites ni velos, la inmensidad de Dios que siempre intuiste. Tus cálculos se han hecho eternidad, y tus estrellas, canto.
Hace cuatro días le hablé por teléfono como es costumbre platicar con él de sus últimas investigaciones, mucho me extrañó no poder contactarlo, su familia me informó que en esos momentos no podía recibir mi llamada, percibí que algo grave le sucedía, me llena de tristeza y desconsuelo no haber acudido de inmediato para verlo, como muchas veces hice trabajando en su mesa de comedor recibiendo sus enseñanzas y resolviendo fórmulas matemáticas científicamente complicadas —siempre tenía la respuesta correcta—, no supe que estaba cerca de viajar al cielo.
A su querida familia le envío mis más sentidas condolencias por su sensible fallecimiento, nos llena de tristeza en este mundo su partida, pero se convierte en alegría al saber plenamente que se encuentra en su cielo que tanto estudió desde este mundo tan convulsionado, alégrense nuestros corazones por la paz que está viviendo junto con Dios Nuestro Señor. Reciban este escrito como un pequeño honor comparado con el más enorme que se merece.— Mérida, Yucatán
Doctor en investigación científica. Consultor de empresas
