HECHOS

Navidad, tiempo precioso de contemplación y celebración del misterio que cambió la

historia; tiempo de familia y de amistad; tiempo en que anhelamos paz y armonía; tiempo

de invierno, de frío, en que todo se seca, pero como un proceso para la esperada

primavera.

Sin embargo, para muchos es tiempo de vacaciones, de fiestas, de regalos, de excesos, de

compras irrefrenables, y nada de Jesús, nada de ir a las celebraciones litúrgicas, nada de

“posadas” tradicionales, nada de conversión en la vida. ¡Una Navidad sin Cristo! ¡Una

Navidad con un espíritu totalmente contrario del Evangelio!

ILUMINACION

El Papa León XIV, en su exhortación Dilexi te, sobre el amor hacia los pobres, nos orienta

nuevamente sobre lo que implica la Encarnación del Hijo del Padre. Dice:

“DIOS OPTA POR LOS POBRES. Dios es amor misericordioso y su proyecto de amor, que se

extiende y se realiza en la historia, es ante todo su descenso y su venida entre nosotros

para liberarnos de la esclavitud, de los miedos, del pecado y del poder de la muerte. Con

una mirada misericordiosa y el corazón lleno de amor, Él se dirigió a sus criaturas,

haciéndose cargo de su condición humana y, por tanto, de su pobreza. Precisamente para

compartir los límites y las fragilidades de nuestra naturaleza humana, Él mismo se hizo

pobre, nació en carne como nosotros, lo hemos conocido en la pequeñez de un niño

colocado en un pesebre y en la extrema humillación de la cruz, allí compartió nuestra

pobreza radical, que es la muerte. Se comprende bien, entonces, por qué se puede hablar

también teológicamente de una opción preferencial de Dios por los pobres, una expresión

nacida en el contexto del continente latinoamericano y en particular en la Asamblea de

Puebla, pero que ha sido bien integrada en el magisterio de la Iglesia sucesivo. Esta

‘preferencia’ no indica nunca un exclusivismo o una discriminación hacia otros grupos, que

en Dios serían imposibles; esta desea subrayar la acción de Dios que se compadece ante la

pobreza y la debilidad de toda la humanidad y, queriendo inaugurar un Reino de justicia,

fraternidad y solidaridad, se preocupa particularmente de aquellos que son discriminados y

oprimidos, pidiéndonos también a nosotros, su Iglesia, una opción firme y radical en favor

de los más débiles (16).

Se comprenden en esta perspectiva las numerosas páginas del Antiguo Testamento en las

que Dios es presentado como amigo y liberador de los pobres, Aquel que escucha el grito

del pobre e interviene para liberarlo (cf. Sal 34,7). Dios, refugio del pobre, por medio de los

profetas —recordemos en particular a Amós e Isaías— denuncia las iniquidades en

perjuicio de los más débiles y dirige a Israel la exhortación a renovar también el culto

desde dentro, porque no se puede rezar ni ofrecer sacrificios mientras se oprime a los más

débiles y a los más pobres. Desde el comienzo, la Escritura manifiesta con mucha

intensidad el amor de Dios a través de la protección de los débiles y de los que menos

tienen, hasta el punto de poder hablar de una auténtica ‘debilidad’ de Dios para con ellos.

El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres. Todo el camino de nuestra

redención está signado por los pobres (17).

Jesús, Mesías pobre. Toda la historia veterotestamentaria de la predilección de Dios por los

pobres y el deseo divino de escuchar su grito —que he evocado brevemente— encuentra

en Jesús de Nazaret su plena realización. En su encarnación, Él «se anonadó a sí mismo,

tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose

con aspecto humano» (Flp 2,7), de esa forma nos trajo la salvación. Se trata de una

pobreza radical, fundada sobre su misión de revelar el verdadero rostro del amor divino

(cf. Jn 1,18; 1 Jn 4,9). Por tanto, con una de sus admirables síntesis, san Pablo puede

afirmar: «Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo

pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza» (2 Co 8,9) (18).

En efecto, el Evangelio muestra que esta pobreza incidió en cada aspecto de su vida. Desde

su llegada al mundo, Jesús experimentó las dificultades relativas al rechazo. El evangelista

Lucas, narrando la llegada a Belén de José y María, ya próxima a dar a luz, observa con

amargura: «No había lugar para ellos en el albergue» (Lc 2,7). Jesús nació en condiciones

humildes; recién nacido fue colocado en un pesebre y, muy pronto, para salvarlo de la

muerte, sus padres huyeron a Egipto (cf. Mt 2,13-15). Al inicio de la vida pública, fue

expulsado de Nazaret después de haber anunciado que en Él se cumple el año de gracia del

que se alegran los pobres (cf. Lc 4,14-30). No hubo un lugar acogedor ni siquiera a la hora

de su muerte, ya que lo condujeron fuera de Jerusalén para crucificarlo (cf. Mc 15,22). En

esta condición se puede resumir claramente la pobreza de Jesús. Se trata de la misma

exclusión que caracteriza la definición de los pobres: ellos son los excluidos de la sociedad.

Jesús es la revelación de este privilegio de los pobres. Él se presenta al mundo no sólo como

Mesías pobre sino como Mesías de los pobres y para los pobres (19).

Hay algunos indicios a propósito de la condición social de Jesús. En primer lugar, Él

realizaba el oficio de artesano o carpintero, téktōn (cf. Mc 6,3). Se trata de una categoría

de personas que vivían de su trabajo manual. Además, al no poseer tierras, eran

considerados inferiores respecto a los campesinos. Cuando el pequeño Jesús fue

presentado en el Templo por José y María, sus progenitores ofrecieron una pareja de

tórtolas o de pichones (cf. Lc 2,22-24), que según las prescripciones del libro del Levítico (cf.

12,8) era la ofrenda de los pobres. Un episodio evangélico significativo es el que relata

cómo Jesús, junto con sus discípulos, arrancaban espigas para comer mientras

atravesaban los campos (cf. Mc 2,23-28), y esto —espigar los sembrados— sólo le era

permitido a los pobres. Jesús mismo, luego, dice de sí: «Los zorros tienen sus cuevas y las

aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza»

(Mt 8,20; Lc 9,58). Él, en efecto, es un maestro itinerante, cuya pobreza y precariedad es

signo de su vínculo con el Padre y es lo que se le pide también a quien quiere seguirlo en el

camino del discipulado, precisamente para que la renuncia a los bienes, a las riquezas y a

las seguridades de este mundo sean signo visible de la confianza en Dios y en su

providencia (20).

Al comienzo de su ministerio público, Jesús se presenta en la sinagoga de Nazaret leyendo

el libro del profeta Isaías y aplicándose a sí mismo la palabra del profeta: «El Espíritu del

Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena

Noticia a los pobres» (Lc 4,18; cf. Is 61,1). Él, por tanto, se presenta como Aquel que viene a

manifestar en el hoy de la historia la cercanía amorosa de Dios, que es ante todo obra de

liberación para quienes son prisioneros del mal, para los débiles y los pobres. Los signos

que acompañan la predicación de Jesús son manifestación del amor y de la compasión con

la que Dios mira a los enfermos, a los pobres y a los pecadores que, en virtud de su

condición, eran marginados por la sociedad, pero también por la religión. Él abre los ojos a

los ciegos, cura a los leprosos, resucita a los muertos y anuncia la buena noticia a los

pobres; Dios se acerca, Dios los ama (cf. Lc 7,22). Esto explica por qué Él proclama:

«¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!» (Lc 6,20). En efecto,

Dios muestra predilección hacia los pobres, a ellos se dirige la palabra de esperanza y de

liberación del Señor y, por eso, aun en la condición de pobreza o debilidad, ya ninguno

debe sentirse abandonado. Y la Iglesia, si quiere ser de Cristo, debe ser la Iglesia de las

Bienaventuranzas, una Iglesia que hace espacio a los pequeños y camina pobre con los

pobres, un lugar en el que los pobres tienen un sitio privilegiado (cf. St 2,2-4) (21).

Los indigentes y enfermos, incapaces de procurarse lo necesario para vivir, se encontraban

muchas veces obligados a la mendicidad. A esto se añadía el peso de la vergüenza social,

alimentado por la convicción de que la enfermedad y la pobreza estuvieran vinculadas a

algún pecado personal. Jesús se opuso con firmeza a ese modo de pensar, afirmando que

Dios «hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos»

(Mt 5,45). Es más, dio un vuelco completo a esa concepción, como queda bien

ejemplificado en la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro: «Hijo mío, recuerda que

has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí

su consuelo, y tú, el tormento» (Lc 16,25) (22).

Entonces es claro que de nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y

excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la

sociedad. Muchas veces me pregunto por qué, aun cuando las Sagradas Escrituras son tan

precisas a propósito de los pobres, muchos continúan pensando que pueden excluir a los

pobres de sus atenciones” (23).

ACCIONES

Revisemos sinceramente lo que Dios nos dice por medio del Papa y que nuestra Navidad

sea fiel al ejemplo de Jesús.

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