El protagonista de este texto escrito con guion de la realidad es un hombre-niño singular, artista él, cuya vida azarosa estuvo en peligro por un accidente, pero que anteayer regresó a México desde su Chile natal, vivito como una rana en su charca y coleando con cola de cocodrilo.

Su niñez y adolescencia fueron accidentadas, divertidas y algunas veces con matices trágicos o eso parecieron en su momento, aunque ahora tales matices suenen jocosos.

Era aficionado a cazar lagartijas, desollarlas y pegarlas sobre cartulina para que parecieran cocodrilos, reptiles que han sido el primer trazo de muchas de sus obras, aunque esto quizá sólo lo sepan él y Triana Vidal, artista cuyo linaje se vincula a su abuela, Antonia Eiriz, la gran pintora cubana.

Una vez el inquieto niño que todavía acompaña al hoy escultor cazó una lagartija de dos cabezas y, por esta singularidad, la conservó por mucho tiempo en el congelador, hasta que la tía Meche se topó con ella en medio de un trozo de hielo, se acercó para verla mejor y… un grito de espanto precedió al desmayo de la tía y a la desaparición definitiva de la sauropsida bicéfala (su cazador se deshizo de ella).

Después estudió devotamente sastrería con los salesianos, cantó en los coros de su parroquia y, luego, fue primera voz de un grupo musical, esto para obtener dinero y pagar sus estudios de cerámica y escultura. Tenía talento para cantar, pero dejó de hacerlo porque el canto rivalizaba con su pasión vital por tallar, esculpir, vaciar y fundir… Y se convirtió en un titán de la escultura. Titán por las grandes dimensiones de sus principales obras y titán por el vigor y la fuerza que sus trabajos escultóricos transmiten.

Víctor Hugo Núñez Sepúlveda —que así se llama nuestro protagonista— ya era un artista notable cuando salió de Chile, tras de ser capturado por la dictadura de Augusto Pinochet y sufrir días difíciles en la cárcel. Halló en México su segunda patria, su madurez artística y reencontró el amor.

Una vez en este país, se asienta en una colina de Cuernavaca, desarrolla un arte potente y creativo y, como ocurre con muchos artistas, afronta épocas gordas y épocas flacas. La flacura propicia recrear una práctica usual desde el Neolítico: el trueque, que en algunas zonas mexicanas aún es moneda de cambio, a falta, precisamente, de monedas y billetes del Banco de México.

Así, el escultor ha entregado obra y ha recibido a cambio lo mismo carne para su refrigerador (y su aparato digestivo) que mantenimiento para su vehículo.

Víctor Hugo ha montado exposiciones en diversos países y entre sus obras más importantes figuran las siguientes:

Espacios Escultóricos (1969), calificada como obra icónica y pionera en Chile. Fue una intervención del área de exposiciones en la Sala Universitaria de Santiago y la ha reconstruido en exposiciones recientes, incluida una en 2024.

Tlemóyotl (chispa, centella o chisporroteo en náhuatl), obra que fusiona elementos prehispánicos y naturales, como tronco quemado, obsidiana y maíz.

Los Enamorados (serie de 2013), esculturas figurativas en acero al carbón).

Caballo con cocodrilo (2022), ejemplo de su escultura reciente en acero.

Y su gran proyecto, que es de esperarse se materialice pronto, “Homenaje a la Cordillera de los Andes”.

¿Y la luna llena?

¿Dónde, dónde está la luna llena?, pregunta, Víctor Hugo, con insistencia. Y yo no lo sé, tampoco sé si lo sabes tú o si lo sabe la rana que saltaba mientras cantaba el estribillo. No lo sé, pero intuyo que está junto a ti desde hace no muchos años. Que está junto a ti, llena de sol y de juventud. Que te entrega su luz de mil maneras y, simultáneamente, recibe tu luz y crecen su arte y su amor.

Triana, talentosa pintora y escultora, es hija del cubano Pablo Vidal Eiriz (fallecido en 2023) y de la mexicana María Espinosa Pino, pianista, pintora y hoy influencer con temas esotéricos y decenas de miles de seguidores.

“Entre Triana y yo hay una diferencia de años tan grande como el desierto de Atacama. (Un amor) Enorme de emociones como el Océano Pacífico. Turbulento como el rugir de la bestia agazapada entre las normas de las buenas costumbres”, escribió grandilocuente Víctor Hugo en “¿Dónde está la luna llena? Recuento de vida y de esculturas”, un bello libro-objeto de edición limitada que es de esperarse pronto tenga una edición destinada al gran público mexicano.

Otra bestia, también agazapada y boicoteadora del escultor, lo hizo caer hace unos meses en Chile, cuando él y sus amigos de Isla Negra se preparaban a comer y el artista subió a la planta alta por unos regalos que les había llevado desde México (reproducciones en plóter de xilografías). Cuando bajaba a toda prisa la escalera, tropezó con su bestia boicoteadora y se fue “de cabeza a una velocidad de vértigo”.

Fue inútil que intentara aferrarse de un grito que salió de sus huesos aterrorizados y en trance de quebrantarse. La bestia aquella reía cuando lo llevaban al hospital.

Periodista

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