“Carlos V, emperador de España, decía con orgullo: ‘en mis dominios nunca se pone el sol’. Cinco siglos después, el mundo vuelve a escuchar ese eco.

No hay bombas cayendo sobre ciudades ni ejércitos avanzando por fronteras visibles. (De hecho si las hay, sabemos como esta el mundo). Sin embargo, vivimos hoy una guerra real, profunda y devastadora. Una guerra que no se libra con misiles, sino con aranceles, amenazas económicas y lenguaje de dominio.

Según la Casa Blanca, Trump enfocaría su discurso en Davos en la economía estadounidense, en momentos que el alto costo de vida amenaza el éxito de los republicanos en las elecciones de mitad de mandato, pero la situación de Groenlandia será el telón de fondo. Y en Davos, el Foro Económico Mundial que presume ser el espacio del diálogo global, esa guerra ha quedado expuesta sin pudor. Donald Trump reaparece en el escenario internacional con una narrativa que no es nueva, pero sí peligrosamente conocida.

Habla de territorios estratégicos como si fueran piezas de ajedrez; presiona a países aliados con castigos comerciales; utiliza la economía como instrumento de coerción política. Su insistencia en Groenlandia —presentada como una necesidad de “seguridad”— recuerda más a la lógica imperial del siglo XVI que a un orden internacional basado en reglas y respeto mutuo.

Aquella frase atribuida a Carlos V, “en mis dominios no se pone el sol”, vuelve a resonar, esta vez envuelta en cifras, tratados y amenazas arancelarias. Lo preocupante no es solo el personaje, sino el modelo que encarna.

La guerra comercial ha dejado de ser una disputa técnica entre economistas para convertirse en una forma moderna de guerra global. Una guerra entre hombres de poder contra otros hombres de poder, donde los verdaderos perdedores —como siempre— no se sientan en Davos ni firman acuerdos.

Trump no tiene ni siente el menor interés por los más vulnerables. Solo quiere disciplinar, someter y forzar alineamientos políticos. La amenaza de castigos económicos a Europa por oponerse a sus pretensiones territoriales rompe con décadas de cooperación transatlántica y deja claro un mensaje inquietante: el comercio ya no es intercambio, es dominación.

Esta es la tercera guerra mundial, aunque muchos se resistan a nombrarla así. No necesita frentes militares porque opera dentro del propio sistema que sostiene la vida cotidiana: el precio de los alimentos, el empleo, la estabilidad de las monedas, el acceso a bienes básicos.

Cuando una potencia decide cerrar mercados, imponer aranceles o condicionar economías enteras, está ejerciendo una violencia estructural tan real como silenciosa.

Jamie Dimon, CEO y presidente del banco de inversión JPMorgan Chase, fijó una postura moderada ante varias de las principales banderas económicas y políticas de Trump. Advirtió sobre los riesgos de aplicar “recetas simplistas en el comercio, la inmigración, el crédito y la tecnología. Reclamó políticas detalladas y operables en lugar de consignas ideológicas.“ Es importante no caer por defecto en el proteccionismo porque tiende a elevar costos sin mejorar la competitividad.

La historia nos ha enseñado que toda lógica colonial se disfraza primero de necesidad, luego de derecho y finalmente de destino manifiesto. Hoy ese disfraz se llama “seguridad nacional”, “intereses estratégicos” o “equilibrio comercial”.

Pero el fondo es el mismo: la creencia de que el mundo sigue siendo propiedad de unos pocos. La historia nos ha hablado de esto por siglos. Y lo seguirá haciendo. Naturaleza humana. Davos, que debería ser un espacio de reflexión sobre un futuro más justo, se convierte así en el escaparate de una vieja enfermedad: la del poder sin límites y sin memoria.

Y mientras los discursos se suceden entre aplausos selectos, millones de personas en el mundo pagarán el precio de decisiones tomadas lejos de sus realidades. La guerra comercial no es una metáfora exagerada.

Es una guerra sin bombas, pero con hambre; ya no es militar, es económica, y sigue siendo una guerra de hombres contra hombres. sin soldados, pero con desempleo; sin ruinas visibles, pero con vidas quebradas.

Nombrarla es el primer acto de honestidad. Callarla, el primer acto de complicidad. No es retórica, sino un fenómeno de poder real con consecuencias profundas. Estamos normalizando esta violencia. Y a muy pocos importa la autentica necesidad de alternativas que no sacrifiquen a los más vulnerables.

Este cierre que dejo para el final, es obligado: son los trabajadores, ellos, los pequeños productores, las economías frágiles, los países que no tienen margen para resistir sanciones ni represalias los verdaderos sufrientes y castigados.

Trump utiliza los aranceles como arma. Amenaza con ponerlos, da marcha atrás, vuelve a amenazar… es una constante… un juego cruel y maligno. Y al final volvió a dar marcha atrás en cuanto a los aranceles.

Abogada y escritora

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