Este sábado 15 de noviembre se ha convocado a una marcha nacional para exigir la revocación de mandato de la presidenta Claudia Sheinbaum. La convocatoria ha prendido en redes sociales y en algunos sectores de la oposición, pero también ha dejado ver una enorme confusión: ¿qué se busca realmente? ¿Que la presidenta deje el cargo para que se convoquen nuevas elecciones? ¿O que lo ocupe alguno de los nombres cercanos al poder, como Monreal, Noroña o Andy López Beltrán?
Más allá del ruido político, la Constitución es clara: un presidente solo puede dejar el cargo bajo tres supuestos específicos. Primero, la muerte del titular del Ejecutivo. Segundo, una incapacidad física o moral permanente, declarada por el Congreso. Y tercero, la destitución, también decretada por el Congreso de la Unión.
En caso de renuncia, si esta ocurre antes de los dos primeros años de gobierno, el Congreso debe nombrar un presidente interino y convocar a elecciones extraordinarias en un plazo de siete a nueve meses.
Si la renuncia ocurre después de los dos años, el Congreso designa un presidente sustituto que concluye el sexenio. Mientras tanto, el secretario de Gobernación asume temporalmente la Presidencia.
El dilema es evidente: el Congreso y el Senado están controlados por Morena, con mayoría absoluta. Eso significa que cualquier presidente interino o sustituto sería designado por el propio bloque en el poder, lo que mantendría o incluso endurecería el rumbo actual del país.
¿Hay salidas reales? Solo tres: una fractura interna en Morena, una alianza opositora sólida y estratégica, o una presión social e internacional de gran magnitud que impida la imposición partidista. Fuera de esos escenarios, el cambio sería meramente cosmético.
La revocación de mandato, en teoría, es un mecanismo ciudadano para corregir el rumbo del país, pero en la práctica mexicana, sin equilibrios institucionales y con un Congreso alineado al poder ejecutivo, se convierte en una ilusión política más.
Porque si el Tren Maya con apenas dos corridas al día puede lograr que dos trenes choquen, ¿qué podríamos esperar de un sistema político que avanza a toda velocidad sin frenos de control?
En México, más que revocar mandatos, urge revocar las complicidades que mantienen al país atrapado en el mismo ciclo de poder.— Mérida, Yucatán
Maestro en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales por la Complutense de Madrid
