Hay algo profundamente triste del lugar que ocupa hoy Claudia Sheinbaum. Qué sola debe estar, qué vulnerable, qué exigua su fuerza política, para que fuera necesario recurrir a la artillería pesada: el viejo en retiro, el patriarca de Macuspana. Andrés Manuel López Obrador vuelve a escena y, al reaparecer, reduce a la Presidenta a un bonsái político colocado bajo el gran árbol tabasqueño del cual nunca logró —ni se le permitió— crecer por sí misma.
La escena tiene un aire de déjà vu priista, ese aroma rancio a dedazo corregido, a regaño público, a orden emitida desde el pináculo. Recordemos aquel episodio hace más de treinta años cuando Carlos Salinas tuvo que salir a respaldar a un Colosio atosigado. “No se hagan bolas”, espetó. Y hoy López Obrador repite lo mismo.
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