En los últimos días, Israel ha vuelto a atacar posiciones vinculadas a Hezbolá en el sur de Líbano. No es la primera vez, y difícilmente será la última. La escena se repite: bombardeos, tensiones, advertencias internacionales. Y, casi siempre, la misma lectura rápida: dos lados enfrentados en una nueva escalada. Pero esa forma de entender lo que ocurre es limitada.

Lo que pasa en el sur de Líbano no es solo un conflicto local. Es el punto donde se cruzan varias capas a la vez: la rivalidad entre Israel e Irán, el respaldo estructural de Estados Unidos, y una realidad interna que el propio Líbano no ha logrado resolver.

Desde hace décadas, Irán ha construido una forma particular de proyectar poder en la región: no necesariamente enfrentando directamente a sus rivales, sino apoyando a actores armados que operan en distintos territorios. Hezbolá es quizá el caso más claro. Para Israel, eso significa tener en su frontera norte a un actor con capacidad militar y con respaldo externo. Sus ataques, entonces, no responden solo a lo que ocurre en Líbano, sino a una estrategia más amplia de contención.

Pero esto solo funciona porque encuentra dónde anclarse. Y ese lugar es Líbano. El país tiene un Estado, sí, pero no uno que controle completamente su territorio. Esa condición no apareció de la nada.

Es el resultado de una historia marcada por la guerra civil (1975–1990), por la intervención de múltiples actores externos y por un sistema político que reparte el poder entre comunidades religiosas, pero que nunca terminó de concentrarlo. En ese espacio se consolidó Hezbolá.

Nació en los años ochenta, en medio de la invasión israelí de 1982, y con el tiempo se convirtió en algo más que una organización armada. Hoy es también un actor político con presencia institucional: cuenta con escaños en el Parlamento libanés, ha ocupado posiciones dentro del gabinete en distintos momentos y, a través de su red social, que incluye hospitales, escuelas y servicios comunitarios, mantiene una base de apoyo social sólida, particularmente en zonas chiíes del país. Pero esa doble condición es, precisamente, el problema: forma parte del sistema, sin someterse completamente a él y sin renunciar a su propia capacidad de fuerza.

Eso deja al Estado libanés en una posición incómoda: comparte la legitimidad y el uso de la fuerza dentro de su propio territorio. En medio de la escalada reciente, el gobierno libanés ha buscado abrir una vía diplomática. Ha pedido a Estados Unidos que medie con Israel y ha reiterado su disposición a avanzar hacia el desarme de Hezbolá, una postura que durante años fue políticamente impensable. No es un movimiento menor. Es, en cierto sentido, un intento por recuperar margen de decisión en un terreno donde lo ha perdido. Sin embargo, el costo probablemente sea reconocer a un Estado que durante décadas ha desconocido: Israel.

Pero querer no es poder.

El mismo hecho de que Beirut necesite a Washington como intermediario dice mucho sobre sus límites. Y la idea de desarmar a Hezbolá, aunque políticamente significativa, choca con una realidad evidente: el grupo no es solo una milicia, además de estar vinculada a la estrategia de Irán, la cual Líbano no controla.

Por eso el sur de Líbano sigue siendo el punto donde todo converge. Ahí se cruzan historia, debilidad estatal y disputa geopolítica. Fue territorio ocupado por Israel hasta el año 2000, escenario de guerra en 2006, y hoy sigue siendo un espacio donde la presencia armada es constante. No es una excepción: es la consecuencia de una estructura que nunca se resolvió.

Lo que estamos viendo estos días no es solo una nueva ronda de violencia. Es, otra vez, la misma pregunta sin respuesta: quién decide realmente en Líbano y quien decide sobre lo que pasa en Líbano.

Y mientras esa pregunta siga abierta, mientras el Estado no recupere plenamente el control, mientras Hezbolá mantenga su doble papel y mientras la rivalidad regional siga operando sobre su territorio, el sur de Líbano seguirá siendo el lugar del eterno conflicto.

Analista de política internacional

Lo que estamos viendo no es una nueva ronda de violencia. Es la misma pregunta sin respuesta: quién decide realmente en Líbano

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