El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo lo que ha nacido del Espíritu.— (Juan 3, 8.)
Hace 25 años, cuando aún era estudiante de teología, el Diario de Yucatán, publicó un artículo mío titulado: “Herederos de un sueño hecho realidad”.
Escrito que destacaba la gran celebración del Seminario Conciliar de Yucatán por haber llegado a los 250 años de su fundación; al mismo tiempo que, enfatizaba la alegría, por tener abundantes vocaciones rumbo al sacerdocio en aquel año de 2001.
Los años avanzan rápido, su veloz transcurrir nos sorprende con innumerables cambios y transformaciones en la realidad; por eso, en esta época en que la Iglesia también vive grandes retos en su evangelización y promoción de los valores cristianos, experimenta el desafío de formar a sus ministros con la excelente convicción de ser hombres de Espíritu para el mundo que rechaza a Dios.
Es de notar que los tiempos recientes traen consigo el vaciamiento interior de muchos hombres y mujeres que libremente han optado por alejarse de lo divino, que hay urgentes necesidades de asistencia a los hermanos enfermos, abandonados y a todos aquellos que, tristemente, el mundo considera basura e invisibles, pero que para nosotros los sacerdotes, son los preferidos de Jesucristo.
Por tanto, la celebración de un aniversario más como institución es la oportunidad para reflexionar sobre los caminos a seguir en la promoción de las vocaciones al sacerdocio.
Es la ocasión de continuar creando conciencia en la sociedad, familias y amigos de la urgente necesidad de orar por el surgimiento de jóvenes que, valientemente, estén dispuestos a seguir una senda distinta sirviendo a todos aquellos que busquen a Dios.
Estamos atravesando momentos donde las personas son esclavizadas por el espejismo del éxito y las redes sociales, donde las enfermedades como la depresión y la ansiedad conducen a nuestra sociedad al vacío interior.
Y resulta apremiante no quedarnos solo expectantes ante el escenario de violencia psicológica y física que tantos hermanos padecen en lo cotidiano; porque cada vez que alguien es agredido en su ser, la Iglesia no debe quedar indiferente, no puede permanecer pasiva, ya que la esencia de la Buena Nueva que la impulsa es precisamente el cuidado y rescate de todos aquellos que buscan en Cristo la plenitud de sus vidas.
Por lo tanto, siendo conocedores de la gran escasez vocacional y la demandante labor pastoral que los fieles reclaman, pudiera darnos la impresión de que Dios está ausente en este devenir histórico o que la vida formativa del Seminario no fuera de su incumbencia; sin embargo, es la presencia de su Espíritu la que alienta, anima y gesta el seguimiento de tantos jóvenes que hoy están formándose para ser los ministros del mañana.
Es el Soplo Divino el que fortalece nuestra debilidad humana para hacerla sólida, como la roca, para responder al llamado de llevar luz y disipar la oscuridad que en el mundo prevalece.
La humanidad urge de testimonios claros de vidas colmadas, no de lo pasajero, sino de lo eterno y trascendental; de aquello que plenifica el alma e impulsa a transformar las realidades temporales, las cuales el mismo hombre ha plagado de corrupción, degeneración y maldad.
Por eso llegar a 275 años de existencia como casa de formación sacerdotal no solo es una bendición que se derrama sobre todos aquellos que han contribuido o hecho posible este gran acontecimiento, sino que también, es Kairós, tiempo oportuno de Dios, para traer a la mente y al corazón la persona del Padre Jorge Antonio Laviada Molina (+), quien con su alegre testimonio forjó en quienes ahora somos sacerdotes el amor a Jesucristo y su Iglesia.
Así como también recordar a tantos amigos, bienhechores y personas de buena voluntad que, en silencio, han demostrado su amor por el Seminario, aportando sus conocimientos, tiempo y recursos para ennoblecer la formación sacerdotal.
Hoy he querido compartir estas palabras a todos los lectores del Diario, porque nacen de la experiencia de haber estudiado en el Seminario de Yucatán, de ser parte de la gran y multiforme familia del presbiterio, que en comunión con los Obispos somos conscientes de la responsabilidad que implica haber dicho: Sí, a vivir intensamente proclamando que la Buena Nueva de Jesucristo siempre será de inspiración para quienes deseen continuar la aventura de formarse y llegar a ser sacerdotes mensajeros de esperanza para este mundo que, en muchos momentos la necesita con apremio.
¡Feliz Aniversario 275 a nuestro querido Seminario Conciliar de Yucatán!— Mérida, Yucatán
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Sacerdote católico
