Marisol Cen Caamal artículo

Recuerdo que de niña, en mi pequeño pueblo, amaba que llegaran las noches, porque el cielo revelaba su grandeza. Con tan poca iluminación, aparecía un lienzo infinito, desbordado de estrellas. Podía pasar horas enteras contemplándolo y preguntándome qué había más allá de lo que mis ojos podían ver.

Soñaba con estudiar astronomía o astrofísica. Soñaba con telescopios, con observatorios, con ecuaciones capaces de describir el origen del universo. Pero los sueños, cuando surgen en contextos de escasez, aprenden a negociar con la realidad. A los 16 años, entendí que no tenía los medios para irme a una ciudad donde existieran esas carreras; que la urgencia no era mirar las estrellas, sino encontrar una forma de vivir.

Así que hice lo que hacen millones de personas en silencio todos los días. Puse los pies en la tierra y tomé una decisión práctica. Opté por una carrera accesible, en una ciudad cercana, que me permitiera trabajar, generar ingresos y construir estabilidad. Estudié contabilidad y, con el tiempo, me especialicé en finanzas.

Durante mucho tiempo pensé que había renunciado a algo esencial, que había dejado una parte de mí en ese cielo que ya no tenía tanto tiempo de mirar. Con los años comprendí que no había renunciado. Había transformado esa fascinación en otra forma de entender el mundo. Porque, aunque cambié los telescopios por estados financieros, nunca dejé de hacerme las mismas preguntas: qué hay más allá, cómo funciona lo que no vemos, qué estamos construyendo con nuestras decisiones.

Tal vez por eso lo que ocurre hoy con el programa Artemis de la NASA me emociona profundamente.

Cuando una sociedad decide invertir miles de millones en explorar la Luna, no está tomando solo una decisión financiera. Está tomando una decisión existencial. Está diciendo que el conocimiento importa. Que el futuro importa.

Lo que está en juego va mucho más allá de un logro técnico. Lo que ocurre con Artemis nos involucra a todos, porque redefine la manera en que entendemos el futuro.

Regresar a la Luna no es repetir la historia, es reescribirla. La primera vez fue una demostración de capacidad. Esta vez es una estrategia de permanencia. Implica aprender a habitar, a extraer recursos, a sostener vida en condiciones extremas. Se busca convertir a la Luna en un laboratorio que nos permita dar el siguiente salto hacia Marte. Y detrás de ese objetivo hay ciencia, desarrollo tecnológico y una visión de largo plazo que desafía la lógica dominante de nuestro tiempo.

En astronomía, lo que vemos casi nunca es presente. La luz que nos deslumbra partió hace años, siglos o incluso millones de años. Observar el universo es mirar el pasado con la esperanza de entender el futuro. Es comprender que el conocimiento exige paciencia, que las respuestas no llegan de inmediato y que lo verdaderamente valioso rara vez se evidencia en el corto plazo.

Artemis no es solo una misión espacial. Es una declaración de lo que somos capaces de hacer cuando decidimos no limitarnos a lo inmediato. Y en ese sentido, tiene mucho que ver con las finanzas.

Porque en el fondo, las finanzas son decisiones sobre el tiempo, sobre cómo usamos nuestros recursos hoy para construir algo que aún no existe. Estudiar, ahorrar, invertir, construir una carrera, formar una familia. Nada de eso ofrece resultados instantáneos. Todo requiere tiempo, consistencia y una fe silenciosa en el proceso.

El problema es que hemos reducido esa creencia a horizontes cada vez más cortos. Medimos todo en términos de inmediatez. Queremos resultados rápidos, rendimientos visibles, certezas constantes. Y en ese proceso, hemos perdido la capacidad de apostar por lo verdaderamente grande. Artemis desafía esa lógica.

Por eso importa. Nos recuerda que el progreso real no es inmediato. Que las grandes conquistas requieren tiempo, recursos y convicción.

Esa misma convicción permitió que la humanidad, décadas atrás, llegara por primera vez a la Luna, incluso cuando muchos cuestionaban su sentido. Para algunos, parecía un gasto excesivo, un lujo inútil en un mundo lleno de problemas urgentes. Pero la historia demuestra que las apuestas que parecen irracionales son las que transforman todo a su alrededor. Los avances tecnológicos nacidos de la exploración espacial no solo han revolucionado industrias, sino que han cambiado la manera en que vivimos.

Más allá de eso, este tipo de programas espaciales tiene un impacto aún más profundo: inspira. Y la inspiración, aunque no se pueda cuantificar, tiene efectos reales. Cambia trayectorias, redefine aspiraciones, abre caminos.

Cuando un niño o un joven mira la Luna y sabe que hay una misión orbitándola, algo se transforma. Se rompe el límite de lo posible. Se instala la certeza de que lo que hoy conocemos no es todo lo que existe, que aún hay espacio por descubrir, por crear, por avanzar.

Artemis nos recuerda que podemos aspirar a más, que podemos apostar por proyectos que aún no comprendemos por completo, que no prometen recompensas inmediatas, pero que tienen el poder de transformar todo a su alrededor.

Cuando pienso en aquella niña que miraba el cielo desde su pueblo, recuerdo su asombro, su curiosidad y su certeza de que había algo más allá. Hoy sé que tenía razón.

Pero también entiendo algo que entonces no podía ver: no basta con mirar, hay que soñar y decidir avanzar.

Y aunque la vida nos obligue a mantener los pies en la tierra, nunca deberíamos dejar de levantar la mirada. Porque ahí, en ese cielo que alguna vez fue solo un sueño, se está escribiendo el siguiente capítulo de la humanidad. Y esta vez, todos somos parte de la historia.— Mérida, Yucatán

Correo: marisol.cen@kookayfinanzas.com

Profesora universitaria y consultora financiera

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