Federico Reyes Heroles (*)
Para Paco Calderón, quién tiene el fino humor de reírse, a pesar de las violaciones a su privacidad.
Motivo de orgullo nacional. Que, si fue la avanzada de la de Weimar, en cuanto a los derechos sociales resultado de un amplio movimiento social. El Teatro de la República, el Diario de Debates, las firmas en el original. Pero están las de 1914, 1824 y 1857. Muchas naciones ya llevaban un tramo: San Marino, un estado tambaleante, la obtuvo en 1600; la de Estados Unidos, con un gran aporte doctrinal, de 1789; en 1791 la de Polonia y Francia, otro gran venero doctrinal.
La antigüedad de las constituciones es una línea confusa. La de Reino Unido, derecho anglosajón es de 1215; Países Bajos y Noruega, 1814; Chile, 1828; Bélgica en 1831; Nueva Zelanda, 1852; Argentina, 1853; Canadá 1867; Luxemburgo un año después, 1868; Tonga, 1875; Australia, 1901. Pero ¿es la longevidad por sí misma un mérito? En la Carta Magna, piedra de toque del Reino Unido, sólo dos artículos se encuentran intocados y vigentes (ver Comparative Constitutions Projects, Statista). Ningún texto constitucional permanece estático. La vigencia de las constituciones en buena medida proviene de la adaptación al cambio en las doctrinas y la cultura. Pensemos en el racismo legal en EE.UU. La clasificación más común es entre rígidas y flexibles, de acuerdo con los requisitos para su modificación. La de Estados Unidos sólo ha tenido 27 enmiendas -amendments- que requieren mayoría calificada en el legislativo y tres cuartas partes de los estados, 38 de 50. Pero la discusión debería tener como fin último garantizar el carácter democrático y las libertades en los países. Los regímenes autoritarios y las dictaduras han desplazado a muchas de las constituciones de abolengo: Chile, Argentina, por ejemplo. Las constituciones son, al fin y al cabo, sólo un referente escrito. Pero hay más.
Cuando Alexis de Tocqueville, ese enorme pensador francés, regresa de su periplo por los Estados Unidos, muestra una enorme admiración por varias diferencias o características de la naciente democracia de la nueva nación. Le asombra que los ciudadanos den sus batallas unidos, las que sean, en defensa de su barrio o de una ley. Otra se centra en la educación como el verdadero sustento de la legalidad. De ahí se derivaron muchos estudios que, gracias a la estadística, pudieron dar pistas de cómo inculcar ciertos valores pilares de un régimen democratico. Lawrence Kohlberg entre otros, pusieron la lupa en el respeto interpersonal como cimiento de la democracia.
En México la cultura política -democrática- había venido teniendo avances muy significativos. Los estudios de Enrique Alduncin para Banamex y, posteriormente, los de Ife/Ine con el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, sumados a instancias internacionales como The Freedom House y al Latinobarómetro, mostraron que los mexicanos apoyaban crecientemente el respeto a la ley, por los buenos motivos: considerarla el mejor acuerdo de convivencia y no por miedo a una sanción. No galopábamos, pero íbamos por el rumbo correcto.
Sin embargo, en la última década se dio una grave reversión. Pareciera que el ejemplo de la clase política cundió en una sociedad frágil en sus convicciones democráticas.
Los titulares del ejecutivo han tenido una enorme responsabilidad en ello: “No me salgan con que la ley es la ley…”. O simplemente la cascada de mentiras, desde el número de muertos “en exceso” por Covid, hasta el accidente del Tren Interoceánico o los infinitos fantasmas empresariales alrededor del exlíder morenista en el senado, o la premiación con un puesto en la SEP de un individuo inaceptable en el servicio público o la ostentación de riquezas o, o…
2026, cinco de febrero, con gobernantes cínicos que no leyeron el artículo 49: “El Supremo Poder de la Federación se divide para su ejercicio en Legislativo, Ejecutivo y Judicial…”. ¿Republicanos, demócratas?
Amputaron la República.
Investigador y analista
