Ante la avalancha de acontecimientos incomprensibles que han inundado el internet y los medios tradicionales de comunicación se hace necesario resistir las narrativas oficiales desde el análisis y la búsqueda de la verdad. Movida por la rabia y convencida de que debemos contribuir, desde la empatía y la conciencia, escribo estas líneas.

Esta diatriba nace del estupor ante las noticias globales de los días recientes e intenta analizar el impacto que tiene en nosotros lo que sucede en otros lados del mundo. Me refiero en específico a la situación que se vive en los Estados Unidos, donde las fuerzas federales y el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, por sus siglas en inglés), como consecuencia de las políticas migratorias arbitrarias y abyectas del presidente Trump, acosan, amenazan, encarcelan, deportan, separan familias y asesinan bajo cualquier excusa a quienes resisten. Las vidas de los activistas Renee Good y Alex Pretty fueron arrebatadas ante los ojos del mundo, como consta en sendos videos capturados en el momento de sus ejecuciones, sin lugar a interpretación, por resistir de manera pacífica las redadas mientras se desempeñaban como observadores de los arbitrios cometidos en los operativos. ¿Cómo nos toca esto a los mexicanos de manera personal?

Más allá de las complejidades de la política exterior, la defensa de la soberanía y de la postura que pensemos que debe adoptar el gobierno mexicano ante el gobierno de Donald Trump, surge la necesidad de aterrizar nuestras reacciones para contrastarlas con lo que muchas veces sucede en nuestro propio territorio, muy cerca de nosotros.

En nuestro país, las manifestaciones por la defensa de los Derechos Humanos y el territorio han resultado, en numerosas ocasiones, en enfrentamientos con las autoridades que muchas veces terminan fungiendo como representantes de diversos intereses y privilegiando un malentendido desarrollo económico o social que atropella derechos y pone en riesgo el patrimonio de las comunidades que resisten en absoluta desventaja ante el despliegue de poder y las profundas lagunas legislativas.

Me interesa cuestionar el posicionamiento que asumimos como espectadores ante estas situaciones. Desde el privilegio, no dudamos en revictimizar a quienes defienden lo que es suyo y en satanizar las acciones de resistencia que tachamos de subversivas. Los llamamos agitadores, violentos, temerarios, sin detenernos a cuestionar o a investigar la legitimidad de las causas que defienden. Los llamamos estúpidos o imprudentes porque sabemos que tienen todas las de perder aunque tengan la razón.

Trump llamó a los observadores asesinados “terroristas domésticos”. Algunos de sus seguidores aplauden sus acciones a pesar de la evidencia. Si trasladamos esta situación a nuestro entorno inmediato, ¿cuántas veces, por comodidad, sucumbimos también a las narrativas oficiales y defendemos ciegamente decisiones e intervenciones, vejaciones incluso, si estas vienen de un gobierno que se alinea —en teoría— con nuestra ideología? ¿Cuántas veces somos cobardes y guardamos silencio ante el temor de una represalia o de perder privilegios económicos o políticos? ¿Cuántas veces somos mezquinos y juzgamos a quienes resisten? Peor aún, ¿cuántas veces somos ambiciosos y presionamos a las autoridades para mantener medidas que nos benefician de manera directa porque así conviene, aunque sea a unos pocos?

Pensadores y analistas coinciden en que la única forma de contener el deterioro del tejido social, la debacle económico-ambiental y la crisis de servicios públicos a la que mansamente nos hemos ido habituando, es la organización social: la resistencia, la libertad de expresión, el arte, la recuperación de la ternura, los actos colectivos y, desde luego, nuestro derecho a manifestarnos. Tristemente, esto no significa nada si la mayoría no cobra consciencia de que para resistir necesitamos soltar privilegios y asumir riesgos, en una apuesta rotunda por el bien común.

Vamos perdiendo como ciudadanos porque quienes se encuentran al frente de nuestros gobiernos fincan sus acciones priorizando la ambición. “Primero los pobres” es un lema hueco de un gobierno erguido en una estructura clientelar que se aprovecha de la necesidad del pueblo para afianzar un poder corrupto, que hace oídos sordos de las demandas que interpreta como amenazas y conspiraciones de los adversarios, deslegitimando las voces de quienes defienden alguna de las tantas causas que laceran la maltrecha salud del espíritu mexicano. Vamos perdiendo como sociedad porque a los políticos bienintencionados se los traga un pantano mientras hacen malabares entre intereses partidistas y capitalistas, ajenos a la empatía y solidaridad.

Vamos perdiendo como humanidad porque somos espectadores pasivos, temerosos y amedrentados; miramos desde nuestras pantallas los horrores de la guerra, el rostro amenazante del fascismo y simplemente desplazamos con el dedo. Estamos siendo derrotados porque los poderosos han dominado el juego del terror, y cuando alguien se planta frente al poder para defender la libertad, la integridad, la justicia, o denunciar corrupción o atropellos, lo miramos con desprecio y murmuramos para nuestros adentros: ¿Cómo se fué a meter ahí?— Mérida, Yucatán

Licenciada en Periodismo y maestra en Relaciones Públicas; exfuncionaria del Ayuntamiento de Mérida y del gobierno del Estado

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