Casi cada mes se repite la coreografía. La presidenta Claudia Sheinbaum se sienta con empresarios, líderes de la inversión privada, cámaras y consejos. Hay fotos, aplausos y promesas. Se anuncian nuevos montos, nuevas “estrategias”, nuevas versiones —cada vez más recicladas— del Plan México.
Se vende optimismo. Se invoca el nearshoring. Se jura crecimiento. Y, sin embargo, el país no despega. Los anuncios no se convierten en inversión. La inversión no se convierte en crecimiento. El ritual se repite; el resultado, no.
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