La vida es corta: cómprate una moto, Anónimo

Agosto de 1989. Era una tarde en la ciudad, había llovido. Un joven circulaba en su motocicleta a mayor velocidad de la permitida en el Paseo de Montejo, de sur a norte, al acercarse al Monumento a la Patria perdió el control subió con todo y su vehículo por las escalinatas para impactarse contra parte de la barandilla.

Fue llevado a la T-1 del IMSS, en aquel entonces rotaba por el servicio de Neurocirugía, entré para asistir al cirujano.

Una craneotomía para drenar un impresionante hematoma. Recuerdo que junto con los coágulos se retiró también tejido cerebral dañado de la región frontal y parietal derecha, el cual fue colocado en una gasa; alguien dijo: “Ahí se va una buena parte de sus conocimientos y recuerdos”.

Estuvo casi una semana en Terapia Intensiva debatiéndose entre la vida y la muerte. Hijo único de una enfermera. Después en piso estuvimos pendientes de su recuperación. Su novia todos los días junto a la cama hasta que el adscrito le habló rudo, pero con la verdad: “Tu novio, el que conociste, ya no está…, no va a regresar, no te va a reconocer y va a quedar paralizado del lado izquierdo. No hay futuro con él, muchacha…, sigue tu camino”. Aun tengo grabada la escena del día que vimos por última vez a la chica.

Como era de esperarse el amor que nadie supera: el de una madre, ahí estuvo firme la compañera, hasta su egreso.

Repartidor

Conocí a Julián en el servicio de ortopedia, cuando aún estábamos en el Hospital Juárez. Dicharachero, risueño y simpático; era un toro con rostro infantil. Apenas era su tercer día como repartidor de pizzas. La entrega tenía que ser antes de la media hora, aun le quedaban diez minutos y estaba cerca, pero no se fijó de la vía del tren, la moto derrapó y prácticamente cayó de clavado, el cuello se le estiró brutalmente.

Sobrevivió, pero el resultado fue una parálisis grave por lesión del plexo braquial. Jamás recuperaría la movilidad en toda la extremidad superior izquierda. Por increíble que pareciera no dejaba de atormentarse por no haber dejado su pedido a tiempo.

Don José era un padre de familia muy chambeador. Amanecía cuando se dirigía a su trabajo en su motocicleta, a velocidad moderada; cruzaba la avenida con preferencia cuando en sentido perpendicular, un muchacho alcoholizado en su automóvil lo impactó.

El resultado: una fractura expuesta en la tibia derecha, la cual requirió de una docena de intervenciones quirúrgicas. Salvó la extremidad, pero le quedó más corta, sufrió una fuerte depresión, perdió su trabajo y hasta a su familia.

Los tres casos anteriores tienen un denominador común: son pacientes que se accidentaron conduciendo una motocicleta.

El primero se dio mucho antes de que el casco fuera obligatorio. Es evidente que el resultado hubiera sido otro, si hubiera conducido a velocidad moderada, con precaución, pero, sobre todo, portando el artilugio de protección.

Julián sí contaba con casco, de los reglamentarios y bien puesto. ¿Qué pasó? Una de las numerosas trampas de nuestra ciudad, las vías del tren, algunas que ya ni se usan, en lo particular, una que atravesaba oblicuamente una calle, rieles que deben de cruzarse a baja velocidad y en sentido perpendicular; pero el chico estaba más preocupado por entregar a tiempo su encargo.

La lesión en este caso fue por la brusca tracción de los nervios que salen de la columna cervical al impactarse el hombro.

El tercero es posiblemente el más representativo de lo que ocurre con las fracturas expuestas de tibia de tercer grado: Un tercio no consolidan, se infectan, o lo peor, ambas situaciones, lo que se conoce como una seudoartrosis infectada. El pronóstico cambia dramáticamente una vez que el hueso se expone. A pesar de su resistencia y lo que pareciera, el tejido óseo se defiende mal de las infecciones.

Fenómeno

Cuando en 2011 en Yucatán se hizo obligatorio el uso del casco, ocurrió un fenómeno que nos llamó la atención, comenzaron a llegar más pacientes con fracturas expuestas, muchas complejas de tibia y fémur, sobre todo por la sencilla razón que los motociclistas dejaron de morirse por traumatismos craneoencefálicos.

Cada segundo día fallece un motociclista en el estado. La casuística es impresionante: el año pasado perecieron 276, datos proporcionados por el experto en el tema: el ingeniero René Flores Ayora. Los números van en ascenso. Ha contribuido en esto: el caos vehicular, consecuencia de la gentrificación, la falta de una cultura vial (esto es muy de nosotros los yucatecos, hay que ser autocríticos), y en el caso particular de los motociclistas hay que ser enfáticos: la falta de uso del casco, mal colocados o empleando los no reglamentarios, el exceso de velocidad, el conducir con el celular texteando (sí, ¡texteando!), transitar en vialidades no permitidas (puentes del Periférico), pero, sobre todo, como señala el ingeniero Flores Ayora: la temeridad al manejar.

Entiendo que en muchas ocasiones la motocicleta sea un implemento de trabajo, pero en otras no. Es curioso, les comento a mis pacientes accidentados en motocicleta que juran que no volverán a subirse a una: “Ustedes son como los toreros: el corneado, al domingo siguiente regresa a los ruedos, ustedes apenas pueden se suben a la moto”.

Kimbilá

Recientemente vimos a pobladores de Kimbilá rebelándose por la obligatoriedad del casco en motociclistas (Algo parecido sucedió en Buctzotz hace años). De risa si no fuera por lo patético del caso.

La necedad no respeta estratos sociales, ni condición humana alguna, la que me digan.

Vimos a un tipo espetando: “Yo decido si me mato o no en mi moto, es mi problema”; no puedo evitar recordar al patán de Gerardo Fernández Noroña con su diatriba en contra del uso del cubrebocas: “Nadie tiene porque meterse con mi derecho a contagiarme”, argumento endeble por la repercusión que un contagiado de Covid representaba como fuente de transmisión de la enfermedad.

Algo parecido, no tienen idea de lo que sufre un paciente con una fractura expuesta de tibia (cuando les va bien y no algo peor), no piensan en la potencial orfandad, la repercusión económica o el daño emocional a terceros, incluso de aquel que embistió a un imprudente motociclista.

Un tema que no está a discusión: los reglamentos se cumplen, la ley se aplica y punto. Hay una línea muy delgada entre la insensatez y la estupidez. —Mérida, Yucatán

Médico y escritor

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