Vivimos en la era del ruido. Opinamos antes de comprender, reaccionamos antes de escuchar, hablamos para imponernos y no para servir. El mundo se ha llenado de voces, pero se ha empobrecido de oídos.

En este contexto saturado de opiniones rápidas y compromisos débiles, la figura de Oscar Arnulfo Romero no resulta decorativa ni tranquilizadora, resulta profundamente incómoda.

Romero nació en 1917 en Ciudad Barrios, un pequeño pueblo rural de El Salvador. Fue sacerdote y, entre 1977 y 1980, arzobispo de San Salvador. No fue un líder carismático ni un estratega político. Era un hombre tímido, meticuloso y reservado. Nadie habría apostado a que se convertiría en una figura histórica. Sin embargo, terminó siendo la conciencia moral de un país.

Décadas después de su muerte, en 2018, fue canonizado. Y que hoy sea reconocido como santo no lo encierra en un altar; por el contrario, subraya que su forma de escuchar, denunciar y asumir consecuencias fue, y sigue siendo, una referencia ética para toda la sociedad, porque no se apartó cuando la verdad tuvo costo.

Le tocó vivir en el El Salvador de los años setenta, un país atravesado por una desigualdad brutal, gobernado por élites económicas sostenidas por la represión militar. Campesinos asesinados, comunidades silenciadas, desapariciones forzadas. La violencia era sistemática. El silencio, para muchos, era conveniente.

Romero no llegó a ese escenario como un revolucionario. Llegó como pastor. Y su transformación no fue ideológica, sino ética. Escuchó a madres que buscaban a sus hijos, a campesinos desplazados, a comunidades que nadie quería oír. Escuchó relatos incómodos y, lo más decisivo, les creyó. Dejó que esa escucha lo cambiara.

Antes de hablar, Romero escuchaba. Contrastaba, rezaba, discernía. Solo después hablaba. Por eso su palabra pesaba. No gritaba ni incendiaba. Decía la verdad con calma. Y esa calma resultó intolerable para el poder. “La voz de la Iglesia no puede ser neutral ante la injusticia”, afirmaba, sabiendo exactamente lo que eso implicaba.

Su catedral se volvió un altavoz del pueblo. Sus homilías, transmitidas por radio, fueron actas del sufrimiento colectivo, “La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres”, insistía.

Escuchar, para Romero, no fue un gesto pasivo ni neutral. Fue una decisión moral. A partir de esa escucha denunció asesinatos con nombres y fechas, defendió públicamente a las víctimas, pidió a los soldados que desobedecieran órdenes injustas y aceptó quedarse sin protección. Sabía que escuchar de verdad tiene consecuencias. Y las asumió.

Por eso fue peligroso. No tenía armas ni ejército, pero deslegitimó la violencia desde la autoridad de la coherencia.

Fue asesinado el 24 de marzo de 1980, mientras celebraba misa. Murió sin odio, sin escoltas, sin renunciar a la palabra que había nacido de lo escuchado.

Hoy, Romero sigue siendo incómodo, porque obliga a escuchar antes de opinar, porque denuncia la neutralidad cómoda, porque recuerda que la ética no se negocia cuando hay víctimas, porque desenmascara una época que confunde tolerancia con indiferencia y consenso con silencio.

Romero no es un modelo para admirar desde lejos, es algo más exigente: un método replicable, cotidiano.

Se concreta en la política, cuando se escucha a quienes aún no votan, no influyen, no financian campañas. Cuando se caminan territorios sin micrófonos ni fotos. Cuando se decide gobernar con oído antes que con cálculo, aun sabiendo que escuchar puede restar aplausos, pero salvar vidas.

Se concreta en el trabajo y en las profesiones, cuando se escucha al trabajador antes que al balance, al paciente antes que al protocolo, al alumno antes que al programa. Cuando se decide no convertir a las personas en números, expedientes o diagnósticos. Cuando no se calla, aunque el sistema presione.

Se concreta en la vida ciudadana, cuando se escucha al que piensa distinto sin ridiculizarlo, cuando se decide no compartir lo que humilla o deshumaniza, cuando se rompe la comodidad del “no es mi problema” y se elige involucrarse.

Se concreta en lo cotidiano, en las casas y en los vínculos más cercanos: escuchar sin interrumpir, tomar en serio el dolor ajeno, aunque incomode, no minimizar lo que el otro vive ni apurarlo para seguir con lo propio. Ahí, la escucha se vuelve tiempo y presencia real.

Y se concreta, de manera decisiva, en los jóvenes, cuando eligen informarse antes de opinar, comprometerse antes de señalar, actuar antes de retirarse. Cuando descubren que escuchar no es pasividad, sino una forma de valentía, y que involucrarse tiene un precio, aunque la indiferencia cueste más. Ahí, la escucha abre futuro.

Romero no pide admiración, pide algo más difícil: imitación posible.

Porque escuchar de verdad siempre cambia algo, y a veces, cambia la historia.— Cancún, Quintana Roo

Empresario y analista cívico

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán